La tecnología se ha convertido en una herramienta imprescindible en esta crisis sanitaria. Poco a poco veremos hasta qué punto continuará siéndolo.

Texto de Daniel Vidal, abogado especialista en Derecho de Nuevas Tecnologías, y Laura Marín, consultora en comunicación especializada en estrategia y contenido digital.

“El cambio no es bueno ni malo, es simplemente cambio”. Revisando durante el tiempo de confinamiento algunas de las primeras series que nos engancharon hace más de una década, esta frase de Don Draper, el icónico protagonista de Mad Men, nos vuelve a hacer reflexionar. ¿Pensaría realmente lo mismo después de vivir una situación como la causada por la crisis sanitaria del coronavirus? ¿Todo lo vivido simplemente nos hará modificar algunos hábitos o será una oportunidad para construir una sociedad mejor?

En realidad, ese mejor o peor dependerá siempre de a quién preguntemos. Probablemente, justo al salir de este período de cuarentena, sectores como la hostelería o el turismo respondan rápidamente en negativo, pero todos aquellos con aplicaciones que faciliten el trabajo o la educación en remoto lo contrario. Quizás, en lo que sí estemos todos de acuerdo es que el “simple cambio” que defendía Draper, no será tan simple. Tal como apuntaba el historiador y filósofo Yuval Noa Harari en un artículo en el Financial Times, “decisiones que en tiempos normales llevarían años de deliberación se aprueban ahora en cuestión de horas. Tecnologías incipientes o, incluso, peligrosas, se introducen a toda prisa, porque son mayores los riesgos de no hacer nada”. Pero, ¿qué pasará con esas medidas después de la emergencia? “Que muchas se convertirán en parte integrante de nuestra vida”.

Y en medio de toda esta reflexión, un protagonista claro: la tecnología. Esta se ha vuelto una herramienta imprescindible en la lucha contra el virus (big data y apps para monitorizar y evitar contagios, inteligencia artificial para secuenciar el genoma del virus, impresiones 3D para suplir objetos imprescindibles para continuar con los tratamientos sanitarios, etc.) y para superar el confinamiento (nos permite seguir trabajando, estar conectados con nuestras familias y amigos, acceder a infinitas opciones de ocio, etc.). Un distanciamiento social que ha convertido esta crisis sanitaria en la gran impulsora de una nueva “televida”.

Una “televida” que seguirá tomando forma después del coronavirus. Aunque no significará perder la esencia de nuestra cultura mediterránea/latina (muy de contacto físico y reuniones de grupo), sí se le concederá más espacio a la tecnología y la flexibilidad (física y horaria) que proporciona en ámbitos como el laboral, el educativo e, incluso, el médico.

Teletrabajo

El trabajo a distancia, fuera de la oficina, no era algo habitual en España antes de que las autoridades obligaran a la ciudadanía a confinarse. Según los datos de Eurostat, solo un 4,3% de los empleados teletrabajaban entonces. Adecco incrementa esa cifra al 7,9%, que lo hacía ocasionalmente en el último trimestre de 2019. Tampoco era muy elevado el número de empresas que ofrecían esa posibilidad: según el Instituto Nacional de Estadística (INE), solo el 27% de las compañías españolas apostaba por el teletrabajo en 2017, frente al 35% de media en Europa.

¿Por qué estas cifras tan bajas? Hace unos años les hubieran echado la culpa a las conexiones, pero José María-Álvarez Pallete, presidente de Telefónica aseguraba estos días que “España cuenta con unas infraestructuras de comunicación de ultra banda ancha de extrema capacidad y calidad”. En cifras, la fibra óptica alcanza ya al 80% de la población. Y también el desarrollo del cloud computing facilita el rápido despliegue de sistemas de colaboración y videoconferencia, y las redes privadas virtuales las conexiones a la información corporativa de manera segura. La tecnología, como vemos, no es el impedimento, pero sí lo es la falta de previsión, experiencia y cultura del teletrabajo. O, como dice Arancha de las Heras, directora general del Centro de Estudios Financieros, en un artículo de El Economista, “una mentalidad, heredada de tiempos pasados, que prima la presencia del trabajador en su puesto de trabajo. Para implementar el teletrabajo es necesaria una cultura en la que prime el trabajo por objetivos y la confianza en el trabajador”.

