Un mundo de posibilidades para la inclusión financiera de las personas con bajos ingresos.

Texto de Víctor J. Fuente y Javier Linares, consultores asociados de BFA (Bankable Frontier Associates, https://bfaglobal.com/)

Kibera es uno de los slums (barrio de chabolas) de Nairobi donde habitan más de un millón de personas en condiciones precarias, y constituye la mayor barriada pobre de Kenia y la segunda más grande de África.

Allí vive Míriam, una mujer de cuarenta y pocos años que administra una duka (pequeña tienda en suajili). Trabaja siete días a la semana, más de 15 horas al día, en un estrecho kiosco improvisado sin espacio apenas para sentarse, con techos de hojalata y una pequeña ventana para atender a sus clientes.

Míriam es muy activa realizando cientos de transacciones al día con sus clientes y proveedores. Se levanta a las 5 de la mañana para abrir su tienda y vender leche, pan y mandazis (una especie de pan frito muy popular) a sus clientes que se dirigen a su trabajo.

La mayoría de sus ventas son de bajo volumen, y muchas de ellas “partiendo a granel”, es decir, unidades individuales de artículos preenvasados, como pañales individuales, 50 gramos de café, 20 ml de champú o un simple cigarrillo. La tienda de Míriam es la despensa de los vecinos que viven a su alrededor. Por lo general son familias de bajos ingresos, quienes, en lugar de almacenar estos productos en el hogar, aprovechan la proximidad de la tienda para comprar lo que necesitan en cantidades de bolsita, como 50 gramos de detergente para lavar la ropa una única vez o una porción de harina de maíz para preparar el ugali del día, uno de los alimentos básicos de la zona.

Una tienda bien surtida significa tener una variedad de productos que incluyen bebidas, alimentos, productos de limpieza y dulces. También significa llevar artículos que se entregan con menos frecuencia, como pasta de dientes, champú, analgésicos y útiles escolares, como lápices, cuadernos y ejercicios de matemáticas.

Aproximadamente el 80% de los ingresos de la tienda es generado por el 15% de los productos, que son productos básicos de bajo margen: productos lácteos, aceite, pan, arroz, azúcar, harina, detergentes y refrescos. Estos productos salen del estante rápidamente y debe mantenerlos almacenados o corre el riesgo de perder clientes ya que pueden encontrar tiendas similares y con los mismos productos y precios a tan sólo 10 metros de la tienda de Míriam. Para mantener la fidelidad, incluso acepta ventas a crédito sin ningún tipo de contabilidad formal ni registro verificable.

Durante las horas del día, normalmente menos ocupadas, Míriam vuelve a abastecerse y organizar la tienda para cuando sus clientes regresen a casa por la noche. Es en esas horas del día cuando una variedad de proveedores, incluidos fabricantes, mayoristas, distribuidores en tuktuk o vendedores ambulantes al azar pasan por la tienda.

Sin embargo, no siempre puede mantener sus estantes abastecidos. El pago de otras necesidades básicas, como la matrícula de la escuela de su hijo, o el doctor de su bebé recién nacido, hace que no pueda disponer del dinero suficiente para la tienda. Esta situación, acrecentada por la ausencia de un control sobre el rendimiento económico de su negocio hace que sus flujos de efectivo sufran altibajos.

El crédito podría ayudarla a financiarse y mantener un inventario suficiente para satisfacer la demanda y mantener su tienda en funcionamiento. Sin embargo sus necesidades financieras no son atendidas por los bancos tradicionales.

Asociaciones de ahorro y crédito

Para paliar los altibajos de su flujo de efectivo, Míriam se unió recientemente a una AACA (Asociación de Ahorro y Crédito Acumulativo) donde tiene la esperanza de pedir prestado después de participar en ella por unos meses. Estas asociaciones, al igual que las AACR (Asociación de Ahorro y Crédito Rotativo), son fundamentales para la subsistencia de las personas de bajos ingresos.

En ambos casos se trata de grupos informales de personas en la que los miembros, generalmente mujeres, acuerdan reunirse durante un periodo de tiempo definido, con el fin de ahorrar y tomar prestado juntos sin que medie ninguna institución financiera entre ellos.

