Por qué no podemos dejar el petróleo pero, al mismo tiempo, por qué no vamos a poder seguir utilizándolo, eso es lo que intenta explicar el autor del libro ‘Petrocalipsis’.

Texto de Antonio Turiel, investigador, físico teórico y matemático, y trabaja en el Institut de Ciències del Mar investigando sobre la física de fluidos turbulentos. Es autor de Petrocalipsis: Crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar (Alfabeto, 2020).

La mayoría de nosotros vivimos en un mundo construido sobre la base de ciertas seguridades. Sé un buen hijo y compórtate, y tus padres estarán contentos y te darán lo que quieras. Estudia y sácate una buena carrera, y tendrás un buen trabajo. Sé profesional en tu trabajo, y podrás vivir una vida sin sobresaltos e incluso disfrutar de algún que otro caprichito. Trabaja durante 40 años, y al final de tu vida podrás disfrutar de una merecida pensión. Es un plan sencillo, y no suena nada mal.

Pero todo eso se acabó, de repente. No sabemos muy bien cómo, pero todas esas seguridades, que de una u otra manera habían modelado las expectativas de las generaciones españolas después de la Guerra Civil, se han ido trastocando en inseguridades, en incertidumbres, en dudas y miedos. ¿Sirve de algo que estudie? ¿Conseguiré un trabajo? ¿Cómo puedo hacer que no me echen de mi empresa? ¿Cómo puedo hacer para que mi negocio no quiebre? ¿Dónde voy a encontrar yo trabajo ahora, con la edad que tengo? ¿Podré subsistir dignamente con la pensión que cobraré? ¿Qué ahorros me quedarán?

¿Qué ha pasado? ¿Por qué han desaparecido las certidumbres de antaño, ese contrato transversal e implícito que permitía erguir el edificio social?

Aunque no lo parezca, esto es lo que intento explicar en mi último libro. Y digo que no lo parece porque la temática del libro no parece tener que ver con estas consideraciones, como deja claro el propio título: Petrocalipsis: Crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar. El libro entero está dedicado a explicar por qué no podemos dejar el petróleo (dependemos vitalmente de él) pero, al mismo tiempo, por qué no vamos a poder seguir utilizándolo (porque, aunque no queramos, su producción anual está disminuyendo ya que los mejores yacimientos hace tiempo que se agotaron y vamos tirando con sucedáneos de peor calidad). De una manera muy divulgativa,  rehuyendo al máximo de hacer retahílas de cifras e incidiendo en los conceptos más básicos solamente, el libro repasa todas las alternativas al petróleo crudo convencional, comenzando con lo que se ha denominado “petróleos no convencionales”, siguiendo con las otras fuentes de energía no renovable (carbón, gas natural y uranio) y acabando con los sistemas de generación de energía renovable; incluso, hay capítulos concretos para discutir sobre el hidrógeno, el coche eléctrico, el ahorro y la eficiencia, y el papel de la innovación. Y cuando se acaba de hacer todo el repaso se llega a una conclusión demoledora: no hay alternativas viables para mantener el nivel de consumo de energía en los niveles actuales. El decrecimiento de nuestra base energética ya ha comenzado, es completamente inevitable, y con él vendrá un cierto decrecimiento económico y material.

Todo eso que explico en Petrocalipsis no es nada nuevo. En los años 70 del siglo pasado se anticipó que a principios del siglo XXI llegaríamos a este momento de cenit energético y ulterior caída, pero en aquel entonces no se quiso creerlo y se pensó que, con tantos años por delante, aparecerían soluciones tecnológicas que evitarían el problema. El mensaje central de esos primeros científicos que alertaron del problema (Marion King Hubbert, Donella y Denis Meadows, Jorgen Randers…) fue completamente desvirtuado, hasta el punto de que aún hoy en día aún te encuentras con gente que dice: “Sí, bueno, ya decían en 1970 que quedaba petróleo para 30 años y mira”, cuando nunca se dijo tal cosa. A finales de los 90, Colin Campbell y Jean Laherrère, dos geólogos con décadas trabajando para diversas petroleras, avisaron del inminente fin del petróleo barato, pero tampoco nadie hizo caso. Finalmente, a finales de 2005 (¡hace 15 años ya!) la producción de petróleo crudo convencional tocó techo, y dos años más tarde quebró Lehman Brothers y se inauguró una crisis económica de la cual nunca nos hemos recobrado del todo.

