Vivir fuera tiene sus recompensas. Es una forma de innovar en lo personal. ¿Por qué no ver ese cambio como una oportunidad?

Autora:  Mercedes Segura Amat es la escritora de ¡Me voy! Todo lo bueno de vivir fuera, para los que se van y… para los que se quedan

Si hay algo que nos une a todos los expatriados cada vez que volvemos a casa por vacaciones es la sensación de que los que nos reciben –los que viven aquí, nuestros familiares y amigos– más que darnos la bienvenida lo que hacen es compadecernos. Mucha gente en nuestro país sigue viendo el irse a vivir fuera por razones laborales como algo negativo, como algo a evitar si es posible.

Aunque la actitud de los jóvenes es más abierta y predispuesta al cambio y, por tanto, también a la movilidad geográfica, las cifras nos muestran que aún hay espacio para el crecimiento en este campo. En general, en la UE tan sólo el 3% de los ciudadanos reside en otro país comunitario. Y en concreto en España, la predisposición a trasladarse por razones laborales también es muy baja. La mayoría de la gente prefiere no moverse. No cambiar, no ya de país sino de ciudad.

El informe anual de Infojobs sobre nuestro mercado laboral indica que sólo el 33% de los candidatos muestra voluntad para cambiar de residencia por un empleo. Cruzando estos datos con los que realmente se inscriben a vacantes fuera de su comunidad autónoma, el porcentaje baja al 29%: hay una diferencia notable entre la intención y la realidad. Luego, no es que los españoles no quieran irse fuera, es que ni siquiera están dispuestos a cambiar de comunidad autónoma. El irse fuera tiene mala prensa. Incluso entre los más jóvenes, pues el 25% considera la emigración como un último recurso y un 32% emigraría solo en caso de necesidad.

Expatriación y experiencias

Es cierto que los cambios cuestan y pueden dar miedo. Es cierto que los comienzos entrañan dificultades, y en cada cambio de ciudad y de trabajo habrá un inicio que exigirá un esfuerzo adicional. En la fase inicial habrá sacrificios, desencuentros y añoranza. Pero la propia experiencia y la de muchos otros expatriados confirma que tras el desconocimiento viene la información y que después de la búsqueda y los errores aparece la rutina con la que se sentirse a gusto. Y como el esfuerzo es grande, la recompensa –esto es, la satisfacción personal de conseguir ser feliz fuera – también lo es.

Dentro de los aspectos positivos de la movilidad geográfica, el más inmediato como consecuencia de la expatriación es el enriquecimiento personal al conocer otras culturas. Sobre lo que supone la integración hay mucha literatura, y existe mucha documentación específica para cada entorno cultural que puede resultar de gran utilidad en cada caso. Sin embargo, se ha escrito poco de un aspecto más subjetivo de vivir fuera y, para mí, el mayor atractivo de esta vivencia: la intensidad con la que se percibe el paso del tiempo.

Cuando se vive fuera la percepción de que todo es temporal se hace mucho más presente y eso empuja a disfrutar de cada momento. Nada más llegar se experimenta el llamado “síndrome del turista”. El primer año uno quiere verlo todo porque no sabe cuánto tiempo durará la experiencia, y acaba sabiendo más del lugar que los propios nativos. Después, los años vividos fuera se pueden recordar fácilmente. Hay tantos cambios, tantos acontecimientos nuevos, lugares y personas diferentes conocidos que uno puede fácilmente situar las fechas en el calendario.

Los filósofos del tiempo tienen una explicación para eso. La percepción del tiempo es elástica, no guarda relación con las horas y los minutos, sino con la intensidad de las vivencias. Cuando realizamos algo novedoso, el tiempo vuela, y por el contrario el tiempo pasa más lentamente cuando nos aburrimos o realizamos tareas repetitivas. Por eso, todo lo nuevo y estimulante del vivir fuera puede proporcionarnos mucha alegría y bienestar.

Y de esta intensidad, lo más mágico es la vivencia de la amistad. Las amistades en el extranjero se forjan de forma mucho más rápida. Como no hay familia con la que comer los domingos, ni amigos íntimos a los que llamar, los nuevos amigos se convierten pronto en íntimos y en familia a la vez.

Vivir fuera tiene sus recompensas. Es una forma de innovar en lo personal. ¿Por qué no ver ese cambio como una oportunidad?