Autor: Jaume Giné Daví

Israel es una historia de país exitoso. Pero, al lado de las luces persisten dos alargadas sombras: el conflicto árabe-israelí y las crecientes desigualdades territoriales y sociales.

David Ben Gurion proclamó el 14 de mayo de 1948 la independencia del Estado de Israel en una parte del territorio de Palestina bajo mandato británico. Se basó en la resolución 181 de Naciones Unidas de 29 de noviembre de 1947 que aprobó, con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, un plan de partición que preveía acoger un estado judío y otro árabe. En cambio, el mundo árabe rechazó la salomónica división adoptada por las Naciones Unidas y apostó por atacar por todos los costados al recién creado estado judío. Pero los ejércitos árabes cosecharon inesperadamente su primera derrota frente a Israel. Los árabes no constituyeron un Estado palestino independiente: Egipto tomó la franja de Gaza mientras Jordania se quedó con la actual Cisjordania. Dos territorios separados geográficamente que pasaron a ser administrados por la Autoridad Palestina, establecida tras los Acuerdos de Oslo de 1993.

Desde entonces, Israel ha afrontado varias guerras y conflictos territoriales y sociales con los países árabes vecinos mientras iba acogiendo sucesivas olas migratorias que constituyeron un país política y socialmente complejo. La nación judía dispersa por todo el mundo, sin una lengua común y con un tercio de la población recién exterminada durante la Segunda Guerra Mundial, hizo realidad el gran sueño sionista de construir un Estado en una Tierra que también era santa para los musulmanes. Y logró el milagro de desarrollar en pocas décadas una economía muy avanzada e innovadora en los campos de la investigación científica y tecnológica, en una de las regiones política y socialmente más inestables del planeta.

70 años después, los procesos para alcanzar una paz duradera entre judíos y árabes han fracasado mientras las diferencias económicas y sociales ya son abismales con unas rentas per cápita de 35.700 dólares en Israel, 3.700 dólares en Cisjordania y 1.700 dólares en Gaza.

CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO CON SOBRESALTOS

Cuando se hizo pública la declaración Balfour de 2 de noviembre de 1917 que apoyó la creación de un hogar nacional judío en Palestina, convivían en esta tierra unos 700.000 palestinos y 60.000 judíos. En 1948, 600.000 judíos, muchos supervivientes del Holocausto, vivían en un nuevo país que seguía siendo mayoritariamente árabe. El espectacular crecimiento demográfico judío arrancó con la repatriación organizada de las comunidades de la diáspora judía presente en Europa, América Latina, EEUU, Magreb, Oriente medio, etc. En 1949, el “Mossad” lanzó una primera operación de traslado de la mayoría de los judíos del Yemen. En 1950, otros 110.000 judíos de Irak fueron evacuados vía Chipre hacia Israel. Pero la más importante inmigración tuvo lugar a partir de finales de los ochenta y principios de los noventa cuando más de un millón de judíos motivados y preparados llegaron desde la colapsada URSS y se convirtieron una llave maestra para transitar hacia una sociedad del conocimiento. En 1994, se evacuaron 14.000 judíos etíopes en solo 48 horas. Israel cuenta hoy con unos 8,8 millones de habitantes.

Israel alcanzó un rápido y sostenible desarrollo económico, incluso agrícola, en una zona árida sin apenas recursos naturales. Y lo consiguió dotándose de instituciones, una robusta sociedad civil con unas consolidadas clases medias. Un marco democrático que contrasta con los regímenes más o menos autoritarios y oligárquicos que predominan en varios países vecinos. Pero los comienzos fueron muy difíciles. La economía creció espectacularmente pero a costa de sufrir unos altos déficits fiscales provocados por la necesaria absorción de millones de inmigrantes y por los crecientes gastos de defensa que, debido a las guerras de los Seis Días del 5 al 10 de junio de1967 y del Yom Kipur en octubre de 1973, se dispararon desde el 8% hasta alcanzar el 30% del PIB en 1975. Se convirtió en la principal potencia militar de la región. Pero en 1984, el déficit fiscal se situó en torno al 15% del PIB, la deuda pública hasta el 300% y una inflación desbordada hasta el 450%, un cuadro macroeconómico que situó el país al borde del colapso económico. Una delicada situación corregida cuando la inmigración se desaceleró y también se alivió el frente militar cuando Israel logró firmar sendos acuerdos de paz con Egipto y Jordania en 1977 y 1994.

