Autor: Jaume Giné Daví / Profesor de ESADE Law School

Las economías de Europa central y suroriental crecen, pero afrontan una regresión democrática y anti comunitaria.

El futuro de la UE está condicionado por las crecientes tensiones e incomprensiones entre los países del oeste y del centro y sureste de Europa. En este contexto, las instituciones europeas deben favorecer una mayor estabilidad política y progreso económico de los países del centro y este europeo, incluyendo los Balcanes, para frenar las renacidas ambiciones de la Rusia de Putin que pretende rehacer la vasta zona de influencia política y económica en Europa. El primer aviso lo dio al anexionarse Crimea en marzo de 2014. Pero Europa sigue atenazada por la deriva antidemocrática y euroescéptica de varios países miembros.

 

La UE sigue condicionada, 28 años después de la caída del muro de Berlín en 1989, por la compleja geografía y la historia europea. Los británicos votaron en junio de 2016 un “Brexit” que debilita el peso de la UE en la geopolítica mundial. La crisis económica parece haber quedado atrás, pero persisten las disparidades políticas y económicas entre los Estados desarrollados sitos en el corazón del antiguo núcleo carolingio y los rezagados países del centro y del sureste europeo. Siguen pesando los efectos de los sombríos 44 años del control comunista del Kremlin sobre la mitad oriental de Europa. Hoy, la crisis política abierta que enfrenta Bruselas con Polonia y Hungría demuestra que siguen vivos algunos viejos fantasmas europeos. Pero resulta que Grecia, que no cayó dentro de la esfera soviética, tampoco acaba de encontrar su lugar en la UE. Y otros siguen esperando impacientes que se abran las puertas para entrar en la UE. Las divergencias e incomprensiones están a flor de piel.

 

La brusca irrupción de Donald Trump en 2017 y los efectos distorsionadores del Brexit obligan a una UE liderada por el motor franco-alemán a relanzar las instituciones comunitarias. Un impulso que debe conducir a reforzar la zona euro, hoy formada por 19 estados miembros que, sin Gran Bretaña, representarán el 85% de la economía de la UE. Pero este proceso integrador podría llevar a una UE con distintas velocidades en la que los rezagados países del centro y este europeo temen quedar como socios de segunda o tercera clase. Incluso Eslovaquia, Eslovenia, los países Bálticos que ya están en la zona euro, se muestran recelosos. También Chequia con un 60% de sus exportaciones dirigidas a la zona euro, es cada vez más euroescéptica.

 

Ángela Merkel y Emmanuel Macron deberán redoblar esfuerzos para convencer a los demás socios comunitarios sobre la necesidad de apostar por “más Europa”. Reto difícil porque ni Trump ni Putin van a favorecer un nuevo impulso de la UE. Y China observa sin intervenir en los asuntos internos políticos europeos, pero intenta seguir sacando provecho económico de las divisiones internas de la UE. Y no basta con tener una moneda única o lograr una unión bancaria para corregir los distintos modelos y niveles de desarrollo económico y social que coexisten dentro de la UE, mientras siga creciendo una brecha de rentas entre y dentro de los países europeos que dificulta la capacidad de Bruselas para lograr consensos necesarios para adoptar nuevas políticas comunes.

 

CRECE UNA BRECHA POLÍTICA DENTRO DE LA UE

 

Bulgaria asumió la presidencia de la UE el 1 de enero de 2018. Le seguirán Austria en el segundo semestre y Rumania en el primero de 2019, tres países con unas enrarecidas relaciones con Bruselas. Polonia y Hungría están gobernados por Jaroslaw Kaczyinsji y Viktor Orban, dos líderes conservadores y populistas que desafían directamente algunas normas básicas del Estado de Derecho sobre los que se asienta la UE. La Comisión Europea inició en diciembre un procedimiento sin precedentes aplicando al art. 7 del Tratado que podría acabar con la suspensión de su derecho a voto en la UE por considerar que Varsovia está supeditando su sistema judicial al Gobierno. Pero es un secreto a voces que el procedimiento contra Polonia no podrá prospera por falta de unanimidad. El Gobierno polaco no se siente aislado. También Hungría y otros países del este impulsan reformas parecidas que pueden debilitar el principio de la división de poderes y la necesaria lucha contra la corrupción practicada por grupos de oligarcas con contactos con los Gobiernos.

