“Materializada ya la ruptura, incluso los más fervientes opositores al Brexit en las islas, cerrarán filas con su gobierno”

Texto de Josep Lladós, profesor de Economía en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Concretados ya los males presagios del Brexit tras un cansino y decepcionante proceso de desgaste, afrontamos una nueva negociación que hará más visibles los estropicios del divorcio. Se abre un periodo de transición en el que probablemente se lancen grandes proclamas de futuro que difícilmente podrán ocultar decepciones muy presentes.

Materializada ya la ruptura, incluso los más fervientes opositores al Brexit en las islas, cerrarán filas con su gobierno. Pero las cartas repartidas no presagian un juego demasiado favorable. En año electoral norteamericano y con una UE de rebajas en la negociación del marco financiero 2021-27, los anhelos británicos de conseguir por doquier acuerdos de liberalización comercial low cost parecen pueriles.

Más bien, bajo el lema todo por la pasta (disfrazado de make Britain great again) el Reino Unido se irá convirtiendo en un formidable opositor al proceso de armonización política e integración económica europeo. Dadas las limitaciones competitivas de la industria británica y su dependencia exterior, sería una temeridad obviar las consecuencias de los cambios fiscales, monetarios y regulatorios en los flujos de mercancías, servicios e inversiones. En ausencia de gobernanza global o, al menos, regional, los riesgos de comportamientos de polizón oportunista en el ámbito fiscal, social o ecológico no son desdeñables.

Pero las dificultades, a ambos lados del tablero, no son pocas. Como botón de muestra, observemos los principales sectores productivos empezando por la gestión de los recursos naturales. Las distancias en los estándares sanitarios y fitosanitarios entre las economías del continente y el amigo americano no son precisamente pequeñas. Tras sus recurrentes episodios de furia proteccionista, creer que la Administración Trump dará un paso a favor de una mayor homologación de las normas que facilite un acuerdo comercial bilateral con el Reino Unido es demasiado ingenuo. Más bien se abrirán paso las concesiones a las exportaciones e inversión norteamericanas en el sector. Pero un relajamiento de los estándares ante las prácticas en el uso de pesticidas, hormonas o transgénicos no será muy bien recibido en los mercados agrícolas europeos.

Tampoco será baladí el conflicto naval entre pescadores de ambas orillas del Canal de la Mancha. La flota británica dispone de casi el 15% del nivel de producción comunitario pero sólo del 8% del empleo en el sector. La batalla por el acceso a las áreas de pesca y el reparto de las cuotas promete emociones.

El embrollo crece en las manufacturas. La larga pertenencia a la Unión y la intensa actividad inversora de muchas multinacionales europeas han consolidado unas redes de producción muy integradas. La posición en las cadenas globales de valor de la industria química, de material de transporte o maquinaria británica muestra una dependencia crítica de las importaciones de componentes procedentes de los socios europeos. No es extraño que el gobierno Johnson busque un acuerdo de liberalización comercial plena. Será difícil que lo obtenga sin garantías de una homologación de estándares y certificaciones duradera, lo que limitará el margen para la tan cacareada desconexión de la pesadilla intervencionista de Bruselas.

Las exportaciones de servicios financieros, seguros y empresariales son la joya de la corona de la economía rebelde. Pero el sector terciario tampoco es ajeno a los efectos de la interdependencia económica. La creciente externalización y digitalización de las operaciones ha convertido a las actividades de servicios en muy dependientes de la evolución de la industria británica en el escenario internacional.

El reto va más allá de si la City continúa disponiendo del pasaporte para operar en euros o se beneficia de acuerdos de reciprocidad. En el ámbito de los servicios logísticos, transporte, jurídicos, consultoría empresarial o movilidad y protección de datos será indispensable el reconocimiento mutuo de credenciales. La coincidencia de intereses debe propiciar el acuerdo pero el campo estará sembrado de minas cuando algunos servicios se asocien a la inmigración.

Y aunque el hastío o la benevolencia propiciasen un acuerdo satisfactorio por ambas partes, la ausencia de compromiso a una futura unión aduanera deja abierta la puerta a interferencias de terceros que dañen la relación bilateral. Con el procedimiento de resolución de disputas entre las partes todavía durmiendo el sueño de los justos, no parece que vaya a expirar la erosión de las posturas defensoras de la multilateralidad. Respiren hondo.