“La sostenibilidad supone comprender que estamos cambiando la forma en la que el mundo funciona, y tenemos la responsabilidad de cambiar también nuestra actitud.”

Autor: Germán Granda, Director General de Forética

Hace 4.500 millones de años se formó el planeta Tierra. De ellos, los Homo Sapiens solo llevamos 180 mil años aquí. Pero en los últimos 150 años los humanos nos hemos dejado notar hasta el punto de que una corriente cada vez más relevante de la Geología asume que estamos viviendo ya en el Antropoceno: la edad del ser humano. Una afirmación que presupone que los más de 7.000 millones de humanos somos ya una fuerza de la naturaleza capaz de producir y acelerar cambios geológicos (y en los ecosistemas) pudiendo poner en riesgo la sostenibilidad de la Tierra.

La sostenibilidad consiste en repensar la relación entre las personas y el planeta, y desde luego actuar de forma decidida. La respuesta de las empresas al reto de la sostenibilidad es lo que se llama en la disciplina del management “Responsabilidad Social de las empresas (RSE)”. Dicha responsabilidad supone minimizar los riesgos ambientales, sociales y de buen gobierno (riesgos ASG en la jerga de la gestión empresarial), así como maximizar su impacto positivo en las personas y el medio ambiente a través de sus productos, servicios y operaciones.

La eclosión de la RSE en los últimos años tiene el reto de asentarse en las empresas en un entorno de continuas paradojas. Por un lado, nunca más seres humanos vivieron mejor. Según Naciones Unidas la pobreza se ha reducido de un 35% de la población mundial en 1990 a un 10% en 2015. Sin embargo, la desigualdad crece y se hace patente, por ejemplo, en un gap salarial estimado en el 24% entre mujeres y hombres según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Mientras la población mundial se dispara, superando los 10.000 millones este siglo, el impacto ambiental producido por la incorporación de 2.000 millones de nuevas personas a la clase media atenta, con su forma de consumir, a la estabilidad de la vida en el planeta. Y si bien este incremento de población se debe a los grandes hitos en materia de salud (reducción de los fallecimientos por VIH o malaria, de la mortalidad infantil, etc.) por otro lado, se estima que una de cada nueve muertes ya se produce debido a la contaminación del aire en las ciudades.

En este contexto, unido a la inestabilidad en la agenda política y la revolución tecnológica, no resulta fácil establecer estrategias, cambiar modelos de negocio o comprometer inversiones a largo plazo. Pero es interesante comprobar que, al mismo tiempo, hay empresas y organizaciones que están dando un paso adelante para, en la ausencia de estabilidad, fijar un propósito, afianzar principios y marcar objetivos vinculados a una gestión responsable y sostenible.

Retos ambientales

Pongamos ejemplos empezando por la respuesta a los retos ambientales y en concreto al reto del cambio climático, que ocupa el número 1, por su impacto y probabilidad, en las agendas empresariales, según el Informe de Riesgos Globales 2018 del Foro Económico Mundial, presentado el pasado enero en el Foro de Davos. En materia climática se reflejan, de forma más clara, cinco palancas que están promoviendo la actuación responsable de las empresas de forma decidida:

1. Una agenda global, marcada en este caso por el Acuerdo de París con el objetivo de los 2oC, y el compromiso, además, de promover esfuerzos adicionales que hagan posible que el calentamiento global no supere el 1,5oC.

2. Marcos regulatorios que impulsen los compromisos asumidos. En España, se encuentra en elaboración la futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética que pretende ser transversal a todos los sectores.

3. La agenda de los inversores que han incorporado de manera decidida los criterios ambientales como algo material (de nuevo en la jerga de la RSE) manifestada, por ejemplo, en la carta anual a CEO del Presidente de Blackrock, Larry Fink, o el incremento de la demanda de los denominados bonos verdes desde 13 billones de dólares en 2013 hasta la estimada de 720 billones de dólares en 2035.

4. El propio mercado, demandando criterios de sostenibilidad tanto en los acuerdos de comercio bilaterales de la Unión Europea (Corea, Colombia, Perú o Canadá, entre otros), como la directiva europea de compras públicas incorporando estos criterios en las compras de las administraciones o las propias empresas, o demandando requisitos de sostenibilidad en sus cadenas de proveedores.

5. El compromiso empresarial. La comunidad internacional ha valorado muy positivamente el hecho de que, a pesar de la posición de Trump, el 50% del PIB americano estuviera presente en la COP 23 a través de movimientos como We are Still In. Un total de 1.800 grandes empresas apoyan esta iniciativa y persiguen reducir sus emisiones entre un 26 y un 28 % para 2025, en comparación con 2005. En España, asistimos también a la creación de plataformas empresariales de liderazgo frente al cambio climático, siendo el Clúster de Cambio Climático de Forética la de mayor impacto, estableciendo principios y herramientas respecto al precio del carbono, la transparencia climática, el vínculo con la economía circular o el impacto en las ciudades, entre otras.

Retos sociales

Por supuesto los retos ambientales tienen una implicación social, como muestra las grandes migraciones, producto en gran medida de las consecuencias del cambio climático y específicamente de los desastres naturales producidos por fenómenos atmosféricos adversos (desde inundaciones en la India a grandes sequías en Sudáfrica). Pero la unión del componente de desarrollo tecnológico supone ahora cambios a los que muchas veces no llega la legislación. La tecnología es neutra, pero dependerá de las empresas gestionar la tensión entre los desarrollos que son posibles y lo admisible. La robótica avanzada, la inteligencia artificial, la tecnología autónoma o el blockchain traen sin duda nuevos empleos y ventajas en seguridad en el trabajo o control en la cadena de valor. Pero también ponen en riesgo 800 millones de empleos. Contribuir a la empleabilidad de los trabajadores veteranos, ayudar a enfocar la educación hacia nuevas profesiones donde los aspectos STEM son muy relevantes en el futuro, enriquecerse en la diversidad o fomentar la conciliación son aspectos vitales para atraer y retener talento. Ejemplos de compromisos tan apreciados como estos han llevado al grupo de empresas de la ONCE y su Fundación y a Mercadona a liderar por ejemplo el ranking de reputación de Merco en la categoría de Responsabilidad Social.

La gobernanza, factor decisivo

Una gestión responsable necesita, finalmente, del buen gobierno. Un engranaje que desde el Consejo de Administración no solo ejerza el liderazgo y establezca la política de RSE. Sino que sea capaz de incorporar esos principios en su estrategia y gestión estableciendo objetivos e indicadores, así como planes de mejora continua. Objetivos además transparentes y que respeten los compromisos adquiridos con los grupos de interés relevantes (o stakeholders de nuevo en la jerga de este nuevo lenguaje). Para ello, será útil comprender la agenda global de sostenibilidad marcada por los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y marcos como la SGE 21 que se configura como herramienta para establecer estos compromisos en el sistema de gestión de la empresa. Además, será necesario contar con profesionales que asumen una nueva posición hoy más retadora que nunca cuando la sostenibilidad se integra en la agenda del CEO donde, a una mayor demanda de reporting ASG (recuerde, información ambiental, social y de buen gobierno) se suma la necesidad de conocimiento de operaciones, estrategia y aspectos financieros.

En definitiva, como señalaba recientemente The Economist, la sostenibilidad supone comprender que estamos cambiando la forma en la que el mundo funciona, ahora debemos tener la responsabilidad como empresas y ciudadanos de cambiar también nuestra actitud. Ese cambio de actitud será, además, la base del éxito empresarial en los próximos años.