En estas reuniones regulares o rondas, cada uno debe contribuir con una suma de dinero preestablecida a un fondo común, el cual, en el caso de las rotativas (AACR), se entrega a uno de los participantes, sin que esto le exima de seguir contribuyendo en las próximas rondas. Una vez concluidas todas las rondas necesarias para que todos se beneficien de este fondo común, el grupo decide volver o no a repetir la experiencia. Suelen durar unos pocos meses siendo el número de participantes no muy alto. De esta forma se reduce el tamaño de la pérdida en el caso de que alguien reciba el fondo y no continúe aportando, así como el tiempo de espera para poder beneficiarse de estos ahorros compartidos.

Estas asociaciones no están reguladas, ni requieren conocer historiales crediticios o documentos que identifiquen a las personas, algo de lo que, por otra parte, muchos carecen y son condicionantes para el acceso a la banca tradicional. Tampoco requieren verificaciones en listas de impagados ni hay un tercero que se beneficia de la gestión del fondo.

Están basadas en las personas, en las relaciones entre ellas, en la confianza y la transparencia, y en su simplicidad de gestión. Recoger los ahorros de todos y entregarlos a uno de ellos, manteniendo así el dinero siempre activo. Estas asociaciones se adaptan muy bien en comunidades donde la alfabetización es escasa, generando gran solidaridad de grupo y capital social.

Las asociaciones de crédito y ahorro acumulativas (AACA) también son grupos informales de microfinanzas en los que cada miembro aporta lo que buenamente puede a un fondo común que es prestado con interés y según un tiempo preestablecido. A su conclusión, entre 6 y 12 meses, todos los préstamos son cobrados, y el fondo, más los beneficios acumulados, se distribuye entre los miembros según el capital invertido. Este modelo, más complejo de gestionar, requiere de ciertos órganos de gobierno, como la persona que gestiona el fondo y mantiene los registros, la separación de funciones como el conteo del dinero o la organización de las reuniones donde aprobar los préstamos.

Comercio informal y enorme

Sólo en las ciudades de África, hay más de 10 millones de tiendas informales que venden más de 180 mil millones de dólares cada año en bienes de consumo rápido (FMCG). A pesar de su importancia para las economías locales, estas tiendas habitualmente agotan sus productos, tienen acceso limitado a servicios financieros y carecen de herramientas de gestión empresarial adecuadas.

Una estimación de la Organización Internacional del Trabajo coloca hasta dos tercios del empleo no agrícola del África subsahariana en la economía informal.

Así pues, no es de extrañar que estos mercados informales africanos hayan comenzado a atraer la atención de inversores y economistas por igual.

Sokowatch, una startup keniana, en la que tuvimos la suerte de colaborar desde BFA, ha visto esta oportunidad de impactar en las comunidades africanas. Fundada en 2013, busca mejorar la vida de estos pequeños minoristas como Míriam, al conectarles con proveedores locales y multinacionales mediante la digitalización de pedidos, entregas y pagos.

A pesar de que al despliegue de teléfonos inteligentes en África aún le quede un largo trecho no sólo por costes sino de adopción cultural, no es así cuando hablamos de teléfonos móviles tradicionales, donde los ratios de penetración nada tienen que envidiar con los de países de la vieja Europa.

A través de una llamada de teléfono, mensajes SMS o una aplicación móvil, estos minoristas informales, piden productos en cualquier momento para recibir entregas gratuitas el mismo día en su tienda. Esto facilita que los comerciantes obtengan productos, evitando tener que cerrar la tienda para abastecerse, y ayuda a los fabricantes a que sus productos estén constantemente disponibles para los consumidores.

Pero más allá de resolver una problemática en la cadena de distribución, y aprovechando los datos históricos de compra, Sokowatch evalúa a sus ya clientes para proporcionarles la compra de productos a crédito… créditos que de otra forma no estarían disponibles para empresas informales, y que, al igual que ocurre cuando los comerciantes fían a sus consumidores finales, fidelizan y constituyen una base primordial para abordar una vida llena de altibajos económicos pero no falta de emprendimiento y deseo de mejorar.

