Con EEUU a la baja y China al alza, la UE debería intentar llenar parte del vacío político y comercial que deja en Asia y el resto del mundo el proteccionismo de Trump.

Autor: Jaume Giné Daví, Profesor de ESADE Law&business School

La evolución económica internacional confirma varias tendencias: a) se abre una nueva etapa internacional en la que se debilitan las especiales relaciones políticas y económicas transatlánticas vigentes desde 1945; b) la imagen internacional de EEUU se va quebrando para los europeos, pero también para sus aliados asiáticos y latinoamericanos; c) se acelera el traslado del centro de gravedad mundial desde el Atlántico hacia Asia-Pacífico; d) el comercio global protagonizado por los emergentes impulsado por China, principalmente el intraasiático, irá creciendo afectando al actual nivel de comercio con Occidente; e) se reforzará el rol de China en la conformación de las nuevas normas y valores que regirán el nuevo orden económico mundial; y f) Si la UE no reacciona pronto, sumando consensos entre sus países miembros para emprender reformas institucionales, saldrá perjudicada.

La credibilidad de EEUU, en entredicho

Trump mantuvo una actitud displicente con sus aliados tradicionales durante la cumbre del G7 del 8 y 9 de junio en Quebec. Y fue seguida por una desafortunada gira por el viejo continente que erosionó más si cabe la credibilidad de EEUU en Europa. Durante la cumbre de la OTAN, los días 11 y 12 en Bruselas, Trump se mostró arrogante con los europeos, especialmente con Alemania. Luego, viajó el 13 de julio a Londres donde criticó sin miramientos el liderazgo y los planes de Theresa May sobre un Brexit y volvió a situar a la UE entre los “enemigos” de Washington. Y remató su particular cruzada el 16 de julio en Helsinki mostrándose pasivo y comprensivo ante el duro Vladimir Putin. Un proceder que desautorizaba las opiniones vertidas por varias instituciones de Washington, incluyendo los servicios de inteligencia, que han denunciado las injerencias de Moscú en las elecciones presidenciales de 2016.

El imprevisible Trump intentó, de vuelta a Washington, corregir algunas de sus palabras y silencios ante Putin para calmar las reacciones negativas provocadas en el Congreso. Y el 25 de julio, se reunió en Washington con Jean-Claude Juncker para anunciar una inesperada y ambigua tregua para frenar una guerra comercial transatlántica que empezaba a penalizar las dos partes. Pero, más allá de las palabras y compromisos verbales de Trump, cabe guiarse por sus hechos concretos. Y ser escéptico, o al menos prudente, ante un Trump que finiquitó las negociaciones en marcha del Acuerdo Transatlántico (TTIP), denunció el Acuerdo Transpacífico (TPP), el pacto nuclear con Irán y el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático. Y el 27 de agosto anunció un acuerdo “bilateral” con México para poder presionar desde una posición más ventajosa a Canadá a sumarse a un renovado NAFTA. Un modus operandi que difícilmente cambiará, basado en una visión mercantilista de la política exterior de EEUU.

Un Trump crítico con la UE y la OTAN provoca inquietud en una Europa sumida en una profunda crisis política, acrecentada por un incierto Brexit y una pésima gestión de la crisis migratoria. Y todo ocurre a las vísperas de las trascendentales elecciones al Parlamento europeo en mayo de 2019. Pero la posición crítica de Trump con la UE debería servir de acicate para reaccionar e impulsar las necesarias reformas internas, políticas y socioeconómicas. Si no lo hace, se desintegrará.

Y en un contexto internacional cambiante, la UE debe acelerar las relaciones económicas con otras regiones, principalmente con Asia-Pacífico, donde se concentran las principales economías y mercados del mundo. Y sin olvidar que la fachada este del continente americano que mira al Atlántico compite con la del oeste que gira hacia el “Pacific rim”.

