Las incertidumbres se mantienen e incluso arrecian al ritmo de tempestades shakesperianas

Autor: JOSEP LLADÓS, Professor de Economía en la Universitat Oberta de Catalunya

Una de las frases más conocidas en The Comedy of Errors de William Shakesperare es la que afirma que “la libertad desenfrenada se castiga con la desventura”. Buena falta haría una relectura de este vodevil escrito por el gran bardo inglés para comprender mejor el cúmulo de despropósitos acontecidos desde la celebración del fatídico referéndum sobre el Brexit. A pocas semanas del vencimiento de la cuenta atrás para la salida del Reino Unido de la Unión Europea, las incertidumbres se mantienen e incluso arrecian al ritmo de tempestades shakesperianas y pocos se aventuran a predecir el sabor final de un coctel en el que a diario se entremezclan ingredientes nuevos y extravagantes.

A las desavenencias en el partido gobernante en las islas, las recurrentes crisis del ejecutivo y su delicado equilibrio de mayorías en el Parlamento, se añaden los cálculos políticos de una oposición ansiosa de alcanzar Downing Street, las esperanzas de reversión del proceso, en forma de segunda consulta popular, la lucha por el acceso comunitario a las zonas de pesca, el socorrido escollo español a cuenta de Gibraltar, las desavenencias en la gestión de la frontera irlandesa o el refrendo incierto por parte de los actuales socios europeos y del propio Parlamento británico.

En realidad, las ansias de libertad desenfrenada en la sociedad británica han acabado fructificando muy poco, tal y como se había advertido. Tal vez sea políticamente rentable para unos pocos, pero probablemente sólo será en gestión migratoria donde los anhelos de autonomía sean (casi) plenamente complacidos. Pocas nueces para tanto ruido y desconsuelo.

La propuesta de acuerdo sobre la mesa contiene elementos que tratan de limitar razonablemente los estragos económicos de una ruptura dañina. El establecimiento de una unión aduanera, en el marco de un período transitorio de desconexión, parece ser un mal menor por la renuncia unilateral al mercado único. Pero el arancel exterior común limita severamente las opciones británicas de política comercial independiente. Lógicamente, los miembros de la Unión quieren evitar los efectos de desviación de comercio que podrían generarse con un asociado díscolo y con barra libre para ofrecer acceso preferente a terceros.

Del mismo modo, muy iluso sería creer en la plena recuperación de la autonomía legislativa, pues las exigencias de una zona de libre comercio, por un lado, y de una frontera abierta entre las irlandas, por el otro, apuntan a que el acervo legislativo británico deberá estar plenamente alineado con el europeo, durante largo tiempo ya que las disputas comerciales y territoriales serán necesariamente dirimidas en cortes comunitarias.

Finalmente, no es banal el refrendo necesario de los mercados en una economía internacionalmente muy integrada. Y no sólo porque continuarán siendo indispensables complicidades y acuerdos para mantener las voluminosas operaciones de arbitraje y clearing de derivados europeos en la City. También porque pocas ganancias en autonomía de política monetaria se obtendrán si ya se dispone previamente de moneda propia. Sobre todo cuando la libre circulación de capitales resulta indispensable para respaldar una economía con notable déficit exterior, una deuda apreciable y una apremiante necesidad de financiación externa. Mucho más en un contexto de endurecimiento de políticas monetarias que pilla al Banco de Inglaterra con tipos de interés irrisorios. Los vaivenes vividos por la libra esterlina y el FTSE100 desde el aciago referéndum constatan la querencia de los mercados por escenarios predecibles. Mas la esperanza de vida de las certezas, en el universo Brexit, es muy corta…

Tal vez sea el principio del fin de este escabroso proceso de separación. Pronto lo sabremos. Pero tiempo suficiente ha pasado ya para saber un par de cosas. La primera, que una ruptura brusca sin un acuerdo de mínimos, como el ahora sujeto a examen, tendría un impacto mucho más devastador. La segunda, que el experimento nos saldrá caro a todos. La factura de 40.000 millones de libras que deberá satisfacer el Reino Unido por su estampida será irrelevante cuando se computen las consecuencias de perder un aliado quisquilloso, pero también valioso. Harían bien los socios comunitarios en gestionar sagazmente la contienda para mantener siempre abiertas las opciones para un segundo referéndum. Perseverar en obstinado desconsuelo muestra una inteligencia limitada…(Hamlet).