La inteligencia artificial, que aumentará el PIB mundial en 15,7 billones de dólares para 2030, permite imaginar un futuro tanto bueno como malo, según Núria Oliver.

Texto de Marta Burgués

Su currículum es extenso. Ingeniera superior de Telecomunicaciones por la UPM, cuenta con más de 20 años de experiencia investigadora en el Massachusetts Institute of Technology MIT, Microsoft Research (Redmond, WA) y es primera directora científica mujer en Telefónica I+D (Barcelona). Nombrada una de las 11 personas más influyentes de inteligencia artificial en el mundo por Pioneering Minds (2017), es también co-inventora de 40 patentes.

Tras años investigando en Estados Unidos (donde a mediados de los 90, se adelantó a nuestro tiempo creando sistemas inteligentes perceptuales que se usaban para captar los comportamientos humanos), es una suerte que la tengamos aquí, inmersa como está en diversos proyectos, todos ellos centrados en el modelado computacional del comportamiento humano, la interacción persona-maquina, la informática móvil y el análisis de Big Data, especialmente para el Bien Social. “Siempre me había atraído la figura de un inventor que aporta algo nuevo y cuando descubrí las telecomunicaciones me di cuenta del poder de la tecnología para mejorar la sociedad”.

Precisamente, ahora, como directora mundial de Investigación en Ciencias de Datos en Vodafone, lidera proyectos de IA en África y otros países sobre salud pública, “para ayudar en la erradicación de enfermedades infecciosas como puede ser la malaria o bien para fomentar la inclusión financiera”.

IA no son robots, son algoritmos

Normalmente, asociamos la inteligencia artificial a los robots, y sí, pero realmente hablamos de algoritmos y máquinas. Nuria explica que convivimos con la IA, cuando buscamos en Google, en medicina de precisión, para crear el futuro de las smart cities… “No podemos interpretar el ADN sin utilizar la IA. De manera que la expectativa no va a ser tanto que haya una delegación completa en algoritmos de todas las profesiones, sino que va a ser una visión más sinérgica, es decir, el aumento de la inteligencia humana”. Además, subraya que necesitamos técnicas de IA para poder entender los datos y hacer algo útil con ellos, “si no es basura digital, no sirve para nada”.

Aunque comenta que hay muchos ejemplos donde se demuestra que la inteligencia artificial tiene capacidades superiores al humano, la investigadora tiene claro que no es un modelo de sustitución del humano, si no de complementación. “El ser humano tiene otras habilidades que el algoritmo no alcanza”, afirma.

 ¿Tecnología ética y transparente?

Según Nuria Oliver, la IA cumple una serie de características que la hacen muy poderosa: “es transversal porque está en todos los ámbitos de la sociedad; es invisible, pues son programas de software; es escalable, y tiene un impacto en un conjunto de la población rápidamente”. De ahí que permita escenarios impensables, tanto malos como buenos. Como dato, la consultora PwC predice que en 2030 la inteligencia artificial provocará un incremento adicional de 15,7 billones de dólares del PIB mundial.

Ante este panorama, es vital diseñar una tecnología ética. Nuria habla de cinco dimensiones o principios éticos en el acrónimo inglés FATEN, haciendo referencia a la justicia (F de fairness, solidaridad y cooperación); la atribución de responsabilidad, asimetría y aumento de la inteligencia (A de accountability, autonomy y de asymmetry); “como decíamos, aumentar la inteligencia humana, no sustituirla”, la transparencia (T de transparency); beneficiencia y la educación, contribuyendo al progreso con sostenibilidad y diversidad (E de bEneficence y de education); y la no-maleficencia, preservando la privacidad, con seguridad, veracidad, fiabilidad y prudencia.

Nuria incide especialmente en la educación, pues realiza una importante labor de divulgación científico-tecnológica. “Llevo años pidiendo que se incorpore una asignatura de pensamiento computacional en las escuelas, que no es lo mismo que tener una Tablet en el aula sino enseñar algoritmos, programación, hardware, datos y redes”. Comenta que cualquier niño o adolescente del siglo XXI debería ser competente en estas cuestiones, “pero utilizamos tecnologías sin saber cómo funcionan”. A la vez, explica que, esto debe ir acompañado de desarrollar habilidades como la creatividad y la inteligencia social y emocional “o cómo mantener la atención en una única tarea, saber trabajar con interrupciones, aprender a no estar conectados y a lidiar con el cambio”. Es algo que le preocupa, pues “no estamos dotando a las nuevas generaciones de las herramientas ni de las habilidades que se necesitan”. Según ella, esto es porque el sistema tecnológico va una velocidad, pero los marcos legales y educativos, a otra.

la eterna brecha de género

Nuria Oliver se convirtió, a finales de 2018, en la cuarta mujer que recibía la medalla de ingreso a la Real Academia de Ingeniería, formada por 60 miembros. Algo que todavía sorprende, pues reconoce, a su pesar, que, aunque parece que hay más mujeres en las carreras tecnológicas, la realidad no es así: “La tasa de mujeres en informática e ingenierías ha descendido desde mediados de los años 80, de casi un 40% de chicas que estudiaban estas carreras a porcentajes entre un 10 y un 20% hoy”. Para ella, el problema se centra en que “si realmente se enseñara pensamiento computacional como algo natural desde primaria, como enseñamos a leer, nadie pensaría que saber de datos es para uno uu otro sexo; todos los aprenderían por igual”.