Lo que une a aquellos que se sumergen en la inversión de impacto es la convicción de que jugarán un papel crucial en solucionar retos sociales y ambientales.

Autores: Daniel Vidal, abogado especialista en Derecho de Nuevas Tecnologías y  Laura Marín, consultora en comunicación especializada en estrategia y contenido digital.

El término inversión de impacto fue acuñado en 2007 en un encuentro convocado por la Fundación Rockefeller donde creó la división Impact Investment Collaborative. Algunos años más tarde, en 2010, JP Morgan lo hizo suyo al dar a conocer un estudio, elaborado junto a la propia Fundación Rockefeller, en el que explicaban el nacimiento de una nueva clase de activo financiero con una oportunidad de inversión próxima a los 400 mil millones de dólares y un potencial de ganancias entre 183 y 667 mil millones dólares durante la siguiente década. Desde entonces, el término “inversión de impacto” ha ido ganando popularidad en todo el mundo, creciendo de manera exponencial en cada ejercicio económico.

Pero, ¿a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de inversiones de impacto? A aquellas realizadas en empresas, organizaciones y fondos con el objetivo de generar un impacto social o ambiental, pero también buscando una rentabilidad económica. En otras palabras, podemos decir que este tipo de inversión está a medio camino entre la inversión tradicional, que solo tiene en cuenta el rendimiento financiero que le puede aportar la operación, y la filantropía, que únicamente pretende conseguir el impacto social o medioambiental pero sin esperar ningún tipo de retorno financiero.

Lo que une a aquellos que se sumergen en la inversión de impacto es la convicción de que esas inversiones creativas son las que jugarán un papel crucial en solucionar retos sociales y ambientales. En este contexto, esa inversión de impacto puede clasificarse en:

– Inversiones de integración social, ya sea sobre el acceso a una vivienda asequible, la salud, finanzas, educación, cuidado personal o la empleabilidad.

– Proyectos relacionados con la sostenibilidad en el ámbito de la producción y el acceso a, por ejemplo, la energía renovable, la comida, el agua, la agricultura sostenible.

En cualquier caso, cualquier proyecto en el que se invierta debe componerse de tres elementos básicos:

– Intencionalidad: la inversión debe pretender generar un impacto social o ambiental positivo. El beneficio social que se derive de la inversión realizada no será nunca accidental, sino que se establecerá antes, junto al plan de negocio, y se realizará un seguimiento apropiado y responsable.

– Rentabilidad económica: se espera que la inversión genere rentabilidad. Por tanto, quedarán fuera de esta categoría de inversión las donaciones, subvenciones o cualquier otra cesión de dinero que no espere un retorno positivo.

– Impacto medible: deben cuantificarse y comunicarse los impactos ejercidos, pretendidos o no.

Además, estas empresas invertidas también deben ser escalables, ya que proponen modelos de negocio que pueden ser replicables en otros lugares, y autosostenibles, buscando siempre mantenerse por sí mismas a través de su propia capacidad de generar ingresos y no depender siempre ni al 100% de las inversiones o ayudas.

Cambio de paradigma

Ni la economía convencional ni la filantropía están siendo capaces de dar solución a la variedad de desafíos a los que se enfrenta la sociedad, y las inversiones de impacto se mueven en este sentido, tratando de dar respuesta a retos globales y problemas sociales. Aunque la inversión todavía es mucho menor que en los fondos más tradicionales, las cifras muestran como año tras año se van incrementando y que la inversión en activos alternativos –entre los que se incluyen los de inversión de impacto– en las principales carteras de banca privada y family offices oscila ya entre un 12 y un 18% del total invertido, dependiendo de la región del mundo que se coja como referencia.

A pesar de que esas cifras puedan parecer bajas, la inversión de impacto va cogiendo impulso en los últimos años y su crecimiento muestra datos a tener en cuenta. Así, según estudios de Eurosif (European Sustainable Investment Forum), las inversiones de impacto crecieron en Europa un 131,6% entre 2011 y 2013, y un 385% entre 2013 y 2015. En números absolutos esto suponía una inversión de 8.750 millones de euros en 2011, que en 2013 se incrementó hasta los 20.269 millones de euros. Por países, destacan Holanda, con 8.821 millones; Suiza, con 4.231 millones; Italia, con 2.003 millones; Reino Unido, con 1.400 millones; Alemania, con 1.366; y Francia, con 1.020 millones. España se sitúa a la cola, con solo 87 millones invertidos, pero su crecimiento también ha sido exponencial, incrementando la inversión un 207% entre 2013 y 2015.

En términos generales, el Global Impact Investing Network (GIIN), organización mundial referente en inversión de impacto, publicaba en su informe anual de 2016 que este tipo de inversión captó más de 77.400 millones de dólares, con un rendimiento neto de la deuda del 5,4% en mercados desarrollados y un 8,6% en mercados emergentes. Asimismo, la rentabilidad en las inversiones en capital del 9,5% en los mercados desarrollados y un 15,1% en los mercados emergentes.

Medir el impacto

Como en todas las empresas, resulta imprescindible medir el impacto generado para valorar la rentabilidad financiera y los beneficios sociales conseguidos. A través de la medición de este doble impacto es como la empresa social puede demostrar y justificar el alcance y la efectividad de la inversión realizada.

No obstante, aunque es fácil evaluar cuantitativamente la actividad de la empresa en términos de riesgo y retorno financiero, no lo es tanto en el caso del impacto social y medioambiental. En este segundo caso, la dificultad se da porque el impacto que genera cualquier iniciativa abarca muchas dimensiones y es necesario encontrar variables medibles y representativas del impacto generado para cada una de ellas. Además, surge la necesidad de encontrar indicadores de impacto que se puedan comparar entre sí y que ayuden a evaluar cómo una inversión puede ser más rentable que otra, no ya solo en términos financieros sino también de rentabilidad social.