Complejas relaciones con China

La presión comercial de EEUU podría favorecer, en principio, un mayor acercamiento entre Bruselas y Pekín. Ángela Merkel fue el 9 de julio a China, su primer socio comercial con un volumen de intercambios de 186.000 millones de euros, que superan los 172.000 que suman con EEUU. Su visita fue una antesala de la 20ª cumbre China-UE celebrada los días 16 y 17 de julio en Pekín, presidida por los europeos Donald Tusk y Jean-Claude Juncker y por el primer ministro chino Li Keqiang. Ambas partes reafirmaron su apuesta por el multilateralismo frente al proteccionismo de Trump. Pero las relaciones bilaterales son y seguirán siendo ambiguas. China sigue exigiendo que la UE le reconozca el “estatus de economía de mercado”, una decisión que se demora desde diciembre de 2016. Bruselas se queja de que el discurso oficial de Pekín en favor de una mayor apertura comercial e inversora choca con la realidad práctica de una falta de reciprocidad por parte China. Según la Cámara de Comercio de la UE en China, las empresas europeas siguen afrontando demasiadas barreras jurídicas y administrativas para invertir en China.

China y la UE no quieren una guerra comercial con EEUU que perjudicaría a todos. Y prefieren una reforma consensuada de la OMC (Organización Mundial del Comercio) para evitar una crisis de esta institución internacional que frenaría el comercio mundial. Pero las presiones comerciales de Trump también provocan efectos distorsionadores sobre las inversiones. En el primer semestre de 2018, las inversiones chinas en EEUU se desplomaron un 92% mientras crecieron en Europa, destacando Francia, España, Suecia, Alemania y Eslovenia. Pero se frenaron en Reino Unido, Holanda e Italia. Y el Gobierno alemán está bloqueando algunas inversiones chinas en algunos sectores considerados estratégicos como las infraestructuras, energía e informática. Según un estudio de la Fundación Bertelsmann publicado en mayo, el 64% de las inversiones chinas en Alemania entre 2014 y 2017 se concentraron en 10 sectores clave para favorecer el Plan “Made in China 2025”: los coches eléctricos, la biomedicina, la aeronáutica, robótica, etc. Un Plan que subvenciona a las empresas para convertir a China en el líder tecnológico mundial y situarse con una posición dominante en los grandes sectores estratégicos. Bruselas debe asegurarse de que los principales sectores europeos, como el automovilístico, no sufran la misma fatal suerte que el sector fotovoltaico barrido en los años 2000 por una competencia china fuertemente subvencionada.

También con Japón y América Latina

La UE debería intentar llenar parte del vacío político y comercial que EEUU pueda dejar en Asia y el resto del mundo. Donald Tusk y Jean-Claude Juncker volaron desde Pekín a Tokio para firmar el 17 de julio un histórico Acuerdo de Libre comercio con Japón (JEFTA). Las negociaciones iniciadas en 2013 recibieron un impulso después que Trump denunciase el Acuerdo Transpacífico firmado por Barack Obama en 2016. El acuerdo, una vez ratificado por ambas partes, cubrirá un potencial mercado de 635 millones de consumidores con un muy alto valor adquisitivo, Y se sumará a los que ya están en vigor con otras economías avanzadas de Asia-Pacífico como Corea del Sur y Singapur. El firmado con Canadá (CETA) en octubre de 2016 entró provisionalmente en vigor el 21 de septiembre de 2017 mientras se espera que sea finalmente ratificado por todos los países miembros. Y para reforzar aún más su influencia y comercio exterior, la UE también debería acelerar las negociaciones para alcanzar nuevos acuerdos de libre comercio con Australia, Nueva Zelanda, México, Mercosur y otras economías emergentes.

China sigue estimulando su economía

Trump se mostró especialmente crítico con China. Pretende reducir el colosal déficit comercial (-375.400 millones de dólares en 2017) así como un control más estricto de las trasferencias de tecnologías avanzadas hacia empresas chinas. Trump utiliza la táctica de primero amenazar con sanciones comerciales para luego intentar negociar con sus interlocutores unos acuerdos más favorables a sus intereses. EEUU exige, al igual que la UE, que sus empresas y productos puedan acceder con menos trabas en el mercado chino. Pekín reaccionó de forma moderada ante las primeras subidas arancelarias decretadas por Trump subiendo, de forma más moderada, los derechos de importación de determinados productos estadounidenses. China no quiere desatar una guerra comercial. Tampoco Japón y Corea del Sur, dos vecinos que tienen al coloso chino como principal socio comercial. La única salida es la negociación. Es lo que esperan los mercados financieros inquietos ante los riesgos de los conflictos comerciales y monetarios. Pero, a diferencia de la tregua que Washington acordó con Bruselas, las relaciones con Pekín siguen tensas. En vísperas de las elecciones estadounidenses parciales que se celebrarán el 6 de noviembre, Trump quiere mostrar a su electorado que, si es preciso, no duda con sancionar a su principal competidor estratégico.