Y ahora, ¿transformará el coronavirus la forma de trabajar para siempre? Aún es pronto para saberlo, pero muchas voces coinciden en que sí sufrirá muchos cambios, pero, evidentemente, no se empezará a trabajar 100% online en todas las empresas. La implementación del teletrabajo en las compañías que hasta ahora no lo hacían o la ampliación de días/horas en las que ya habían empezado a testearlo dependerá de la experiencia que hayan tenido durante este período y su capacidad para adaptarse. Entendiendo, eso sí, que esta no es una situación normal: “El problema es que las emergencias no son situaciones normales y no permiten el desarrollo de una labor en remoto con las garantías necesarias para que las personas que lo desempeñan sean productivas. Para que funcione, debe planificarse y gestionarse adecuadamente. Esto no está pasando en la actual situación, donde además los trabajadores se encuentran con los niños en casa (lo que dificultará sus posibilidades de concentrarse y mantener el ritmo de trabajo normal). Y todo esto puede llevar a unos malos resultados generalizados al implantar un teletrabajo de emergencia”, remarca Ignacio Rodríguez, de la Asociación Mundial de Teletrabajo.

Más allá de la experiencia de estos días, este ensayo general de teletrabajo, sí llevará a muchas empresas a entender los beneficios del mismo, tanto a nivel de equipo (conciliación y beneficios para los trabajadores), como de costes y reducción de la contaminación (hay quien apunta a que este también podría ser un ensayo de lo que puede ser el proceso de descarbonización señalado en la COP21 de París). Pero, cada empresa deberá adaptarlo a sus necesidades y formar a sus directivos y empleados para asumir ciertas compatibilidades y aptitudes: nuevas funciones como el liderazgo virtual, planificación y gestión de tareas, el establecimiento de prioridades y fechas de entrega, control del rendimiento laboral, realización de reuniones virtuales que mantengan el contacto humano y la motivación entre el equipo… Aunque seguramente, después de este confinamiento, más de uno tiene un máster en encuentros virtuales y plataformas de trabajo colaborativo.

Teleformación

“Estamos ante el mayor curso de formación de la historia. Miles de millones de personas se están formando intensivamente en el uso de la tecnología. La tecnología es la herramienta transformadora de gran espectro con mayor capacidad de reacción que existe, es una herramienta horizontal que permite gestionar dinámicamente y en tiempo real la complejidad cambiante”. Esta visión de Carlos Barrabés, fundador de la tienda online de material deportivo de montaña, define muy bien, en términos generales, lo que ha provocado la crisis sanitaria del coronavirus.

Pero, bajado a la educación primaria y secundaria, la cosa cambia un poco y las escuelas se encuentran con varios problemas: no cuentan con la tecnología necesaria, los programas educativos no están digitalizados y los profesores no tienen formación en habilidades necesarias para impartir educación a distancia, por lo que han tenido que multiplicar sus jornadas de trabajo para transformar sus clases al nuevo formato.

Pero el mayor problema está al otro lado, en los alumnos y sus familias y en el riesgo de que esta nueva situación amplíe la brecha entre estudiantes, ya que no todas las casas cuentan con un ordenador, conexión fija a internet o impresora. Según datos del INE del año pasado, el 80,9% de los hogares con al menos un miembro de 16 a 74 años dispone de algún tipo de ordenador, lo que es insuficiente cuando los padres tienen que teletrabajar y en la vivienda reside más de un niño en edad escolar, puesto que todos requieren de uno para poder hacer sus deberes. En lo relativo a la conexión a internet, si bien el 91,4% de los hogares españoles tiene acceso a la red, lo cierto es que un 15% solo tiene internet en los móviles, sin conexión fija, según indica un informe elaborado por Deloitte. Por otro lado, un 42% de las familias que ingresan menos de 900 euros al mes no tiene ordenador en casa y un 22% no tiene acceso a internet, según el informe PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Dejando a un lado los factores económicos (y las recomendaciones de los expertos de que la formación a distancia es más factible a partir de los 11 años, por el nivel de autonomía que ya se suele tener a estas edades), sí es cierto que son muchos los colegios que ya están introduciendo la tecnología en sus aulas, universidades que se decantan por ofrecer parte de (o todo) su catálogo online y muchos más estudiantes los que optan por este modelo para estudios post-universitarios y formación continua, ya que es más fácil de combinar con sus obligaciones laborales.

Si una ventaja tiene la formación online es precisamente esa, la flexibilidad para escoger el sitio y el momento. Pero no es la única. La personalización, característica de la educación del futuro, también resulta mucho más fácil en una educación a distancia, donde el estudiante puede escoger el material o el orden de trabajo que más le interese. E incluso, el aprendizaje práctico y colaborativo, no solo con el resto de la clase, sino con cualquier otro alumno o persona del mundo (¿no sería interesante, por ejemplo, integrar en las aulas la práctica del colegio en Brasil que conectaba a sus alumnos con gente mayor de una residencia en el Reino Unido para que practicaran inglés mientras los ancianos se sentían un poco más acompañados?). Y, por supuesto, si algo permite la educación a través de la tecnología es la gamificación que, nos guste o no, es un aporte muy bueno para motivar a los alumnos.