UN ESPECTACULAR ÉXITO ECONÓMICO

Israel disfruta hoy de un sólido crecimiento económico (3,4% en 2017), un índice de paro del 3,6% en marzo 2018, la deuda pública que situó al 62% del PIB y unas finanzas saneadas con una divisa fuerte, el shekel. Es una potencia tecnológica e innovadora orientada hacia el high-tech que dedica el 4,5% del PIB a I+D, Cuenta con más de 6.000 star-ups, que representan el segundo ecosistema mundial tras Silicon Valley. Y acoge unas 350 multinacionales, como Intel, Apple, Google, Samsung, GM, Orange, etc. que han instalado centros de I+D, principalmente en Tel-Aviv y Haifa. También unos 180 fondos de capital riesgo, 22 incubadoras de empresas y 16 universidades, entre ellas la Technion de Haifa con su campus de 15.000 estudiantes, con antenas en EEUU y China. Y tiene más empresas en el Nasdaq, la bolsa de valores tecnológicos de EEUU, que los 28 estados de la UE. Y destaca un potente sector de defensa y otro igualmente estratégico de ciberseguridad fuertemente subvencionado por el Estado. Y sobresalen las industrias farmacéuticas y de desarrollo agrícola y alimentario. Pero también es el segundo país del mundo en el número de libros publicados per cápita. Unos datos que demuestran la gran iniciativa y creatividad en el mundo de la ciencia, artes y literatura de un país con 12 premios Nobel, un reconocimiento internacional que recibieron otros 200 judíos de otros países del mundo. Y goza de un aceptable soft power. Y volvió a ganar la última edición de Eurovisión 2018.

El espectacular éxito de la economía israelí es que, debido a su pequeño mercado interior, apostó por la internacionalización. Su mercado es todo el mundo. Israel disfruta de un dinámico comercio exterior e inversor favorecido por los acuerdos comerciales con EEUU, la UE y otras economías avanzadas y emergentes. Es una economía abierta pero persisten muchas barreras o trabas no arancelarias con un marco regulatorio que dificulta a las empresas extranjeras establecerse e invertir en el país. El Gobierno protege a determinados monopolios, también en el sector agrícola y agroalimentario donde cuatro grandes empresas de alimentación controlan el 40% del mercado. Un marco proteccionista que incrementa el coste de la vida de los israelíes, un 20% más alto que el de España, mientras los salarios siguen más bien estancados. Israel ocupe un rezagado 54º lugar, entre 190 Estados, en el ranking “Doing Business 2018” elaborado por el Banco Mundial. España ocupa el 28º.

LA AUTOSUFICIENCIA ENERGÉTICA

El descubrimiento de importantes yacimientos de gas natural en la plataforma marítima del mediterráneo oriental abrió dos nuevas expectativas para Israel: ver cubiertas sus propias necesidades energéticas y lograr convertirse en un exportador de gas, principalmente a una UE que precisa diversificar sus fuentes de suministro para no depender tanto de Rusia de donde llegan el 38% de sus importaciones energéticas. El primer objetivo israelí, la autosuficiencia energética durante varias décadas, ya está a su alcance pero el segundo afronta dificultades políticas y geográficas. El yacimiento “Tamar” situado frente a las costas de Haifa y explotado desde 2013, ya garantiza el aprovisionamiento del país. El “Leviatham” con unas reservas estimadas de 500.000 millones de metros cúbicos se pretende destinar a los mercados exteriores. Israel firmó en 2016 un acuerdo para suministrar gas a Jordania. Tel-Aviv se propone cofinanciar la explotación de los yacimientos de Egipto descubiertos en las aguas que bañan las costas del oeste del delta del Nilo. Y firmó otro acuerdo con Egipto para intentar suministrarle gas a partir de 2019 siempre que se logre reabrir y asegurar el oleoducto que pasa por el Sinaí, cerrado tras los ataques perpetrados por los islamistas radicales. Israel también firmó un primer acuerdo con Chipre, apoyado por Bruselas, para impulsar un proyecto para construir un oleoducto marítimo que haría llegar el gas de ambos países hasta Italia. Una iniciativa contestada por Turquía que ocupa desde 1074 la parte norte de la dividida isla chipriota.

Los yacimientos descubiertos en aguas de Chipre, Turquía, Siria, Líbano, Israel, Gaza y Egipto, pueden constituir otra fuente de conflictos territoriales en la región. Ya desencadenaron tensiones sobre los límites marítimos entre Chipre y Turquía y entre Líbano e Israel. EEUU y Rusia, que ya se aseguró la explotación del gas sirio, jugarán otra vez un rol especial mientras la UE, el potencial beneficiario, queda relegada.