 

Y los checos renovaron el 27 de enero su confianza en el presidente Milos Zeman, de 73 años, un euroescéptico próximo a Moscú y Pekín que ganó las elecciones del 27 de enero esgrimiendo la lucha contra la emigración. También Eslovaquia está gobernada desde marzo de 2016 por una coalición entre la izquierda populista y la extrema derecha. Los cuatro países que componen el llamado grupo de Visegrad (Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia) comparten muchos nexos históricos y culturales y se muestran reacios a una profundización de la UE que pueda afectar a sus identidades culturales e intereses económicos particulares.

 

Pero las sombras de una regresión democrática llegan a Austria, una economía próspera en el corazón europeo que entró en la UE en 1995 y que cuenta con 8,7 millones de habitantes con unos 45.000 euros de renta per cápita, una de las más altas del continente. El nuevo canciller austriaco Sebastian Kurz de 31 años, líder del partido conservador OVP, ganó en las elecciones celebradas el 15 de octubre de 2017. Pero, a pesar de no mostrarse euroescéptico, Kurz confió a miembros de la extrema derecha hostiles a la UE las carteras clave de Interior, Defensa y Europa. Austria asumirá la presidencia rotatoria de la UE el 1 de julio.

 

BULGARIA Y RUMANIA CON PROBLEMAS DE GOBERNABILIDAD

 

Los dos países entraron a la vez y prematuramente en la UE en 2007 a las vísperas de una crisis financiera mundial y europea pero, una década después, afrontan déficits de gobernabilidad institucional.

 

Bulgaria, el país más pobre de la UE, centra su presidencia europea en avanzar en las difíciles negociaciones del “Brexit”, gestionar la compleja crisis migratoria y reforzar los puentes de cooperación con los Balcanes occidentales, una región cada vez más convulsa. A diferencia de sus vecinos del este, Sofía no se opone frontalmente a la política de distribución de refugiados. El Gobierno aspira a entrar en la zona euro y el espacio Schengen. El primer ministro Boyko Borissov esgrime que el país disfruta de una economía cada vez más integrada a la UE, un tipo de cambio de su divisa ligado al euro, un nivel de paro de 6,4%, un déficit prácticamente nulo, una deuda pública inferior al 25% del PIB, etc. Pero las infraestructuras son muy insuficientes y la economía informal representa el 30% del PIB. Y unos problemas de gobernabilidad institucional que, según Transparencia Internacional, le sitúan como el país más corrupto de la UE. El Gobierno aprobó, por recomendación de la Comisión Europea, una ley anticorrupción en diciembre de 2017. Pero Alemania y Holanda frenan, por razones políticas, la pretensión búlgara de entrar en el espacio Schengen.

 

Rumania es un país de 19,6 millones de habitantes con gran potencial de crecimiento económico pero mal gobernado. Pero cuenta con una ciudadanía que desea enterrar las malas praxis políticas que persisten en el país europeo donde el régimen comunista autoritario perduró más tiempo, hasta que en 1989 fue derribado el dictador Nicolás Ceaucescu tras 25 años en el poder. La Comisión Europea también ha pedido al Gobierno rumano que concreten las reformas legales que limitan la independencia judicial y debilitan la lucha efectiva contra la corrupción. El aviso llega cuando Rumania ha nombrado su tercer gobierno en trece meses, constituido por una coalición liderada por el partido socialdemócrata PSD que recuperó el poder en diciembre de 2016. La nueva primera ministra Viorica Dancila es una eurodiputada cercana al líder del PSD Liviu Dragnea que fue condenado a dos años de cárcel por fraude electoral, pero es el hombre fuerte que maneja los hilos del poder rumano.

