El desempleo no es la consecuencia esperada del impacto de las nuevas tecnologías en el mercado laboral, argumenta el autor en su libro. Las consecuencias son otras.

Autor: MANUEL HIDALGO es autor de El empleo del futuro (Deusto, 2018)

Durante la Segunda Guerra Mundial se daban cita en Bletchley Park, Buckinghamshire, Inglaterra, un grupo de personas de lo más particular. Liderados por el matemático Alan Turing, el proyecto Ultra, que es así como se llamaba uno de los programas más famosos desarrollados por el espionaje británico a lo largo de su amplia historia, tenía como objetivo el descifrado de la máquina de encriptamiento más compleja realizada hasta la fecha: la máquina nazi Enigma. Rápidamente, Turing comprendió que la mente humana sería incapaz de resolver una criptografía generada por una máquina como aquella y que solo otra máquina podría superarla. Aunque el origen de los ordenadores fue el resultado de numerosos caminos que llevaron a tal resultado, no cabe duda de que los de Bletchley Park pusieron su importante grano de arena creando una de esas vías fundamentales sin la cual no podríamos entender el origen del actual cambio tecnológico.

En esos mismos años, otro grupo más numeroso y más heterogéneo de científicos se reunía en Nuevo México a las órdenes del físico Julius Robert Oppenheimer. Este grupo, aglutinado en un programa de investigación ultra secreto, el Proyecto Manhattan, trataba de obtener la primera bomba atómica. Durante los meses y años de investigación en los Álamos, no solo consiguieron dichos científicos su objetivo, algo que a muchos afectaría, tal y como el propio Oppenheimer llegó a expresar en una famosa entrevista. Lo que se obtuvo de aquel proyecto no fue solo un arma capaz de aniquilar a la humanidad sino, además, y especialmente, conocimientos que dieron lugar a una nueva era tecnológica nunca antes conocida.

Algo más de doscientos años antes, James Watt, un ingeniero escocés, reparaba una máquina Newcomen que, mediante el uso del vapor, extraía agua de las minas británicas. En sus horas dentro de la sala de la máquina, comenzó a cavilar sobre la posibilidad de mejorar la eficiencia de este ingenio, ya que esta no resultaba muy útil salvo para las tareas que la propia mina le encomendaba. Su desarrollo, fruto de sus conocimientos y de su enorme curiosidad, dio inicio a una nueva etapa de crecimiento que la humanidad jamás había experimentado y en la que el ser humano sería además de su causante, su vehículo y su sufridor.

De vuelta al siglo XX, a finales de 1964, Mario Savio daba un famoso discurso en Berkeley donde el activista protestaba por la limitación a la libertad de expresión. “Poned los cuerpos sobre los engranajes”, es su frase más famosa. Aunque este discurso tenía otro objeto, la metáfora de la máquina parecía tener un doble sentido: había que parar la máquina, y aunque fuera necesario, tirándose a las ruedas, a los engranajes. En parte, la sociedad reaccionaba, y uno de los frentes desde los cuales llegaban los retos era ese cambio tecnológico que proyectos como Ultra o Manhattan habían ayudado a desarrollar.

He elegido estos tres cambios tecnológicos y el discurso de Savio para señalar unos hechos que creo más que evidentes y que trato en el reciente libro El Empleo del futuro, publicado por la Editorial Deusto. Aunque los cambios tecnológicos son hijos de su tiempo, consecuencia del momento, la aparición de estos cambios termina golpeando al devenir de la humanidad como si estos fueran exógenos, afectando no solo a la vida de quienes aprovecharemos este cambio tecnológico sino además a las relaciones sociales que surgen y se desarrollan en un entorno definido por el modo y las formas de organizar las relaciones productivas. Este golpe termina por ser, en ocasiones, duro, lo que provoca reacciones en contra de una parte de la sociedad, en particular de aquellos que terminan convirtiéndose en los principales perdedores.

Un cambio con costes

A estas alturas, debemos comprender que estos y todos los cambios que componen lo que hemos venido a llamar la Cuarta Revolución Industrial, aquella basada en una nueva generación de robots y en la irrupción de la inteligencia artificial, van a exigir por nuestra parte una seria adaptación. Debemos aceptar estos cambios como inevitables, pero sin claudicar mansamente ante los costes que implicarán estos cambios. El desarrollo de este argumento es de lo que trata en su primera parte el libro El Empleo del futuro: los cambios tecnológicos son golpes que impulsan a la humanidad hacia adelante, hacia cotas de mayor y mejor bienestar, pero sin que esto sea inocuo, en especial en el corto plazo.

