“Tiene que ser capaz de alimentar la voluntad a lo largo de todo el trayecto, animándonos a continuar a pesar de las dificultades”

Texto de Jaume Gurt, autor del libro Diseña tu futuro (Conecta).

Todos los que hemos liderado un equipo, nos hemos preguntado alguna vez cuál es la fórmula de la motivación, con la idea de hacer cosas que faciliten el movimiento de nuestro equipo. Cada persona tendrá fórmulas distintas (la motivación viene de dentro) en base a cuáles sean sus mecanismos de activación, dependiendo del momento que esté viviendo, así como del fin a alcanzar.

Lo primero que descubrimos es la necesidad de preguntar, de conocer a las personas que componen nuestro equipo, de comprender qué les activa y cuáles pueden ser metas apetecibles para ellos. ¿Podemos como líderes generar motivación en nuestros equipos? Lo cierto es que podemos trabajar para que nuestro equipo no esté desmotivado a causa de procesos, exigencias excesivas, tratos y comportamientos inadecuados derivados de la empresa, de compañeros o de los mismos managers. Tan importante es tener sana la parte estructural (procesos, espacios, métodos, salario) como relacional (respeto, reconocimiento, ser visto, pertenecer y aportar).

Lo segundo es verificar que nuestro entorno físico de estructuras y relaciones no esté generando algún impedimento en la motivación de nuestras personas y, en caso de encontrarlas, trabajar para que estas se reduzcan o desaparezcan. Si conocemos algo mejor a los componentes de nuestro equipo y hemos reducido los impedimentos existentes, ya hemos abonado el terreno para empezar a crear entornos que favorezcan la motivación.

Sin estos dos primeros pasos nos podemos encontrar con acciones que no conectan con nuestro equipo o que son contrarrestadas y ocultadas por las contrariedades percibidas en la organización, y por tanto no serán efectivas.

La motivación que deseamos generar no es una chispa que se apaga en poco tiempo, sino una energía en movimiento que nos lleve a recorrer un camino y nos permita llegar a una meta más o menos lejana. Así pues, tiene que ser capaz de alimentar la voluntad de seguir a lo largo de todo el trayecto, animándonos a continuar a pesar de las dificultades.

La motivación va vinculada a una meta, un fin, donde recogeremos y disfrutaremos el bienestar deseado. Así pues, busquemos un objetivo que nazca de todo el equipo, que sea compartido, de esa forma aprovecharemos la energía de grupo para su consecución.

La meta a conseguir será el elemento que hará florecer la motivación. Busquemos metas alcanzables, realistas, que en la medida de lo posible tengan “recompensas” intermedias, que nos hagan conscientes de la evolución que vamos logrando camino del destino elegido. Cuando la meta es muy lejana tiene un alto grado de dificultad, o es una cuestión binaria de todo-nada, resulta muy fácil que por el camino perdamos la motivación a pesar de la fuerza del grupo.

Si sabemos gestionarlo tenemos un gran aliado en el equipo. Una meta compartida y consensuada en grupo favorece que distintos miembros se conviertan, en diferentes momentos, en la chispa de entusiasmo contagioso que el resto necesita para no perder la motivación. Aquí, el rol del líder es fundamental para crear espacios que permitan revisar la evolución hecha, para identificar barreras que hayan podido surgir y trabajar para reducirlas, para facilitar que los más motivados y entusiasmados puedan compartirlo con sus compañeros, para unir al equipo en esta aventura y generar un auténtico espíritu de cohesión, para que surja la idea de “juntos lo conseguiremos”, para ser uno más del equipo en este reto.

El líder tiene que ser el “palo del pajar” que sostiene cada uno de las miembros de su equipo, con lo que tiene que encarnar la ilusión, el entusiasmo y la convicción en lo que están haciendo.

Un último apunte que nos permita chequear la ecología de lo que estamos planteando al querer motivar a nuestro equipo. Nunca hay que olvidar que, como equipo, solo tenemos sentido dentro de una empresa, así pues, nuestras motivaciones y nuestras metas tienen que alimentar de alguna manera las motivaciones y metas del sistema empresa al que pertenecemos, y viceversa, las de la empresa tienen que ser capaces de motivar a los trabajadores. Sin ambos, tendremos organizaciones frágiles, y por tanto de difícil supervivencia en los tiempos VUCA.