Comparten intereses pero también son competidores en el nuevo orden económico del siglo XXI.

Autor: Jaume Giné Daví, Profesor de ESADE Law&business School

Los BRICS son un grupo de cinco grandes países emergentes constituido por China, India, Brasil, Rusia y Sudáfrica. Hoy son la 2ª, 6ª, 8ª, 12ª y 25ª economías mundiales en valor del PIB. Representan casi la mitad de la población y el 25% del PIB mundial. Su potencial de crecimiento, por su gran dimensión territorial y humana, es alto. Pero también es un grupo asimétrico y heterogéneo con intereses diversos. Todos afrontan los efectos del “America First” de Trump.

Un grupo muy heterogéneo

Sudáfrica acogió los días 25 y 26 de julio en Johannesburgo la 10ª Cumbre anual de los BRICS. El debate se centró en como sumar esfuerzos para afrontar las políticas monetarias y comerciales de Donald Trump que perjudican especialmente a cada uno de los cinco. China impulsa una cooperación financiera y económica internacional que contrapese la hegemonía de EEUU en el orden internacional. Pekín se va convirtiendo en una potencia financiera utilizando la Nueva Banca de Desarrollo BRICS (NBD) y el Banco Asiático de Desarrollo para las Infraestructuras (AIIB), dos instrumentos geopolíticos y financieros para canalizar las inversiones chinas en el exterior y favorecer la internacionalización del yuan, en detrimento del dólar, en las transacciones internacionales.

Pero el liderazgo de China dentro los BRICS provoca recelos entre un grupo heterogéneo donde coexisten intereses políticos y económicos diversos, a veces antagónicos. Las relaciones económicas son asimétricas y desequilibradas en favor del gigante chino que disfruta de un superávit comercial e inversor con los otros cuatro socios. Comparten posiciones comunes en algunos temas internacionales pero también se ven como competidores en el nuevo orden económico del siglo XXI. Brasil disfrutó gustosamente del maná chino fruto de sus exportaciones energéticas y agropecuarias pero vio su mercado inundado de productos manufacturados chinos a precios sin competencia. Rusia observa vigilante la creciente influencia china en las regiones de Siberia oriental. India mantiene una rivalidad estratégica en la región del Índico. Y África del Sur afronta la penetración de las empresas chinas en el continente africano. Aunque los cinco reafirmaron en Johannesburgo su apoyo al multilateralismo, todos siguen protegiendo, en mayor o menor medida, sus mercados internos con barreras principalmente no arancelarias.

El carácter asimétrico de los BRICS queda patente en su dispar situación económica. China desacelera pero crecerá un 6,5% en 2018. India, con un 7,5%, crece más. En cambio, Rusia, Brasil y Sudáfrica, lo harán solo un 1,7%, 1% y 0,7%. Pero a las disparidades económicas se les suman las políticas. Y en la próxima cumbre de 2019 veremos como el brasileño Jair Bolsonaro, cercano a Trump, se sentará al lado del chino Xi Jinping y del ruso Vladimir Putin, confirmándose la progresión mundial de los liderazgos políticos fuertes que pregonan unos modelos de desarrollo económico pero a costa de una falta o una regresión en la protección de los derechos humanos y libertades públicas. Y las asimetrías se acrecentarán si se incorporan más países al grupo. En Johannesburgo se convocó un encuentro “BRICS Plus” donde asistieron otros líderes mundiales (entre otros Recep Tayyip Erdogan) que aspiran sumarse a los BRICS.

Brasil gira hacia la derecha

Los brasileños votaron el 28 de octubre a Jair Bolsonaro como nuevo presidente de la 8ª economía mundial. Ganó con el 55,2% de los votos a Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores (PT). Y lo logró a pesar de manifestarse como un nostálgico del período dictatorial (1964-1985) que no escondió unas posiciones autoritarias, racistas, sexistas y un culto a las armas, que no auguran nada bueno para la estabilidad social del país. ¿Cómo se llegó a esta situación?