 

LOS BALCANES AÚN LEJOS DE LA UE

 

La larga crisis financiera de la UE iniciada en 2009 frenó las adhesiones de otros países aspirantes de los Balcanes, la mayoría controlados por determinadas elites políticas y económicas reacias a aceptar las reglas democráticas, económicas y sociales que rigen en la UE. El presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker dijo en 2014 que no cabía esperar nuevas adhesiones a corto o medio plazo. Hasta hoy, solo Montenegro, un pequeño país de 400.000 habitantes que ja es miembro de la OTAN y Serbia con 7 millones, que ya iniciaron las negociaciones en 2012 y 2014, son los dos candidatos con más posibilidades; Albania está a la espera y Macedonia afronta la oposición política de Grecia; Bosnia-Herzegovina sigue siendo políticamente muy inestable y Kosovo no está reconocido por cinco estados miembros, entre ellos España.

 

La UE no puede dar la espalda a los Balcanes, donde viven 20 millones de habitantes cada vez más decepcionados y escépticos sobre un posible futuro ligado a la UE. Bruselas reaccionó en la cumbre del 12 de julio en 2017 que reunió en Trieste a seis países miembros (Alemania, Francia, Italia, Austria, Eslovenia y Croacia) con los seis aspirantes de los Balcanes antes citados, aprobando un plan de inversiones en infraestructuras. Y el 6 de febrero de 2018, la Comisión Europea publicó un informe sobre estrategia para los Balcanes occidentales que propone relanzar el proceso de negociaciones de ampliación de la UE con la perspectiva de 2025. Pero no se esperan avances concretos hasta después que la UE haya antes resuelto las negociaciones y los inciertos efectos del “Brexit”.

 

Los Balcanes son una región clave para la seguridad europea. Allí están las rutas de los flujos migratorios que buscan refugio o trabajo en la UE pero también de los extremistas islamistas que intentan desestabilizar el continente.

 

LAS ECONOMÍAS CRECEN PERO DE FORMA DESIGUAL

 

A pesar de los movimientos populistas y de regresión democrática, las economías del centro y sureste europeas crecen por encima de la media de la UE, un 2,5% según Eurostat. En 2018, Rumania un 4,4%, Bulgaria, Polonia y Eslovaquia un 3,8%, Hungría un 3,6% y Chequia un 3%, etc. Los datos macroeconómicos son generalmente buenos en todos los países. Pero muchos siguen muy rezagados en paridad de poder adquisitivo: el PIB búlgaro se sitúa al 49% de la media europea, el de Rumania es el 58% y el de Eslovaquia el 77%.

 

La deseada convergencia económica entre las dos partes de Europa no llega. Las inversiones europeas, principalmente alemanas, crearon muchos puestos de trabajo que favorecieron una rápida transición desde unos regímenes comunistas dependientes de la URSS a unas economías de mercado abiertas al exterior. La mayoría se han modernizado. Pero la fractura social es elevada y padecen una fuga de talento joven cualificado que emigra hacia el oeste en busca de mejores oportunidades de trabajo e ingresos. El resultado es una pérdida de la población que envejece rápidamente y una penuria de mano de obra que perjudica la competitividad de los países más afectados como es el caso de Bulgaria. Un millón de búlgaros emigraron, 700.000 están en la UE. También Chequia tiene la tasa de paro más baja de Europa, 2,9% y más de 200,000 puestos de trabajo vacantes que deben cubrir con trabajadores ucranianos o moldavos.

 

Las políticas comunitarias de cohesión social adoptadas por la UE siguen siendo necesarias. Pero Bruselas condiciona su concesión de los fondos estructurales al cumplimiento de las normas básicas de un Estado de Derecho y a la realización de profundas reformas económicas y sociales. Pero la corrupción sigue dificultando una gestión eficiente de los fondos recibidos. Y todo se complicará a partir de 2021 cuando, sin la contribución británica, el presupuesto anual de la UE se reducirá unos 13.000 millones de euros. El “Brexit” también afectará a los fondos de la PAC. Un panorama que incrementa el malestar y los recelos entre las partes.

