El auténtico riesgo es que el sistema (fiscal/asistencial/normativo) se nos venga abajo a causa de la robotización y las nuevas tecnologías.

Texto de Daniel Vidal, abogado especialista en Derecho de Nuevas Tecnologías, y Laura Marín, consultora en comunicación especializada en estrategia y contenido digital.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), organismo de las Naciones Unidas creado en 1919 especializado en materia laboral, celebra en estas fechas su centenario. Se constituyó en virtud de lo dispuesto en la Parte XIII del Tratado de Paz de Versalles, con el que se puso fin a la Primera Guerra Mundial, entre otros motivos porque el descontento existente entre la clase trabajadora era de tal magnitud que se consideró que suponía una grave amenaza para la paz y la armonía mundial. De hecho, 50 años más tarde, en 1969, como reconocimiento por su contribución al establecimiento de unos mínimos estándares mundiales de justicia social (muchos principios como la igualdad de género y la no discriminación en el trabajo se debatieron por primera vez a escala internacional en esta entidad), la OIT fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz.

El futuro del trabajo

Hace unos meses, con ocasión de la celebración del centenario de la OIT y en el marco de su 108ª reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo, se adoptó la “Declaración del Centenario de la OIT para el Futuro del Trabajo”, un documento base que evidencia la trascendencia de algunos retos que la Organización encara para su segundo siglo de existencia y, muy especialmente, el de la incertidumbre que acecha a la actual estructura laboral a causa de la innovación tecnológica.

La globalización y la evolución tecnológica han provocado una profunda transformación de las tradicionales formas de trabajo, constituyendo uno de los principales retos que deben encararse no solo por parte de la OIT, sino también por parte de los trabajadores, los empleadores y de las administraciones públicas.

Por un lado, desde el punto de vista laboral, la globalización ha potenciado el fenómeno migratorio y su impacto, tanto en las capas altas o bajas, en la oferta y demanda laboral. Ha posibilitado mayores facilidades para la deslocalización de empresas, generalmente en beneficio de aquellos países o regiones con menores costes laborales y regulaciones más laxas en materia tanto laboral como de seguridad industrial y protección medioambiental.

Por otro lado, la evolución tecnológica ha dado pie a una mayor y más intensa maquinización y automatización de la producción, con la generalización de robots cuyo ámbito de actuación cada vez es mayor, extendiéndose a todo tipo de tareas y poniendo en riesgo no solo muchos puestos de trabajo, sino incluso elementos estructurales como las cotizaciones, el sistema de pensiones o incluso la propia definición o concepto de “trabajo” o “trabajador”.

La amenaza de los robots

La mecanización supuso una revolución (“la revolución industrial”) de grandísima trascendencia histórica, pese a que dicha mecanización, aun intensa, solo afectó a los entornos industriales.

La robotización es una realidad más o menos evidente que sin duda posee una aún mayor trascendencia que la antes mencionada, por cuanto no solo afecta al entorno industrial (grandes fábricas) y a los procesos manufactureros, sino que se ha extendido y se extenderá a prácticamente todos los ámbitos.

Hasta el momento, los robots (mecanización) se habrían implementado y consolidado en aquellos usos en los que la intervención humana era muy intensa (en número o tiempo), peligrosa o insalubre, o sujeta a variantes de calidad en su ejecución, no resultando interesante utilizar dicha robotización en áreas en los que no se daban estas características.

Sin embargo, en la actualidad los sistemas informáticos y robóticos suplen con éxito, con significativos ahorres de costes y notables mejores en la eficiencia y en la calidad de los resultados, a muchos profesionales y trabajadores que hasta hace poco podrían ver como distante o imposible su afectación por la tecnología.

Así, lejanos al ámbito como el manufacturero, hay serias amenazas a la empleabilidad en áreas financieras, administrativas o bancarias, por ejemplo, o en el sector de la logística y transporte (camioneros, repartidores, taxistas).

‘Robots only’

No es erróneo pensar que, en un principio, la intervención humana desaparecerá o se limitará sobremanera en todas aquellas actividades o acciones que puedan ser realizadas por un robot o sistema informático, dadas las mejoras de productividad, eficiencia, seguridad y calidad que ofrecen. En consecuencia, una parte importante del “Futuro del Trabajo” al que alude la OIT se encuentra vinculado a aquellas actividades en las que los robots y sistemas informáticos, por un motivo u otro, no se hayan (aún) implementado.

Así, por un lado, se encontrarán aquellas actividades vinculadas a ámbitos creativos en los que, por ahora, los robots o sistemas no son tan eficientes o no aportan tantas ventajas. También aquellas profesiones minoritarias (y de escaso valor/coste) en las que no parece prioritario (o no ha sido posible –aún– desarrollar tecnología).

Por otro lado, se encontrarán aquellas actividades/profesiones vinculadas a los propios robots/sistemas, esto es, mecánicos, informáticos, ingenieros, etc., que velarán por su correcto mantenimiento y desarrollo.