Lo que es nuevo en Petrocalipsis es que ya no hablamos de un momento futuro o futurible, sino de uno ya pasado. Ya está: la producción mundial de energía ya ha comenzado su proceso de declive final, y la única cosa a la que podemos aspirar es a frenarlo un poco, a que no caiga tan rápido. La crisis de la Covid-19, como se explica en uno de los capítulos, ha acelerado el proceso de desinversión de las grandes compañías petroleras (proceso que comenzó en 2013, hace 7 años). No quedan yacimientos rentables y las petroleras no quieren perder más dinero en algo que no tiene futuro. La propia Agencia Internacional de la Energía reconocía lo complicado de la actual situación en su último informe anual, de 13 de octubre de 2020.

Hay cuatro escenarios de referencia. El más pesimista (franja marrón claro), si realmente no se invirtiera ni un euro más, ni siquiera en la mejora de los campos ya existentes. El siguiente (franja marrón más oscuro), ligeramente más optimista, si solo se invirtiera en mejorar esos campos de petróleo ya existentes. El tercero (franja verde), si se siguieran con las inversiones previstas en un ambicioso programa mundial para alcanzar el Desarrollo Sostenible, y es que incluso en los escenarios de descarbonización más radicales haría falta durante un tiempo seguir invirtiendo en extraer más petróleo porque éste sería necesario para realizar la transición. Por último, el cuarto escenario (franja azul), si se siguieran con las Políticas Anunciadas a día de hoy. Viendo cómo está evolucionando la inversión en campos petrolíferos actualmente, nos estamos moviendo entre el escenario más pesimista y el siguiente ligeramente menos pesimista. A día de hoy, la posibilidad de que en 2025 la producción total de petróleo pueda llegar a caer incluso un 50% respecto a los niveles actuales es bien real y una de las grandes amenazas a una eventual recuperación post-Covid.

Es este declive del petróleo, la principal fuente de energía del planeta y que representa un tercio de todo el consumo energético, el que está en la base de las dificultades que tiene el mundo para seguir creciendo desde 2005. Es esta imposibilidad de seguir disponiendo de petróleo a buen precio la que explica que el mundo no haya superado del todo la crisis de 2007. Y es esta caída de la producción de petróleo (y, en realidad, de todo lo demás) la que explica que todas las seguridades del pasado se hayan desvanecido y, lo que es peor, que no es previsible que retornen.

Todo el discurso que se mantiene hoy en día desde las instancias públicas, basado en la mera sustitución de los combustibles fósiles por energías renovables, esconden que ni de lejos vamos a poder mantener los niveles de consumo de energía actuales, amén de un sinnúmero de problemas técnicos en diversos sectores, desde el transporte a la fabricación de acero, desde el mantenimiento de las placas solares y aerogeneradores hasta el desmantelamiento de las centrales nucleares cuando ya no quede uranio, y un largo etcétera de otras cuestiones.

No va a ser con coches eléctricos, ni con instalaciones de energía renovable, ni con ahorro y eficiencia, ni con hidrógeno verde, como se va a conseguir capear esta situación. Hace falta un debate mucho más profundo, tomando todo el conocimiento técnico que ya tenemos y evitando embarcarse en un despliegue masivo de ciertas tecnologías que ya sabemos que ni es posible ni nos pueden llevar a buen puerto.

Es el momento de sentarse a reflexionar, a hablar, a debatir, con honestidad y con todos los datos por delante, aparcando intereses de parte y mirando por el bien común. Tenemos que mirar el problema que tenemos por delante con serenidad, con una actitud adulta y responsable, y empezar a configurar cómo hacemos frente al que sin duda será uno de los mayores retos de la Humanidad en toda su Historia. Tenemos conocimiento y capacidad técnica, podemos sin duda alguna encontrar soluciones evolutivas, con ciertos cambios drásticos de la actual estructura socioeconómica, es cierto, pero que serían viables. Podemos hablarlo todo. Confrontemos los análisis, comparemos las diversas opciones, propongamos planes de implementación. Sin embargo, debemos aprestarnos a acometer esta tarea, pues tenemos de todo para poder resolver este problema, pero nos falta una cosa esencial: tiempo.

¿Comenzamos?