DOS PROBLEMAS ESTRUCTURALES

Israel es una historia de país exitoso. Pero, al lado de las luces persisten dos alargadas sombras que siguen nublando el futuro de un país que vive en constante mutación demográfica, social y cultural: el conflicto árabe-israelí y las crecientes desigualdades territoriales y sociales:

  1. a) El conflicto árabe-israelí sigue envenenado por el irresoluto problema palestino tras 51 años de ocupación de Cisjordania donde viven 3 millones de palestinos y ya se han instalado 380.000 colonos judíos, y de una durísima presión sobre los 2 millones de habitantes de Gaza. Una situación que ahoga las posibilidades de desarrollo económico de ambos territorios. Pero también con unos altos costes económicos y sobre todo morales para Israel. Un conflicto que no se resolverá levantando altos muros. Un brusco cambio histórico tuvo lugar a partir de la Guerra de los Seis Días, cuando un país creado por inmigrantes se convertía en una potencia militar que ocupaba territorios vecinos. Los altos costes de defensa perjudican otras necesarias inversiones públicas para corregir los déficits de las congestionadas infraestructuras de un país densamente poblado. Un informe del FMI sobre Israel publicado el 1 de mayo, alertaba sobre los déficits en educación y vivienda que afectan principalmente a los árabes israelíes. Los jóvenes israelíes siguen condicionados por un largo servicio militar obligatorio que mina el capital humano del país, al retrasar hasta tres años su normal acceso al mercado laboral. Y la inestable situación política reinante en Oriente medio también reduce el gran potencial de crecimiento del sector turístico.

  1. b) Las contradicciones de un modelo de crecimiento con crecientes desigualdades territoriales y sociales que frenan el ascensor social de una parte significativa de la población. Y además de amenazar la cohesión social, también reducen la productividad del país. La economía israelí funciona con dos velocidades. La gran locomotora es el internacionalizado sector tecnológico de la competitivas start-ups que emplean a un 10% de trabajadores altamente cualificados. Pero muchos israelíes están empleados en sectores convencionales no tecnológicos con bajos salarios y niveles de productividad. El peso de la economía recae básicamente sobre los 5 millones de las clases medias y trabajadoras. Pero otro porcentaje siguen fuera del mercado laboral. La economía precisa integrar a unos sectores sociales como el de los judíos ultraortodoxos (10% de la población) que, cerrados en los estudios religiosos del “talmud”, pretenden seguir exentos del servicio militar, no crean apenas riqueza y prácticamente viven a costa del Estado. Y también se malbaratan las potencialidades de una parte significativa de los árabes (el 21% de la población) que sufre marginación y donde las mujeres suelen permanecer en las tareas del hogar. La pobreza afecta al 18,6% de la población, uno de los niveles más altos entre los países de la OCDE. Y las tendencias xenófobas caen sobre los 38.000 ilegales africanos, la mayoría son eritreos y sudaneses. Aquellas dos comunidades, ultraortodoxos y árabes, son hoy minoritarias y representan el 31% de la población, pero tienen un alto índice de fertilidad por mujer y podrían sumar la mitad de la población israelí en 2050.

 

CONSIDERACIONES FINALES

Israel sigue siendo un joven país en gestación, sin fronteras internacionalmente reconocidas y con muchas fracturas internas y amenazas externas. Es admirable como la nación judía repartida por todo el mundo mantuvo su identidad durante dos milenios. Hace 70 años se hizo realidad el sueño de constituir un Estado, hoy reconocido internacionalmente por 160 países, entre ellos Egipto y Jordania. Y ha habido un acercamiento entre Israel y Arabia Saudí y sus aliados sunitas en el Golfo con un objetivo común: frenar el expansionismo del Irán chiita. Pero los éxitos diplomáticos y económicos de Israel se lograron a costa de reprimir los legítimos derechos del pueblo palestino.

La consolidación de Israel y la necesaria paz y reconciliación con los árabes solo llegará cuando el maltratado y dividido pueblo palestino también tenga su propio Estado. Todos saldrían ganando. Pero priman los intereses geopolíticos de las dos grandes potencias en Oriente medio, EEUU y Rusia. La UE cuenta poco. Washington reconoció oficialmente el 6 de diciembre de 2018 como capital de Israel a Jerusalén, donde trasladó desde Tel-Aviv su embajada, abierta el pasado 14 de mayo. Y la decisión de Donald Trump de denunciar el Acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015 puede avivar peligrosamente el avispero regional. El fracaso de las “primaveras árabes” de 2011, la profunda crisis y división del mundo musulmán entre árabes y chitas y la creciente división política en la sociedad israelí que deteriora su sistema democrático, no auguran nada bueno.