La economía se disparó en los años 2000 gracias a las exportaciones, principalmente a China. Pero los chinos también inundaron Brasil con productos manufacturados baratos que frenaron la industrialización y la competitividad del país. Los Gobiernos del PT apostaron por potenciar un mercado interno de 210 millones de habitantes. E incrementaron el gasto público aplicando políticas sociales para sacar de la pobreza a un tercio de los más desfavorecidos. Pero su política económica fue más bien errática y no invirtieron suficientemente en la diversificación económica y la mejora de las deficientes infraestructuras. Y cuando llegó la crisis financiera a partir de 2008, los precios de las materias primas cayeron al igual que el apetito comprador de China. La economía se frenó en 2013 hasta entrar en recesión en 2015 y 2016 para volver a crecer un escaso 1% en 2017. El desempleo creció desde el 6,2% en 2013 hasta el 12,2% en 2018. La crisis también golpeó a unas clases medias que ahora se volcaron a favor de Bolsonaro, que prometió mano dura para acabar con la criminalidad e inseguridad.

Brasil sufre un problema estructural que también contaminó al PT: una corrupción endémica que corroe las instituciones públicas y económicas. El establishment maniobró para descabalgar de las riendas del poder al PT de Lula da Silva que presidió el país entre 2003 y 2011. Luego discutió la legitimidad de su sucesora Dilma Rousseff hasta lograr su destitución con un impeachment en agosto de 2016. También Lula fue condenado por corrupción en julio de 2017 y encarcelado en abril de 2018 evitando que volviera a aspirar a la presidencia. Michel Temer, el sustituto de Rousseff, presidió un Gobierno centrista también manchado por la corrupción. Y tampoco logró impulsar las necesarias reformas estructurales, entre ellas, un insostenible sistema de pensiones.

Esta vez, el poderoso establishment apostó por Bolsonaro. Un tipo duro que comparte con Donald Trump una misma visión sobre varias cuestiones internacionales. Los mercados financieros e inversores aplauden su programa con medidas de liberalización económica que prevé privatizaciones de las empresas públicas. Puede servir, a corto plazo, para reducir el actual déficit fiscal del 7% y la deuda pública que en 2018 alcanzó el 86% del PIB. La economía, tras crecer un 1,3% en 2018, se espera que lo haga un 2,5% en 2019. Pero cabe inquietarse ante el incierto futuro de un Brasil en manos de un extremista populista como Jair Bolsonaro. Se espera que impulse el crecimiento económico pero también podría debilitar o colapsar el sistema democrático. Lo sabremos pronto.

Rusia resiste las sanciones occidentales

Rusia logró resistir frente a las sanciones económicas impuestas por EEUU y la UE desde la anexión de Crimea en julio de 2014. La última tanda de sanciones de EEUU entró en vigor desde el 22 de agosto. Pero, tras caer en recesión en 2015-2016, el PIB volvió a crecer un 1,5% en 2017. Según el FMI, lo hará un 1,7% en 2018. Quedan lejos los crecimientos del 7% registrados durante los primeros mandatos de Putin (2000-2008). Pero, hoy, los datos macroeconómicos son buenos con una inflación interanual del 2,5% y una deuda pública del 25% del PIB. Y se prevé un excedente presupuestario en 2019 a pesar de los altos costes de las inversiones en Crimea y el incremento del gasto militar. Las reservas de divisas han crecido desde los 368.000 millones de dólares en 2015 a 457.000 millones en junio de 2018. Les ayudó el alza del petróleo en un país donde los ingresos energéticos representan el 30% del PIB y el 50% del presupuesto estatal.

El primer socio comercial e inversor de Rusia es la UE. El comercio bilateral con EEUU es escaso. En cambio, las relaciones Rusia-UE son importantes y destaca una fuerte dependencia energética europea respecto al gas ruso. Alemania no desea romper esta alianza energética que se reforzará si se concreta el proyecto de gaseoducto “North Stream 2” que conduciría el gas ruso directamente a Alemania a través del mar Báltico. Un proyecto, apoyado por Berlín y París, al que se oponen Polonia y los países bálticos. Alemania ya importa de Rusia el 50% del gas que consume, Francia el 25%. Las relaciones con Rusia dividen a los países miembros. Putin cuenta con muchos apoyos, entre ellos Matteo Salvini, favorable a suprimir las sanciones europeas. Pero en Moscú preocupan los efectos de una política monetaria estadounidense que provocó una caída del rublo ante el dólar, un 15% desde enero. Trump aprieta cada vez más. Una presión que refuerza la cooperación rusa con China.

