El recorte de plantillas y la devaluación de los salarios impulsó a muchas personas a iniciar actividades en solitario, lo que potenció la aparición del ‘coworking’.

Texto de Joaquín Solana Oliver, profesor del departamento de Empresa y Economía de la Universidad Abat Oliba CEU.

El coworking tiene cada día mayor presencia en nuestra sociedad. Se trata de un espacio de trabajo compartido en el que se dispone de servicios diversos y de mucha flexibilidad a cambio de una cuota de pago por el tiempo de uso. En esas instalaciones las personas pueden trabajar de forma independiente pero aprovechan las ventajas de compartir. No solo salas u oficinas sino también una determinada situación (incluso un estilo), bajo la premisa de que juntas las personas trabajan mejor.

Un espacio de coworking es muy diferente de un centro de negocios donde las empresas instalan sus oficinas, o una parte de ellas, con la finalidad de tener costes menores o incluso ajustarlos a la duración de un proyecto determinado. El centro de negocios puede sustituir a las oficinas de empresas pero una zona de coworking tiene asociada una filosofía diferente, más abierta, menos formal, que propicia el contacto entre personas de distintas especialidades o con distintas circunstancias.

En eso radica su éxito en estos últimos años. Años de cambios acelerados en los que se buscan entornos creativos que fomenten la innovación.

Crisis y tecnología

¿A qué obedece la aparición del coworking? Una razón de importancia se explica por las devastadoras consecuencias de la última crisis financiera, la que se ha dado en llamar Gran Recesión. El recorte de plantillas y la devaluación de los salarios impulsó a muchas personas a iniciar actividades en solitario mediante esquemas que suelen definirse como de freelance, lo que potenció, sin duda, la utilización de esos espacios compartidos.

Pero estamos también ante otro tipo de cambios, tal como explica el columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman, en su último libro, Thank You for Being Late: An Opitimist´s Guide to Thriving in the Age of Accelerations. Pese a las turbulencias financieras, 2007 fue también un año fundamental para la innovación y el progreso tecnológico, y con una gran influencia en nuestras vidas. Friedman nos recuerda que fue cuando Steve Jobs presentó el iPhone y cuando apareció el sistema operativo Android y la plataforma Kindle de Amazon. El año también en que Michael Dell relanzó su empresa Dell Computers, en que IBM comenzó con la computación cognitiva e Intel presentó una nueva generación de procesadores.

No debe entenderse lo anterior como un intento de relacionar crisis financiera y eclosión tecnológica, pero su coincidencia en el tiempo ha tenido consecuencias en el empleo, en su calidad y en la forma en que se trabaja. El coworking se ha visto impulsado por esas dos fuerzas anteriores. Por un lado, las personas que buscando una nueva identidad profesional tras perder su empleo encontraron en las áreas de coworking esa posibilidad. Al principio, seguramente, sin un plan demasiado claro si bien basado en la flexibilidad, en unos costes moderados y, sobre todo, en no quedarse en casa sin relaciones y sin un mínimo ambiente laboral.

Por otro lado, el desarrollo y la preparación de nuevos proyectos, utilizando enfoques poco formales y evitando burocracias, tales como los métodos agile, impulsaron a los fundadores de startups o profesionales individuales a buscar un ambiente de trabajo libre pero con posibilidades de interacción social en el que obtener sinergias, sin horarios fijos, con una buena localización en la ciudad y con los servicios que solamente se encontraban antes en el interior de las empresas.

Éxito del modelo

Son características de un buen coworking contar con una conexión wifi rápida, la posibilidad de imprimir o escanear documentos, celebrar reuniones, organizar sesiones para debatir proyectos, y con acceso directo a cafetería o restaurantes asequibles, etc. Todo ello en un marco de innovación y de búsqueda de nuevos caminos, productos y servicios. Una definición aceptada y hasta cierto punto promovida por las comunidades de coworking es aquella que dice que “coworking es una filosofía de trabajo y de vida que permite a profesionales de diferentes sectores compartir un mismo espacio sin perder su independencia”.

Para que un enfoque de este tipo sea posible no se puede dejar todo a la improvisación, en base, solamente, a coincidir en un área de trabajo sino que se precisa de un determinado management, alguien debe asumir la tarea de gestor o de community builder para impulsar y dar dinamismo a las personas que allí comparten espacio y tiempo, proporcionando las condiciones necesarias.

Con lo anterior queda también claro que una zona de coworking es algo muy diferente a un hub de empresas. En este último se comparten instalaciones, algunos espacios comunes, pero no hay casi interacción entre personas de diferentes organizaciones. En general, en las zonas de coworking se dan, sin grandes diferencias, una serie de características: ambiente de convivencia y respeto, la existencia de zonas comunes en que las personas puedan relacionarse, libertad de acceso, con precios, por lo general accesibles, en función de ubicación y características. Un espacio de coworking permite relacionarse con otras personas que pueden desarrollar actividades similares o muy diferentes, lo que aporta un sentido de acompañamiento que se traduce en cuestiones tan sencillas, pero importantes, como mantener unos horarios a lo largo de los días y no tener una sensación de soledad y desconexión laboral.

El fenómeno del coworking recibe una atención creciente, no solamente en los ámbitos empresariales o de los propios usuarios, sino desde las universidades y escuelas de negocios, como área de estudio y desarrollo futuro. Algunas estimaciones señalan que en 2018 funcionaban en el mundo casi 17.000 áreas de coworking, con una previsión de nuevas aperturas para el año 2019 de unos 700 espacios en Estados Unidos y de unos 1.600 en el resto del mundo.

Pero del fenómeno coworking y sus características interesa también a las grandes corporaciones, cuya supervivencia, en una era de aceleración tecnológica creciente, depende en gran medida de la innovación convertida en aplicaciones útiles. Esta circunstancia propicia que empresas líderes o de gran dimensión fomenten que algunos de sus equipos utilicen áreas de coworking externas para iniciar proyectos, tratando de aprovechar las ventajas de la interacción con otras personas o proyectos.

Ya existen experiencias de grandes corporaciones que crean zonas de coworking para trabajar de otra forma e interactuar con profesionales y startups externos. Orange creó en París en 2014 la Villa Bonne Nouvelle, en la que grupos de sus programadores interactúan con profesionales externos. Un experimento que funcionó y atrajo la atención de muchos especialistas en organización y Recursos Humanos. Gabor Nagy y Greg Lindsay, en Harvard Business Review (septiembre 2018) destacan que empresas como SAP, o también IBM, llevan a cabo enfoques similares. En el caso de SAP, por ejemplo, se trata de HanaHaus, en Palo Alto, un espacio al que se puede acceder por 3 dólares a la hora y en donde los desarrolladores de SAP trabajan en algunos casos con sus propios clientes o con otras startups para explorar posibles innovaciones.