Las mujeres están haciendo la revolución silenciosa más grande de la historia. Pero a costa de su salud física y psíquica, y del equilibrio en sus vidas.

Texto de Anna Mercadé, presidenta de la asociación 50a50 (www.50a50.org).

Las mujeres somos agentes de cambio y sin ruidos transformamos los lugares de trabajo, las familias, la sociedad, y humanizamos las empresas y las organizaciones. Sin embargo, nos dejamos la piel. A veces olvidándonos de que el tiempo, y a lo que lo dedicamos, es el valor más importante en nuestras vidas.

A mi amiga Laia, licenciada, máster MBA internacional y con cuatro idiomas y diversas estancias en el extranjero, le costó muchos años llegar a la dirección del departamento internacional de su empresa. Le reconocían sus competencias basadas en su inteligencia emocional (habilidades personales, empatía, etc.). Humanizaba el entorno masculino que dirigía. El cargo le obligaba a una gran disponibilidad y a viajar constantemente. Casada y con 39 años, decidió ser madre antes de que el reloj biológico se le parara. Sin embargo, la naturaleza es muy tozuda y le fue muy difícil conseguirlo. Le costó tres años de tratamientos. Finalmente llegaron gemelos… pero el desgaste físico y psíquico, la presión del cargo durante esos años y la maternidad doble le pasó factura. Sumando los gastos que suponían dos guarderías y los canguros para complementar los horarios escolares y las dilatadas vacaciones infantiles, decidió pedir una excedencia de dos años. A su vuelta, la empresa le propuso un traslado de país. Ante la negativa de su marido, que o no podía o no estaba dispuesto a seguirla, le recomendaron aceptar una indemnización y dejar su lugar de trabajo a otra persona.

“Cuando estás dedicando todo el tiempo y la energía a tu carrera profesional para hacerlo mejor que nadie (porque así se nos exige a las mujeres), recibiendo críticas de todo tipo sobre tu forma de dirigir, tu humor, tu físico o tu vestuario (solo porque eres mujer), incluso soportando actitudes machistas… no caes en la cuenta de que los tiempos solo pasan para ti pero no para los hombres –me dijo Laia la última vez que la vi–. Te olvidas de quién eres, de la vida y de vivir, y por tanto de cuidar a los que más quieres”. Hoy Laia todavía no ha encontrado trabajo y por ello su autoestima se va desgastando, junto con su capacidad económica y su futura pensión. Hoy ya es una dependiente económica. Como ella, miles de mujeres pasan por las mismas circunstancias y vuelven a repetir los mismos procesos y las mismas angustias.

Pérdida de talento

Pero las mujeres en estos últimos 40 años se han puesto las pilas. Se han preparado (hay un 60% de licenciadas frente al 40% de hombres que acaban una carrera), tienen los mejores expedientes académicos y han desarrollado sus capacidades de dirección, como la empatía y la comunicación, y la capacidad de negociación y de motivar equipos. Ahora ellas quieren realizarse en sus carreras profesionales, ser independientes económicamente y tener un futuro de igualdad y equidad para ellas y para sus hijas. Lo están demostrando día a día. Sin embargo, se enfrentan a múltiples obstáculos que son consecuencia del poder masculino. El análisis está bien marcado en multitud de estudios: brecha salarial, techo de cristal, menos presencia en las organizaciones económicas y sociales, pensiones inferiores en un 33%, aplazamiento peligroso de la maternidad, costes económicos, emocionales, físicos y psíquicos de la maternidad que son cargados siempre por ellas…

Por ello, seguimos perdiendo una tercera parte del talento femenino, que sólo en Catalunya significa más de 1.000 millones de euros al año. Sí: una tercera parte de mujeres abandonan el mercado laboral por no poder equilibrar sus vidas privadas y laborales y porque ni los hombres ni la sociedad asumen la parte de responsabilidad que les tocaría.

Sin poder conciliar

La organización de los trabajos, de los tiempos y de los espacios es lo que básicamente conforma una sociedad. Sin apenas darnos cuenta seguimos horarios preestablecidos y organizamos nuestros tiempos (horas, días, años) sin apercibirnos de que el tiempo es precisamente lo más esencial. Cómo y en qué dedicamos el tiempo a lo largo de nuestras vidas es la clave fundamental de nuestra propia historia.

La sociedad actual es heredera de la sociedad patriarcal organizada en clave masculina, según el ciclo de vida masculino y su propia visión de la vida y del mundo. La educación, los valores y la norma imperante es sólo consecuencia de esta visión masculina. La vara de medir es siempre la masculina, tanto en el trabajo como en la sociedad. La norma y el poder está escrito en masculino y las mujeres somos meras subalternas.