India, la quinta economía mundial

Modi triunfó ampliamente en las elecciones legislativas de mayo de 2014 con un ambicioso programa de reformas económicas y sociales para convertir el país en una gran potencia económica y geoestratégica y reaccionar ante la reemergencia del coloso vecino chino. En 2015, India era la novena economía mundial. A finales de 2018 será la quinta.

En el año fiscal 2017-2018 cerrado el 31 de marzo, el PIB creció un 6,7%. India se situó, tras superar a Francia, como la sexta economía mundial. Un meritorio salto teniendo en cuenta que Modi impuso en 2017 dos medidas que enturbiaron la actividad económica: a) una desmonetización anunciada en noviembre de 2016 que puso fuera de circulación los billetes de 500 y 1000 rupias para sustituirlos por otros nuevos, y b) un nuevo sistema fiscal aplicable a los 29 Estados de la Unión a partir del 1 de julio de 2017. De entrada, muchas empresas, sobre todo pymes y pequeños comerciantes, sufrieron unos problemas de liquidez que frenaron la producción y el consumo interior. Pero en el segundo trimestre de 2018, el PIB volvió a dispararse gracias a un buen monzón y el rebote de la inversión y del consumo interno. Y para el año fiscal 2018-2019 se prevé que el PIB crezca un 7,4%. A este ritmo, India también superará a Gran Bretaña a finales de 2018, y se situará como la quinta economía mundial, tras EEUU, China, Japón y Alemania.

Pero India también afronta los efectos de las políticas de EEUU. No está tan expuesta como China porque el comercio bilateral con EEUU es modesto. El gran motor indio no es el comercio exterior, sino el consumo interno de su colosal mercado interior. Sin embargo, la rupia cayó un 12% respecto al dólar desde enero, encareciendo la factura energética de un país que importa el 80% del petróleo consumido. Un factor que desequilibra la balanza comercial y fiscal cuando se acercan las elecciones legislativas de mayo de 2019. Nadie espera una derrota de Modi frente a una débil y fragmentada oposición política. La economía sigue creciendo mucho, aunque de forma desorganizada y desigual. Conserva el apoyo de los grupos empresariales pero estos lamentan la lentitud e inconcreción de los programas reformistas como el “Make in India” lanzados para impulsar un mayor desarrollo industrial y apertura exterior. Los inversores exigen mejores infraestructuras y menos barreras jurídicas y técnicas que siguen frenando el comercio exterior y la inversión foránea. India mejoró su clasificación en el “Doing Business 2019” del BM. En 2014, cuando Modi devino primer ministro, ocupaba el 134º lugar. Pero hoy, aún está en un rezagado 90º. China ocupa el 60º, Rusia el 31º y Brasil el 120º.

Urge acelerar la modernización de una economía con grandes desigualdades territoriales y sociales. La lucha contra la pobreza y la plena alfabetización es prioritaria. El Gobierno lanzó en septiembre de 2018 otro plan de salud pública para asegurar una cobertura sanitaria a unos 500 millones de indios. Y mejorar la situación social de la mujer en una sociedad jerarquizada que sigue discriminándola. La preferencia por el varón explica que en India falten 63 millones de mujeres. Según el Informe “Economic Survey 2017-2018”, hay 1.108 mujeres por cada 1000 hombres. Las reformas son insuficientes para crear empleo a los más de 10 de millones de indios que cada año aspiran a entrar en el mercado laboral. Mientras tanto, las distancias con China siguen creciendo.

China desacelera

Shanghái acogió entre el 5 el 10 de noviembre la primera Feria Internacional Import Export. Un acontecimiento destinado, según la propaganda oficial, a potenciar las importaciones de mercancías y servicios por parte de la segunda economía mundial. China es el primer exportador mundial desde 2009 pero también es una potencia importadora. Los recursos minerales y energéticos constituyen el 20% de sus compras, los agropecuarios el 10%. Pero el 65% son bienes manufacturados. Además, China ya es el tercer importador mundial de servicios. Una tendencia que irá a más a medida que avanza la transición hacia un modelo de crecimiento económico más basado en la demanda interior, el consumo y el sector servicios. La gran baza china: el potencial de la enorme dimensión de su mercado interior de 1.350 millones de personas con unas emergentes clases medias estimadas en 430 millones ávidas de consumir.