Pero también existe la posibilidad que quede un espacio de ocupación consistente en todas aquellas tareas que los robots “no quieran” realizar dado que, por el estado de la técnica, son complejas para ellos, pero sean extremadamente sencillas para los humanos, y a causa de dicha simplicidad, sean económicamente tan pobremente compensadas que produzcan una nueva precariedad.

Los ‘turkers’

Estas tareas sencillas para los humanos, pero (aún) complejas para robots y sistemas informáticos son denominadas HITs (Human Intelligence Tasks), y ya existen en la actualidad muchas plataformas que reúnen miles de estas tareas para que sean realizadas por humanos a cambio de una compensación económica (reuniendo así algunos de los elementos tradicionales de lo que podríamos llamar “un trabajo”). Una de dichas plataformas es “Mechanical Turk”, gestionada por Amazon, y quienes llevan a cabo las tareas que ahí se recogen (transcribir una factura, etiquetar fotografías) son los denominados turkers.

Pues bien, muchas de esas tareas se pagan a… un céntimo de dólar. Y entre quienes las realizan hay miles de norteamericanos (y no solo personas de países subdesarrollados, como podría erróneamente intuirse), de los cuales, un 25% declararon en un estudio del 2016 que casi todos sus ingresos provenían de dicha plataforma y más de la mitad declararon ingresar menos de 5 dólares la hora (el salario mínimo federal en USA es de $7.25 por hora).

Ciertamente, entre aquellos que cobran cifras alrededor del salario mínimo y además deben cumplir con una serie de obligaciones laborales accesorias (horarios, desplazamientos, uniformes, etc.), plataformas como la expuesta puede suponerles una mejor alternativa personal, compatible con otras obligaciones (u otros empleos), con la paradoja de que, en muchas ocasiones, el trabajo realizado sirve, en realidad, para mejorar los sistemas informáticos y de inteligencia artificial que, finalmente, acabarán no requiriendo de dicha intervención humana una vez se hayan desarrollado adecuadamente.

Robots e impuestos

Si la creciente robotización y digitalización ponen en riesgo un número significativo de empleos, si los que se crean son menores en número y en calidad (menores sueldos) y si no para de aumentar las “formas de empleo no estándar” (denominación oficial para aquellas fórmulas de pseudolaboralidad) que se caracterizan, entre otros aspectos, por eludir cotizaciones y cargas laborales, además de la afectación al mercado de trabajo, parece evidente e ineludible que se va a someter a un duro examen el sistema de cotizaciones e impuestos que tenemos en casi todas las naciones, dado que las contribuciones derivadas del factor trabajo son fuente principal de ingresos en los sistemas fiscales actuales.

¿Deben, en consecuencia, pagar impuestos los robots? Aunque la idea puede parecer atractiva y ha sido apoyada por personas de renombre, dista mucho de tener una respuesta clara. Por un lado, la robotización y la digitalización generan, en general, una riqueza por las eficiencias que aportan, por lo que un gravamen, restaría estímulo a su implantación. Además, las dificultades a dicho gravamen, del tipo que sea, son enormes (¿a qué se grava –robot, ordenador, coche autónomo– y cómo?), por lo que es muy complejo establecer un mínimo consenso. A lo sumo, existe una tendencia mayoritaria hacia un “impuesto moderado o mínimo” a la robotización que, de modo finalista, contribuya al sostenimiento de las prestaciones sociales de forma similar a la tributación actual sobre la automoción o la contaminación. Sería una forma de internalizar parte de las externalidades negativas provocadas por la sustitución de trabajadores por máquinas, aunque no resolvería, por sí solo, el problema.

Y es que, como muy acertadamente indica Jorge Onrubia, profesor titular de Hacienda Pública en la Universidad Complutense, “nuestros diseños de impuestos están pensados para una sociedad de los años 50 del siglo XX y las relaciones entre los ciudadanos y las rentas del trabajo cada vez se parecen menos al siglo XX, pero no las estamos adaptando y se nos derrumba el sistema”.

Y este es el auténtico riesgo, mucho más grave que los cambios de un tipo u otro de trabajo (¡ya nos adaptaremos!): el riesgo de que el sistema fiscal/asistencial/normativo creado, por inmovilista, se nos venga finalmente abajo a causa de la robotización y las nuevas tecnologías, y que la previsible polarización entre escasísimos “buenos” trabajos (con una remuneración digna) y una ingente cantidad de formas precarias de obtención de ingresos a la que se puede ver abocada una buena parte de la población (si no se hace nada), todo ello como causa y como consecuencia de una “falla generalizada” del sistema fiscal y de pensiones (que no puede hacer frente con fórmulas antiguas a los retos actuales y de futuro), acabe poco a poco provocando (de nuevo) una grave amenaza para la paz y la armonía como la que dio pie a la creación de la OIT hace 100 años. Confiemos que no sea así.