La contienda por el liderazgo tecnológico mundial en la era de la inteligencia artificial está en juego.

Texto de Josep Lladós, profesor de Economía en la Universitat Oberta de Catalunya

Cualquier estudiante avispado de un curso introductorio en Economía Internacional sabría explicar los efectos perniciosos del proteccionismo en el bienestar económico de una sociedad. A cambio de un socorro temporal y artificial a las empresas localizadas en un país, sus consumidores salen damnificados por la escalada arancelaria emprendida por los gobernantes.

También nos aclararía que la intensidad de los efectos nocivos del arancel es distinta en función de la dimensión de quien lo aplica. Las economías que representan una porción apreciable de la demanda global de un producto tienen mayor licencia para emprender veleidades proteccionistas, ya que pueden inducir a cambios de comportamiento favorables en los competidores a fin de no ver dañado su acceso a un mercado relevante. Un argumento que justificaría por qué Estados Unidos tiene más margen de actuación para emprender sus veleidades proteccionistas que muchos de sus socios comerciales.

Si el estudiante está matriculado en un curso más avanzado también nos comentaría que vivimos en un período de gran fragmentación internacional de la producción, el comercio y las inversiones. Es la era de las llamadas cadenas globales de valor, resultado de una constante reestructuración internacional de las actividades empresariales, sustentada en su descentralización, externalización y subcontratación. Significativamente, una parte apreciable del comercio internacional está protagonizado por el intercambio de productos intermedios entre los componentes de grupos multinacionales o con sus proveedores exclusivos.

En este contexto, el conflicto comercial sinoamericano emergería como la estrategia absurda del que se dispara al pie antes de llegar a meta, dado que los intereses económicos de las empresas que lideran el comercio internacional están profusamente distribuidos a lo largo del planeta. Los promotores de este proteccionismo a la carta parecerían no comprender muy bien los mecanismos económicos de interdependencia y transmisión internacional. El 15% del valor de las exportaciones norteamericanas depende de recursos procedentes del exterior, principalmente de los socios comerciales del NAFTA y China. Una cuarta parte de lo que Estados Unidos exporta se convierte en recursos para las exportaciones de estos mismos países y anualmente un 2% del PIB norteamericano se nutre de los ingresos resultantes de su inversión directa exterior. Por su parte, una tercera parte del valor de las exportaciones chinas depende de recursos procedentes del exterior, principalmente de Japón, Estados Unidos y Corea. Demasiado en juego, pues, para emprender rancios experimentos gaseosos…

Tal vez comprenderíamos mejor el envite neoproteccionista si a la voluntad de obtener mejores condiciones para la exportación en industrias maduras y reducir los déficits bilaterales con sus principales socios comerciales, complementásemos el análisis con un vistazo al desafío tecnológico asociado a la Revolución 4.0. La agenda Made in China 2025 y la Iniciativa por la nueva Ruta de la Seda preocupan mucho en Washington. La contienda por el liderazgo tecnológico mundial en la era de la inteligencia artificial está en juego. Y China avanza a pasos agigantados. Fastidian en la administración Trump los equívocos requerimientos de transferencia tecnológica que acompañan los acuerdos de joint venture firmados por empresas norteamericanas para operar en China. Nada tienen que ver con el déficit exterior norteamericano, ya que sirven para la producción y comercialización en el mercado interno, pero se sospecha de su utilidad estratégica en el proceso acelerado de imitación y convergencia tecnológica. La amenaza fantasma se plasma y cristaliza en hechos concretos cuando se observan los avances veloces del gigante asiático para robotizar apresuradamente su industria, mejorar su calidad y aumentar su productividad. Por cada nuevo robot que aparece en las plantas industriales norteamericanas, cuatro empiezan a operar en el delta de los ríos Perla y Yangtzé o la Bahía de Bohai.

Más preocupa el empeño por crear campeones nacionales en el mercado de semiconductores, donde reside la mayor ventaja competitiva norteamericana y la principal dependencia comercial china. El control estratégico de la producción de chips es crucial en un mundo en que la industria de la comunicación, la defensa, las finanzas o el transporte dependerán críticamente de máquinas complejas, integradas por estos componentes electrónicos.

Probablemente no será en las connotaciones bélicas del acero azul donde encontraremos la esencia de la rivalidad comercial entre los colosos económicos sino en las propiedades conductoras o aislantes de unos pequeños materiales de los que están hechos algunos sueños.