 

RUSIA, CHINA Y TURQUÍA AL ACECHO

 

Los vacíos políticos que la UE pueda dejar en Europa central y oriental desde el corazón de Europa hasta el mar Caspio, pueden ser llenados por Rusia, China y en parte por Turquía. Y Donald Trump más bien juega un papel distorsionador de los intereses europeos como se comprobó en su visita a Varsovia antes de participar en la última cumbre del G20 en Hamburgo.

 

Rusia vuelve a tener una influencia histórica, económica y cultural. Putin sabe que Bruselas no logra sumar una posición común europea para reaccionar con firmeza ante el envite ruso. Tampoco Berlín y París quieren incrementar las tensiones existentes con Moscú desde que tuvo lugar la anexión de Crimea en 2014. Y lo demuestra el perfil cauteloso que están tomando las relaciones de la UE con los seis países del llamado “Paternariado Oriental” (Ucrania, Bielorrusia, Georgia, Moldavia, Armenia y Azerbaiyán) corroborado en la última cumbre del pasado 24 de noviembre en Bruselas.

 

Y prosigue la sigilosa penetración comercial china en el centro y sureste europeo. Pekín impulsó en 2011 los foros 16+1, un instrumento para favorecer los intereses geoestratégicos y económicos de China en la región que reúne anualmente a 11 miembros de la UE y 5 candidatos a la adhesión, que suscita preocupación en Bruselas. El 6º foro se celebró los días 27 y 28 de noviembre de 2017 en Budapest con la participación del primer ministro chino Li Keqiang. Este ofreció hasta 3.000 millones $ para cofinanciar infraestructuras en varios países sin condicionarlas a los requisitos que la UE exige sobre el respeto a los valores democráticos y la sostenibilidad medioambiental. La Hungría de Viktor Orban es el país más abierto a las inversiones del coloso asiático. Y China pretende abrir en Grecia otra ruta de la seda, financiando un corredor ferroviario balcánico que, desde el puerto estratégico del Pireo controlado por el grupo chino Cosco desde 2016, permita llegar vía Skopie y Belgrado hasta Budapest en Europa central, las mercancías “made in China” procedentes del Imperio del Centro.

 

Finalmente, Turquía, en una encrucijada del continente, se aleja de la UE para girar hacia Rusia y Asia. El proceso de adhesión a la UE sigue bloqueado. Las relaciones de Ankara con Bruselas, y con Alemania en particular, se han deteriorado debido a las purgas políticas desatadas por el régimen de Recep Tayyip Erdogan tras el fracasado golpe de estado de julio de 2016. Pero la UE precisa mantener operativo el acuerdo migratorio firmado en marzo de 2016 con Turquía, un buen socio comercial y país clave en la estructura de defensa de la OTAN. Bruselas ve con suspicacias la creciente influencia turca en los Balcanes donde se asienta una nutrida población musulmana.

 

CONSIDERACIÓN FINAL

 

La UE debe favorecer una mayor estabilidad política y desarrollo económico de los países de Europa central y oriental. Un gran desafío en un mundo globalizado en que los valores financieros y económicos priman sobre los valores democráticos. El modelo europeo está en crisis por falta de convicción y firmeza de sus países miembros en la defensa de los principios democráticos que están en la base de la fundación de la UE. No cabe descartar que se vuelva a abrir una brecha política en Europa que parecía haberse cerrado en 1989. Rusia, China e incluso Turquía buscan su zona de influencia en el viejo continente y si es preciso presionarán a sus países vecinos. Y pretenden vender su modelo alternativo de desarrollo que permite un rápido crecimiento económico sin pluralismo político. La UE liderada por el motor carolingio debe reaccionar reforzando las instituciones europeas y los valores democráticos que la sustentan.