Entrevista: Christian Felber – Impulsor de la Economía del Bien Común

Autora: Marta Burgués redactora de Cataluña Económica

“Las empresas éticas deberían tener ventajas competitivas”

Activista y profesor en la Universidad de Economía y Negocios de Viena, Christian Felber es cofundador de la organización antiglobalización Attac en Austria, y autor de un exitoso libro en el que propone un cambio radical en el modelo económico, Economía del bien común (Deusto, 2012). Ahora, en Por un comercio mundial ético (Deusto, 2018) vuelve a reivindicar otras alternativas para medir la economía y desarrollo de un país, más allá del PIB, y a desarmar, con argumentos, el paradigma del libre comercio para proponer otro: el del comercio ético. En esta entrevista, Christian Felber nos explica en qué consiste este concepto y cómo puede aplicarse.

MB: El libre comercio y el proteccionismo adolecen de los mismos excesos, afirma usted. ¿Por qué?

CF: Creo que estos dos conceptos que predominan en la actualidad son dos absurdos opuestos sin sentido. El libre comercio convierte el comercio en un fin en sí mismo, y el proteccionismo hace lo mismo con la protección. Y lo que está claro es que el comercio en sí mismo no es una finalidad, como tampoco lo es el cierre de las fronteras. Pero, una gran parte del mundo está a favor del libre comercio, y yo creo firmemente en el desarrollo de alternativas perspicaces para mejorarlo.

MB: ¿Sería el comercio ético esa alternativa?

CF: El comercio ético considera al comercio como un medio, pues se utiliza para servir y dar respuesta a unos fines más nobles: desde los derechos humanos a la cohesión social, al desarrollo sostenible… El comercio debe servir a los derechos humanos y a los valores fundamentales de una sociedad democrática. Ése es su lugar correcto, así cumple con su función y obtiene legitimidad.

MB: ¿Qué ejemplos hay ya donde se aplique esa economía más justa por la que usted aboga?

CF: Tenemos el ejemplo de Bután, un país pequeño donde han desarrollado una alternativa al PIB (pues han reconocido que el PIB no está vinculado fiablemente ni a la felicidad, ni a la salud, ni a la paz, ni a la democracia, ni al medio ambiente estable, ni a la distribución justa…). Bután presenta un notable ejemplo de orientación de los programas y estrategias políticas hacia un amplio número de indicadores de bienestar social. Allí han desarrollado un parámetro de medición de bienestar general y de la buena vida para alcanzar objetivos relacionados con ello: la felicidad nacional bruta.

MB: ¿Qué es la felicidad nacional bruta?

CF: Es un parámetro de medición del progreso y el bienestar de la nación de Bután. Se consulta a más de 6.000 hogares del país, cada dos años, sobre 133 aspectos distintos de la calidad de vida. Se pregunta por la percepción subjetiva del bienestar, la salud, la educación, la calidad de las relaciones, los factores medioambientales, la participación y la seguridad; en definitiva, por todo aquello que influye en tener una vida satisfactoria. Sobre esta base, Bután ha desarrollado un screening tool, un test o chequeo que examina el impacto de las medidas políticas en la felicidad nacional bruta. Y, comparando los resultados bianuales, el estado sabe si la calidad de vida o el bien común en el país aumenta, se mantiene o disminuye. Ello ha derivado en una herramienta de aplicación política. Y así, cuando el Parlamento debe tomar una decisión, puede evaluar sus consecuencias a través de la herramienta de la felicidad nacional bruta que evalúa los impactos de esa decisión. Por ejemplo, esta herramienta se usó cuando Bután se cuestionó si debía unirse a la Organización Mundial del Comercio. Antes del screening, la mayor parte del Gobierno estaba a favor de entrar en la OMC, pues identificaba más comercio con más prosperidad. Pero, tras el resultado del test, que concluyó que su entrada podría debilitar las relaciones y la cohesión social, decidieron no adherirse. Actualmente, Bután está libre de libre comercio.

MB: ¿Y es realmente un país eficiente?

CF: Depende de lo que entendemos por eficiente. El banco mundial diagnosticó una pobreza extrema en grandes capas de la población en Bután, pero luego unos científicos fueron al país y preguntaron a los vecinos de los pueblos dos cuestiones: ¿cuántas personas te ayudarían si necesitaras ayuda de verdad?; ¿y a cuántas personas les ayudarías tú si alguien en tu pueblo necesita ayuda? Las respuestas inmediatas fueron “a todos” en los dos casos. Ello se traduce en una seguridad social absoluta, por eso la cuestión es: ¿qué entendemos por calidad de vida? ¿y qué entendemos por eficiencia? Los habitantes de Bután viven con menos bienes de consumo pero con mejores relaciones sociales, con una comunidad más coherente y con un mayor bienestar.