Telemedicina

El concepto de telemedicina no es algo nuevo. La Organización Mundial de la Salud ya la definía en 1998 como “la prestación de servicios de salud (en los que la distancia es un factor determinante) por parte de profesionales sanitarios a través de la utilización de tecnologías de la información y la comunicación para el intercambio de información válida para el diagnóstico, el tratamiento, la prevención de enfermedades, la investigación y la evaluación y para la formación continuada de profesionales sanitarios, todo ello con el objetivo final de mejorar la salud de la población y de las comunidades”. Pero incluso antes ya se habían dado algunas experiencias, como la de la Clínica Mayo de Estados Unidos, que en 1995 puso en marcha una conexión permanente con el Hospital Real de Ammán en Jordania, realizando consultas diarias, como si de una sesión clínica del hospital se tratase. Aunque, probablemente, el momento más espectacular se dio en 2001, en la primera intervención quirúrgica transatlántica realizada por un cirujano manipulando, desde Nueva York, el brazo de un robot situado en un quirófano de Estrasburgo, para extraer la vesícula biliar de una paciente de 68 años que fue dada de alta a los dos días de la operación.

No obstante, lo que va a impulsar esta crisis sanitaria quizás no es ese tipo de telemedicina quirúrgica (que requiere una gran inversión), pero seguro que sí la atención primaria y de ciertos especialistas. Y ya lo ha hecho durante la pandemia, cuando la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (Semfyc) ha desplegado una app telemática para favorecer el contacto entre pacientes y médicos. “Nos pensábamos que nos iban a llamar mucho por el coronavirus y resulta que la mayoría de preguntas son de pacientes crónicos que no saben qué hacer con su problema de salud. Por ejemplo, un diabético que teme las consecuencias de no poder ir a pasear o engordar”, explica Salvador Tranche, su presidente en unas declaraciones a El País. Añade que “esto nos está obligando a trabajar mirando la cara al paciente, a hacer una buena historia clínica, a dar una atención más humana. Y también vemos que la telemedicina puede ser una solución porque algunos pacientes pueden beneficiarse de no venir a la consulta”.

Aunque el contacto directo entre médico y paciente es necesario, no hay que visitar al doctor para todo. Es en este contexto que la telemedicina se convierte en un instrumento clave para hacer una sanidad más sostenible, ya que permitirá ahorrar costes, incrementar la eficiencia a nivel asistencial, evitar el colapso de los centros sanitarios y mejorar la prestación sanitaria en regiones consideradas inaccesibles o de difícil acceso, sobre todo de especialistas que no todos los centros pueden permitirse tener en plantilla el 100% de su tiempo.

Telecontrol

La tecnología aplicada a la medicina también se ha llevado al mundo de las aplicaciones. Ya hace tiempo que encontramos en cualquier móvil apps para contar los pasos, medir el pulso, etc. Y ahora, para ayudar a los usuarios a evaluar su situación de salud en función de sus síntomas, algunas comunidades han lanzado aplicaciones que permiten ese control, pero que también solicitan permisos de geolocalización para, supuestamente, ofrecer las mejores medidas preventivas y de evaluación. No son las únicas, en muchos países afectados por el coronavirus se han utilizado herramientas que detectan posibles contagiados e incluso que advierten a los ciudadanos de la proximidad de personas infectadas.

Pero, ¿qué pasará cuando acabe la epidemia? ¿Podemos llegar a normalizar el despliegue de instrumentos de vigilancia masiva que dé información sobre nuestra temperatura o nuestra presión sanguínea? Como recuerda el historiador y filósofo Yuval Noah Harari, “resulta crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos como la fiebre y la tos. La misma tecnología que identifica la tos podría también identificar las risas. Si las empresas y los gobiernos empiezan a recopilar datos biométricos en masa, pueden llegar a conocernos mucho mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos, y entonces no solo serán capaces de predecir nuestros sentimientos sino también manipularlos y vendernos lo que quieran, ya sea un producto o un político”.

Así que la crisis sanitaria del coronavirus no solo está impulsando una “televida” que, en algunos casos, nos puede facilitar el trabajo desde casa, la educación a distancia o el acceso a los mejores médicos allí donde se encuentren, sino que puede ser el punto de inflexión en la batalla por nuestra intimidad. ¿Permitiremos que la tecnología invada nuestra privacidad o lucharemos para convertirla en un instrumento que se ponga al servicio de las personas y el desarrollo de una sociedad mejor?