En este contexto, la European Venture Philanthropy Association (EVPA) propone un marco general para la medición y gestión del impacto social que establece los siguientes pasos:

– Establecer unos objetivos.

– Identificar e involucrar a las partes implicadas.

– Medición del impacto, mediante indicadores, marcos, estimaciones, etc.

– Valorar el impacto.

– Realizar un seguimiento y comunicar los resultados.

Pero estas consideraciones se quedan en términos muy generalistas y las empresas sociales no consiguen un consenso respecto a la metodología concreta a emplear. Esta dependerá del tipo de empresa, el sector y las características propias de cada una. Un estudio de Purpose Capital, empresa consultora en inversión de impacto, distingue tres tipos de metodologías:

– Centradas en los procesos: monitorizan la eficiencia y la efectividad en la generación de los diferentes productos y servicios.

– Centradas en el impacto final: relacionan la producción de bienes o servicios con los resultados que estos producen en la sociedad o el medioambiente.

– Centradas en la monetización: asignan un cierto valor monetario a los resultados producidos y al impacto generado, de manera que se hace más fácil valorar y comparar inversiones.

Inversores de impacto en España

Según un estudio de la Global Impact Investing Network (GIIN) de 2015, la comparativa entre las rentabilidades obtenidas por fondos de impacto y fondos convencionales mostraba que ambos pueden llegar a tener un desempeño muy similar. Sin embargo, y a pesar de la necesidad de fomentar un crecimiento más sostenible, a una gran parte de los inversores no se les ofrece nunca oportunidades de inversión ética o sostenible.

Por fortuna, este tipo de inversiones de impacto se está profesionalizando y ya existen muchos fondos de inversión sociales o de impacto que impulsan este tipo de inversiones y dan visibilidad a las empresas sociales y los resultados conseguidos. En España existen varios que funcionan recopilando inversiones de varios aportadores, lo unen en un fondo propio y con él buscan proyectos empresariales con impacto social donde invertir. Este es el caso de, entre otros:

Creas, pioneros en la inversión de impacto que se presentan como un inversor hands-on que, además de financiación, proporciona apoyo activo al equipo de dirección de sus participadas y acceso a una red de profesionales.

Vivergi, fondo de 50 millones de euros gestionado por Ambar Capital y Expansión que se presenta como el primer fondo de impacto social en España registrado ante la CNMV y uno de los fondos más grandes a nivel mundial en su categoría.

Isis Capital, divide su inversión en dos fondos diferentes, contribuyendo respectivamente al desarrollo de los Países en Vías de Desarrollo (PVD) con uno y destinando el segundo a reducir la exclusión social en España a través de la promoción y consolidación del tejido empresarial social, priorizando la población excluida, las mujeres y las zonas rurales.

Ship2B, fundación privada que tiene por objetivo acelerar proyectos empresariales de alto impacto social poniendo a disposición de los emprendedores una comunidad de mentores, expertos, entidades y grandes empresas. Disponen de la primera y mayor red de inversión de impacto de España y de un vehículo de coinversión para invertir en startups disruptivas.

Desde estos fondos de inversión de impacto se impulsan proyectos como Sadako (inteligencia artificial para mejorar la recuperación de residuos), Sylvestris (para facilitar la reforestación de bosques quemados), Sensovida (soluciones de teleasistencia avanzada para ayudar a personas mayores en sus domicilios) o Cebiotex (membranas de nanofibras que proponen un sistema de liberación local de principios activos para el tratamiento de cáncer en menores). Estos son solo cuatro ejemplos pero al ritmo que se incrementan las cifras de negocio e inversión, seguro que pronto tenemos miles más con gran impacto en la sociedad y el medio ambiente.

¿QUÉ TIPO DE INVERSIONES HAY Y EN QUÉ SE DIFERENCIAN?

En el texto principal comentamos que la inversión de impacto se encuentra entre la inversión tradicional y la filantropía, pero, ¿qué caracteriza a estas y qué otras vías existen para invertir en empresas o fondos? A continuación detallamos los principales modelos:

Inversión tradicional: es la más conocida, aquella que solo tiene en cuenta el resultado financiero, buscando que sea lo más elevado posible. La empresa que recibe esta inversión será también, por norma general, la empresa tradicional, cuyo modelo de negocio se orienta a la obtención de beneficios y a la generación de dividendos para propietarios y accionistas.

Inversión socialmente responsable: este tipo de inversión ya empieza a tener en cuenta tanto los riesgos como las oportunidades en materia económica, medioambiental y social que se plantean en la economía global, así como las prioridades éticas del inversor. No obstante, a diferencia de la inversión de impacto, este tipo de inversión se centra antes en minimizar el impacto negativo a través de la exclusión de empresas que no cumplen ciertos criterios que en la generación de impacto positivo.

Filantropía tradicional: consiste en la provisión de recursos con el único objetivo de generar un impacto social o ambiental positivo, sin buscar ni siquiera el retorno del capital invertido.

Venture philanthropy: busca crear valor social de forma eficiente y sostenible y, por ello, se dedica tanto a la inversión de capital como al apoyo no financiero a iniciativas empresariales capaces de generar y amplificar su impacto social. A diferencia de la inversión de impacto, la aproximación a la problemática social sigue siendo filantrópica y solo será posible un reparto de beneficios si se ha conseguido cumplir todos los objetivos sociales previstos.