MB: El bien común, del que usted habla, ¿cómo podemos aplicarlo aquí?

CF: Ya estamos en ello. Los ciudadanos podrían reunirse en sus comunidades y comenzar redactando el índice del bien común local con los elementos más relevantes para la calidad de vida. Todos los estudios y trabajos preliminares indican que en el resultado estarán incluidos aspectos fundamentales como la salud, la educación, una vivienda digna, relaciones honestas, cohesión social, un entorno floreciente, una distribución justa, democracia, seguridad, paz… Esto lo podemos extrapolar a España, a Europa. Cada vez hay más países que proponen a municipios que, a través de un proceso de participación ciudadana, compongan su propio índice del bien común. Si este modelo crece, todo el mundo prestará atención porque lo han creado los ciudadanos, democráticamente. Tendremos la certeza absoluta de que les está yendo mejor, porque son sus propias prioridades y sus valores más elevados los que se están midiendo. Se habrá conseguido una escala soberana con la que se puede evaluar si las actividades comerciales –ya sea comercio, inversiones o créditos– son beneficiosas o no para los objetivos de la sociedad democrática. Lo cual no se puede hacer con el PIB.

MB:¿Y es factible un modelo económico semejante?

CF: Para empezar, se trata de neutralizar la desventaja competitiva paradójica de las empresas éticas frente a las menos éticas, y convertirla en una ventaja competitiva. El balance del bien común sería un billete de entrada al mercado mundial, y debería elaborarse de manera permanente, exactamente como el balance financiero. Sería el resultado ético de una empresa. Así como el resultado del balance financiero ocasiona consecuencias legales, éstas también deberían estar presentes en el balance ético. Debe probarse primero que la empresa cumple con lo que rige (no destruir al medio ambiente, reducir la desigualdad…). De no hacerlo, conduciría al fin de la libertad de la empresa, o a la no renovación de la licencia. Por otro lado, los resultados positivos llevarían a una posición más ventajosa, mediante préstamos, contratos públicos o libre acceso a los mercados. Ahora hay 500 empresas que han aplicado este concepto, entre ellas algunas en España, y son empresas tanto públicas como privadas.

MB:¿Cuáles han sido los beneficios de estas empresas que ya han aplicado el balance del bien común?

CF: Las empresas mejoran sus condiciones laborales, sus pagos, minimizan los impactos al medio ambiente, se cambian al banco ético… Lo cuestionan todo y van cambiando, y no hace falta todo a la vez.

MB: Si hay beneficios, ¿por qué no cunde el ejemplo y se extiende la práctica del bien común entre la mayor parte de las empresas?

CF: Fundamentalmente, porque no están obligadas. Deben hacer un balance financiero, pero no están obligadas a reportar un balance ético. Y porque no tienen tiempo, no lo conocen o simplemente porque no están interesadas. Pero cada día son más las que se suman a este movimiento.

En su libro establece diez derechos fundamentales colectivos que podrían incrementar significativamente el poder político del pueblo soberano.

En efecto, se trataría para empezar de cambiar la constitución, elaborar una constitución completamente nueva mediante un proceso democrático. Y en esta misma constitución democrática, conferir un mandato marco para las negociaciones internacionales. Derechos también como poner en marcha y aprobar una ley mediante referéndum a nivel estatal. Elegir un gobierno concreto. O inhabilitar al gobierno por motivos especialmente graves. También, tener un sector de servicios básicos bajo la dirección directa de la población, por ejemplo, el agua o la energía. Y tener la decisión última sobre el sistema monetario y sobre la política comercial.

MB:En su opinión, ¿estamos ahora en un buen momento económico?

CF: Depende de lo que entendamos por economía. Yo defino la economía en términos de bienestar. Y para medirlo, pregunto a las personas por su satisfacción general, su salud, su educación, su participación democrática, pregunto por el estado del medio ambiente… Y lo que tenemos son indicios de que, en muchos de estos aspectos, el bienestar y la felicidad están bajando, aunque la renta per cápita media siga subiendo o el PIB crezca. El principal problema está en que las personas confundimos la economía y el bienestar con el crecimiento de los parámetros financieros, porque los economistas nos confunden al no diferenciar entre economía y capitalismo, a pesar de que Aristóteles lo hizo con definiciones y palabras muy claras. Para mí, lo importante es distinguir entre una economía de verdad y su oposición, que es el capitalismo, para dejar de fijarnos tanto en los parámetros financieros. La economía ha de estar al cien por cien al servicio de la vida.