En el libro trato de centrar la atención en los que creo son los verdaderos y más importantes costes que supone el actual cambio tecnológico, en particular en el mercado de trabajo. Sin embargo, no incluyo entre estos costes aquél que ha centrado gran parte del debate reciente sobre la materia: el desempleo. No son pocos los economistas y no economistas que han hablado de algo parecido a un “Apocalipsis Robot” como consecuencia de la introducción de estas nuevas tecnologías. Según estos profetas de la disrupción, el futuro estará plagado de desempleados vagando por las calles sin más esperanza que recibir migajas de quienes se apropiarán de todos los frutos de los procesos productivos. Esta idea, mucho más refinada que la de siglos anteriores defendida por los llamados luditas, pero en la base similares, no son más que bocetos futuristas propias de una desaforada imaginación. Doscientos años de desarrollo y cambio tecnológico, con fuertes dosis de automatización, no han dejado ni rastro de aquello que John Maynard Keynes llamara en su día desempleo tecnológico. No es esta la consecuencia esperada de la actual cuarta revolución, como tampoco lo fueron las de sus predecesoras. Las consecuencias son otras.

Peores salarios

Una vez criticada esta primera tesis, en el libro trato de explicar cuáles son las consecuencias más probables y reales de la Cuarta Revolución Tecnológica, de nuevo, concentrando la atención en el mercado de trabajo. Y no lo hago solo tratando de escudriñar el futuro, sino centrando gran parte de mi atención en el pasado más lejano, así como más reciente buscando establecer vínculos para poder proyectar con base y conocimiento cuál es el futuro más probable. Así, el principal mensaje del libro es que las consecuencias esperadas de este cambio no serán tanto el desempleo sino la desigualdad. Ésta, la desigualdad, y cuyo crecimiento es ya es una realidad en no pocas economías occidentales, será tanto o más costosa que el famoso desempleo tecnológico al que, como he dicho, no debemos esperar.

La máquina, en general, desde su aparición, ha mostrado una relación amor-odio con el trabajo. Desde la sustitución de artesanos, allá a finales del siglo XVIII y gran parte del XIX, hasta la creación de las cadenas de montaje donde máquina y empleado se complementaban o la introducción del robot en el último tercio del siglo XX con una nueva relación sustitutiva entre máquina y hombre, ha aportado tanto o más como ha quitado empleo. No cabe duda de que la máquina ha sido la causa de la desaparición de una enorme cantidad de empleos, especialmente en las últimas fases de automatización: en particular aquellos empleos que se caracterizaban por desempeñar tareas denominadas rutinarias. Estas tareas, en su mayoría en el sector industrial, fueron o están siendo desplazadas por la máquina. Aquella “clase social” media de trabajadores, los de la industria, han ido desplazándose hacia otros nichos de empleo, en su mayoría definidos como empleos de bajos salarios en particular en el sector servicios. Otros, quizás no tantos, pasaron a engrosar actividades de mayor valor añadido donde, no casualmente, la máquina no quitaba sino daba trabajo. Mientras los rutinarios presenciaban la desaparición de sus empleos, los trabajadores manuales, de bajos salarios, y cuyas tareas sencillas aún no eran reproducibles por máquinas, se hacían más numerosos. Al mismo tiempo, aumentaba la demanda de trabajadores cualificados capaces de compartir y mejorar el desempeño de sus tareas gracias a estas mismas máquinas.

Este proceso de polarización de empleos y salarios es una de las principales consecuencias de estos mecanismos de sustitución y complementariedad de las máquinas. Lo que en el libro se destaca es que no existen razones para pensar que esta erosión de la distribución de los salarios en sus niveles intermedios no va a continuar, e incluso, tenemos pistas para creer que puede intensificarse en el futuro.

Relaciones comerciales

Pero no solo tenemos consecuencias probables en los salarios y en su distribución junto con la del empleo. También otras tendencias empiezan a observarse, y que son tan o más preocupantes que las anteriores. Hablo de la concentración de actividades productivas y de la externalización de las tareas de producción y que tienen como consecuencia la precarización del empleo.

El cambio tecnológico fomenta por un lado la concentración de actividades en pocas empresas. El nacimiento de gigantes tecnológicos es una evidencia que, además, tiene consecuencias en las relaciones laborales como en el libro trato de explicar al detalle. Estas consecuencias son tanto la reducción del salario medio, y de su participación en la distribución de la tarta que supone las ganancias productivas, y la erosión de las relaciones productivas.

Por otro lado, la externalización de las actividades productivas implica la transformación de las relaciones laborales en relaciones comerciales, lo que implica, en primer lugar, la transformación de un sistema garantista en derechos laborales a un sistema de cruda supervivencia económica. Ambas tendencias, y que tienen la máxima y más extrema expresión en las famosas plataformas, conforman junto con el aumento de la desigualdad salarial el principal reto que el cambio tecnológico puede suponer para las economías del futuro y para sus ciudadanos.

En resumen, los robots, el software y la inteligencia artificial son una oportunidad de desarrollo y evolución, pero su implementación no estará exenta de costes, entre los que, sin embargo, no aparece el desempleo. El reto de las sociedades modernas es precisamente trabajar para minimizar estos costes y así permitir que el beneficio neto del cambio tecnológico sea el mayor posible. El futuro es nuestro y lo que sea depende solo y exclusivamente de nosotros.