En los últimos años hemos avanzado mucho, pero ha sido poco comparado con el avance tecnológico, físico y científico que hemos hecho como humanidad. Hemos conseguido transformaciones tecnológicas y avances científicos impensables tan sólo hace diez o quince años. Por ejemplo, podemos mantener reuniones a través de teleconferencia, sin necesidad de desplazarnos. Pero estos avances ¿han repercutido favorablemente en una mejora de la calidad de nuestras vidas? Es evidente que hemos progresado y que estamos en el mejor momento de la historia, pero en cambio no hemos transformado las estructuras patriarcales suficientemente como para sentar las bases de una sociedad del bien común, de la igualdad, del amor y de la felicidad para todas las personas de este planeta.

Las empresas, las organizaciones y sus centros de poder, o sea de dirección y de mando, siguen arrastrando los mismos vicios y las mismas malas praxis de siempre, a causa de una cultura empresarial y organizacional jerárquica, que prima la presencia, la disponibilidad y la movilidad antes que el cumplimiento de objetivos.

Muchas mujeres profesionales y muy bien formadas, hartas de no poder conciliar, se han lanzado a crear pequeñas empresas de servicios para crearse un puesto de trabajo y / o para así conciliar mejor. Ahora no tienen horarios, sus salarios no son mejores y de autónomas sus pensiones serán precarias. Yo me pregunto: ¿Ha aumentado su calidad de vida cuando por regla general continúan teniendo las mismas responsabilidades familiares y maternales? ¿Cómo encaja la competitividad feroz que hoy determina nuestro sistema empresarial y organizacional, eminentemente masculino, con los deseos de una sociedad más libre, eco sostenible, serena, equilibrada y feliz?

El gran reto

El gran problema de fondo es que no hemos cambiado ni transformado las estructuras básicas de la sociedad patriarcal, con lo cual la división de roles según el sexo sigue igual que hace cien años, y hoy en el estado español todavía llevamos un retraso de 30 años en cuanto a cambio cultural se refiere. No hemos adaptado ni los horarios, ni los servicios, ni las estructuras de la sociedad al hecho de que los trabajos productivos de bienes y servicios y la reproducción, los cuidados de las personas, sean responsabilidades de la sociedad y deban ser compartidas en igualdad de condiciones entre los padres y las madres. Este hecho tiene como consecuencia un alto coste económico político y social para las futuras generaciones.

Hace 100 años, las sufragistas tuvieron que ir a la cárcel, sufrir vejaciones e incluso morir para conseguir el derecho al voto. Más tarde nuestras abuelas y nuestras madres tuvieron que luchar si querían estudiar, trabajar y ser independientes económicamente y entrar en todos los oficios. Ahora, aunque tengamos una ley de igualdad, nos toca seguir luchando para hacerla realidad, ponerla en práctica y conseguir una sociedad más justa, democrática y paritaria, donde las responsabilidades y los deberes sean compartidos y la maternidad no sea penalizada. Y no sólo por justicia, que también, sino sobre todo por el bien de la sociedad.

Las mujeres tienen el derecho inalienable a realizarse profesionalmente y a que la responsabilidad materno-paternal sea compartida. Los países nórdicos avanzan sin parar hacia unas sociedades democráticas y equilibradas entre los trabajos productivos y reproductivos. Los horarios, las guarderías gratuitas, los servicios a la tercera edad y las ayudas a las familias y a los hijos/hijas que nacen son algunas de las conquistas de las mujeres. Ahora tienen como reto la igualdad salarial y la paridad. Algunos lo están consiguiendo pues siempre están a la cabeza de los índices de igualdad.

En Catalunya el Índice de Igualdad de Género de la Cambra de Comerç de Barcelona nos demuestra que todavía estamos a la cola de los países europeos.

Nuestra Ley de Igualdad 7/14 dista mucho de cumplirse ni tan solo en la administración, ni en las empresas públicas, ni en los gobiernos.

Los presupuestos todavía no marcan como prioridad las necesidades urgentes que tenemos el 51% de la población, las mujeres, y que se refieren al bienestar de la población: viviendas asequibles, escuelas de 0 a 3 años gratuitas, horarios europeos, vacaciones escolares y horarios escolares de acuerdo con los horarios laborales, ayudas a las familias, etc.

Las Naciones Unidas han marcado el camino en su Agenda 2030 de los Objetivos de Sostenibilidad, que no se podrán alcanzar si no cumplimos el número 5, que es conseguir que el 50% de mujeres estén en todos los centros de decisión.

La sociedad democrática es la del 50a50. Hasta que no haya el 50% de mujeres en todos los centros de decisión, en todas las direcciones de las empresas, en la política, en los gobiernos, en las administraciones, no avanzaremos definitivamente en el cambio de las estructuras patriarcales que residen en la economía, en la sociedad y sobre todo en nuestras mentes.

Este es el gran reto: organizar la sociedad para el bien común. Por ello, más de doscientas profesionales preparadas, decididas, valientes y hermanadas se han constituido alrededor del lobby 50a50, para dar un empuje a los ODS y a la transformación de nuestra sociedad.