Pekín decidió adaptar su política monetaria para apoyar a las empresas chinas tomando medidas para estimular la economía para favorecer el consumo interno. Y, sobre todo, continuar con las inversiones en infraestructuras en China a las que se suman las que realiza en el exterior cofinanciando la “Belt and Road Initiative” (BRI), nueva “Ruta de la Seda”, en 78 países. El Banco Central de China inyectó más liquidez en el sistema financiero. Una medida contraproducente para una economía excesivamente endeudada y un sector bancario poco transparente. Y la depreciación del yuan frente al dólar ayuda el potencial exportador de las empresas perjudicadas por las subidas arancelarias decretadas por Trump. Pekín niega que se trate de una devaluación competitiva. Pero los mercados financieros seguirán inquietos mientras no se frene el conflicto comercial entre EEUU y China.

Los primeros dos años de Trump

Trump es un hombre de negocios que sabe poco de historia económica y menos de política exterior. Y sigue una estrategia de confrontación que prima sus intereses en la política interior para lograr mantener o ampliar su base electoral. Pero el elevado déficit exterior de EEUU no es culpa tanto de sus principales socios comerciales como del hecho de que los estadounidenses no ahorran suficiente y se acostumbraron a vivir por encima de sus posibilidades económicas. La reforma fiscal adoptada por el Congreso puede incrementar el consumo pero también los déficits presupuestarios del país. Y se olvida que un tercio de las tierras cultivables de EEUU se destinan a producir para las exportaciones agrícolas. Así, los agricultores que votaron por Trump podrían sufrir las consecuencias de sus derivas proteccionistas. También, las incertidumbres sobre el NAFTA y las relaciones con el este y sureste de Asia pueden afectar a las cadenas industriales de valor, ralentizar inversiones exteriores y la creación de nuevos empleos. Algunos grandes grupos industriales con importante presencia en la UE y China, así como varios influyentes lobbies como la Cámara de Comercio de EEUU, han pedido a Trump que reconsidere, aunque sea en parte, su estrategia. Incluso la Reserva Federal (FED) avisaba en las actas de su reunión de junio, publicadas el 5 de julio, sobre los riesgos asociados a una política comercial que pueden acabar teniendo efectos negativos sobre las empresas y las inversiones.

El primer bienio Trump acaba con turbulencias financieras en los emergentes. La reforma fiscal extremadamente generosa implantada por Trump dopó el crecimiento del PIB que alimenta la subida del dólar, afectando a la política monetaria que prevé nuevas subidas de los tipos de interés por parte del FED. Unos movimientos que perjudican en diversa medida a aquellos países emergentes excesivamente endeudados en la divisa estadounidense. El epicentro de la nueva tormenta está en Turquía y Argentina. Pero también afectó, por razones más diversas, a Sudáfrica, Brasil, Rusia e India, casualmente los cuatro países que, con China, forman parte de los BRICS, un grupo al cual Turquía aspira a sumarse. Pekín pretende sumar apoyos para ir reduciendo la exorbitante posición del dólar en las transacciones internacionales entre los BRICS.

Consideraciones finales

El impetuoso Trump persistió, en sus dos primeros dos años de mandato, en su política unilateral y proteccionista que va quebrando las bases del orden político y económico mundial vigente desde 1945. Tal vez olvida sobre los conflictos comerciales que se sabe cuándo empiezan pero no como terminan. Y crean unas crecientes incertidumbres y riesgos que inquietan a los mercados financieros y sus inversores. Cabría esperar que, tras celebrase las elecciones legislativas parciales del 6 de noviembre y con un Congreso parcialmente renovado, el presidente frene o corrija algunas decisiones de su política exterior. Su actual proceder le puede dar réditos electorales a corto plazo pero, a medio o largo, va debilitando la credibilidad y el liderazgo de EEUU a nivel mundial. Por su lado, la UE debe redefinir sus prioridades e intereses con unas estrategias y medios para defenderlos. Ya no puede contar como antes con el paraguas de EEUU.