Xi Jinping, en su discurso inaugural en Shanghái, reafirmó, en pleno conflicto comercial con EEUU, la defensa del multilateralismo comercial. Anunció más medidas de fomento del comercio exterior y de las inversiones extranjeras para reasegurar la presencia de las empresas extranjeras que operan o desean operar en China. Y se comprometió a reducir más los derechos arancelarios, abrir el mercado chino a más sectores y reforzar la protección de los derechos de la propiedad industrial e intelectual. Un discurso oficial que sigue chocando con la realidad concreta de unas barreras no arancelarias, políticas y jurídicas, que persisten en una economía centralizada bajo el estricto control del Estado-Partido Comunista. Unas contradicciones que provocan escepticismo en la UE, pero también en varios países emergentes y en vías de desarrollo que observan con recelo la penetración comercial y financiera del Imperio del Medio. Los embajadores de Francia y Alemania en China publicaron, el 2 de noviembre, un artículo conjunto que reclamaba una mayor y efectiva reciprocidad para que las empresas europeas en China se beneficien de las mismas ventajas y oportunidades que las chinas disfrutan en la UE. Otro informe de la Cámara de Comercio de la UE recordaba que muchos compromisos del Gobierno chino no acaban de concretarse. Y la patronal alemana BDI recomendaba a sus empresas la conveniencia de reducir su excesiva dependencia del mercado chino e ir diversificando sus cadenas de producción y aprovisionamiento.

La economía china desacelera en 2018. Tras crecer un 6,8% y un 6,7% interanual en el primer y segundo trimestres, lo hizo un 6,5% en el tercero, el porcentaje más bajo desde inicios de 2009. Pero la desaceleración no se debe, por ahora, a un impacto de la guerra comercial decretada por Trump, cuyos efectos se sentirán en 2019 si EEUU decide incrementar la lista de aranceles y productos chinos afectados. Las exportaciones chinas incluso se dispararon un 14,5% interanual en septiembre. Además, el sector contó con la ayuda de una caída del yuan, el 9% desde abril. En cambio, las bolsas chinas se han resentido, la de Shanghái cayó un 23,5% desde principios de año. Pekín ya había previsto para 2018 un crecimiento del PIB del 6,5%. El principal objetivo ya no debía ser crecer mucho sino mejorar la calidad y la sostenibilidad del modelo económico. El Gobierno pretende corregir la colosal deuda del país, reducir las sobrecapacidades de producción industrial, frenar las exorbitantes inversiones en algunas infraestructuras y lograr un mejor control del crédito concedido a determinados conglomerados públicos. Pero, ante el temor de que la economía y la creación de empleo se frenen aún más en los próximos meses, Pekín volvió a activar medidas de estímulo monetario y fiscal para sostener a las empresas y las inversiones. Y, sobre todo, favorecer el consumo interno, el gran y futuro motor del coloso chino.

Las políticas económicas chinas siguen siendo erráticas, contradictorias y condicionadas por un incierto contexto internacional. Un incremento de las tensiones comerciales entre EEUU y China también afectaría a los circuitos productivos y comerciales intra-asiáticos. Algunas empresas podrían deslocalizar parte de la producción de sus fábricas chinas en otros países, principalmente del sur y sudeste asiático.

Sudáfrica, sumida en crisis

Sudáfrica sigue sumida en una crisis política y económica. La etapa de Jacob Zuma (2009-2018) en la presidencia sudafricana dejó un país más corrupto y exhausto. En febrero de 2018, fue forzado a dimitir y sustituido por Cyril Ramaphosa que heredó una economía en recesión, deficitaria, más endeudada y con el 27% de la población en paro. Un panorama que frena a los inversores extranjeros y alimenta la fuga de capitales, mucho más tras la caída del rand frente al dólar. Y a Ramaphosa le quedan pocos meses para afrontar unas elecciones legislativas previstas a mitades de 2019 que el Congreso Nacional Africano, en el poder desde 1994, puede perder.