Sokowatch opera en Kenia, Tanzania, Rwanda y Uganda y en los últimos dos años ha recibido una inversión de 4,5 millones de dólares con los que espera seguir transformando las comunidades en África acercándoles el acceso a bienes y servicios esenciales.

La revolución del dinero móvil

Si bien la penetración del móvil en África está siendo fundamental en el despliegue de estos servicios, este no es más que un pequeño ejemplo de la revolución que, un medio aparentemente centrado en la comunicación entre personas, está produciendo en aquellas de bajos ingresos, desbancarizadas e invisibles para las instituciones financieras.

La ausencia de barreras burocráticas para activar una línea de prepago, su adaptación a un mercado carente de ahorros y el ingenio como madre de la necesidad a la hora de acceder a un dispositivo, están siendo fundamentales para este despliegue vertiginoso del móvil, infinitamente menos complejo que el inexistente de la telefonía fija.

Los modelos de recarga de saldo móvil (como si de 50 gramos de producto se tratase) han sido rápidamente aceptados por quienes no conocen otra forma de vivir que vivir al día.

Esto, a su vez, ha generado una nueva fuente de ingresos para las tiendas informales que actúan como puntos de venta de tiempo-aire (recargas de saldo) para múltiples operadores  como M-Pesa (Safaricom), MTM, Airtel o Orange entre otros, que de esta forma han logrado una rápida expansión por buena parte del continente africano.

Y aquí es donde el coraje, padre de la necesidad, llega para transformar lo que en un inicio eran simples recargas de saldo, en un medio de envío y recepción de dinero, de ahorro y de acceso a microcréditos y servicios a los que, adecuándose al perfil de estos consumidores de bajos ingresos, nunca antes pudieron llegar a acceder.

Míriam, nuestra sufrida tendera, como muchos otros emigró del campo a la ciudad lejos de su familia. Varias veces al año cerraba su tienda y recorría largas distancias para llevarles los pocos ahorros que lograba reunir.

Hoy, lleva su efectivo a un agente de dinero móvil donde lo deposita como si de un banco se tratase, y cuando la necesidad apremia en su hogar natal le basta con enviar un USSD (código de texto muy similar a los SMS) al móvil de su hermana Lucy para que esta, al recibirlo, lo intercambie por efectivo acudiendo a su agente de dinero móvil más cercano.

Según el Banco Mundial, apenas hay 6 cajeros automáticos por 100.000 adultos. Un claro ejemplo de la problemática de inclusión financiera existente. Sin embargo, África cuenta con más de 1,4 millones de agentes de dinero móvil activos según el GSMA. Solo el pasado año, se realizaron más de 1.700 millones de transacciones y se digitalizaron 26.800 millones de dólares (el valor total de las transacciones de efectivo).

Un mundo de oportunidades

El éxito de los modelos de tiempo-aire (prepago de saldo) y la adopción del dinero móvil están provocando la aparición de modelos de paygo (“pay as you go” o prepago por servicios) en todos los sectores, como en el de la energía.

Con una cobertura eléctrica muy inferior a la del móvil, los paneles solares son una alternativa en pleno despliegue. Sin embargo su adquisición, inclusive a plazos, estaría fuera del alcance sin ese entendimiento de las posibilidades de sus potenciales clientes, sus necesidades y deseos de vivir en un mundo mejor.

Disponer de estos paneles en sus casas y prepagar el consumo a realizar, de un día, de dos o con suerte de una semana hasta llegar a pagarlos completamente, está siendo ofrecida por compañías como Zola Electric, PEG Africa o Off-Grid Electric entre muchas otras, demostrando de nuevo que la inclusión es posible.

En un mundo en el que 1.700 millones de personas siguen estando desbancarizadas (prácticamente una de cuatro personas que vivimos en él), aún nos queda mucho camino por recorrer.

Un camino lleno de oportunidades factibles de implantar para acercarse a un sector necesitado y que precisa de alternativas pragmáticas para subsistir.