Una recuperación sostenida del empleo reclama políticas de largo plazo que restauren la confianza y estimulen la demanda a corto plazo.

Texto de Pedro García del Barrio. Profesor Agregado (Titular) de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC).

El mercado de trabajo en España presenta una serie de peculiaridades que, desde hace décadas, han atraído el interés de los economistas. Son varios los aspectos que llaman la atención de los especialistas, y sobre los que no resulta fácil encontrar explicaciones. Sorprenden, entre otras cuestiones, la gran disparidad del paro por regiones, su rápido incremento durante las recesiones, o su tremenda persistencia. Más adelante se explicará que, para evaluar la “salud” del mercado laboral, no basta con centrarse únicamente en la tasa de paro, sino que hay que atender también a otros indicadores. Pero en todo caso, primeramente ilustraremos con algunos datos la gravedad de la situación y el peso que tiene el tipo de paro de carácter estructural.

Cuando comenzó la gran recesión, la tasa de paro en España –medida por la Encuesta de Población Activa (EPA)– se había ido rebajando hasta el 8% de la población activa; siendo algo más baja, en torno al 6,5%, en regiones como Catalunya o Madrid. A partir de mediados de 2007, la crisis inició una terrible carrera de destrucción de empleo, aupando la tasa de paro a cerca del 27% a principios de 2013; es decir, que en menos de 6 años la tasa de paro en España aumentó 19 puntos. Desde entonces la actividad económica ha estado creciendo y generando empleo; y, sin embargo, la triste realidad es que la tasa de paro a fecha de hoy es del 14,2% de la población activa. Para contextualizar estos datos, y sin ánimo de deprimir el ánimo de nadie, conviene saber que la tasa de paro en 2019 en Estados Unidos oscila en torno al 3,7%; y que en Alemania es de tan solo el 3,2% de la población activa.

No hace falta ser un “lince” (ni siquiera un “lince ibérico”…) para darse cuenta de que el mercado laboral español padece anomalías estructurales de calado. Lo dramático de la situación es aún más evidente si se repara, primero, en el hecho de que las cifras de paro son muy altas incluso después de largos periodos de expansión económica, en los que el paro cíclico es inexistente. En segundo lugar, analizando la situación del paro en diferentes comunidades autónomas, se observa que existe una enorme y desproporcionada disparidad regional. En lo que va de año (los tres primeros trimestres de 2019), la tasa de paro en Extremadura, Andalucía y Canarias supone el 21% de la población activa; y en alguna provincia, como Cádiz, esa cifra ha sido aún más alta, en torno al 26%. En otras regiones del norte de España, como Navarra, la tasa de paro en 2019 arroja una cifra del 8%, mientras que en el País Vasco es de poco más del 9%, y en torno al 10% en Aragón, Cantabria y La Rioja. En cuanto a Catalunya y Madrid, muestran tasas de paro similares, situándose dos décimas por encima del 11% en Catalunya, y dos décimas por debajo (10,8%) en Madrid.

Más preocupante si cabe resulta la tasa de paro juvenil, correspondiente a la población menor de 25 años, que si antes de la crisis ya era inaceptable, representando poco menos del doble de la tasa de paro total, desde el inicio de la recesión se ha ido acrecentando y, a fecha de hoy, multiplica por 2,3 a la tasa de paro de toda la población. Concretamente, la tasa de paro de los menores de 25 años en España (el promedio de los tres primeros trimestres de 2019) es del 33,3%, frente al 14,2% de la tasa de paro total. Por su parte, el paro juvenil en Catalunya asciende al 26,2% de la población activa; y en Madrid es incluso mayor, alcanzando el 30,7%; lo cual, si se compara con la tasa de paro del resto de la población de Madrid (9,5%), significa que en el año 2019 el paro juvenil más que triplica al del resto de la población en esa comunidad autónoma.

¿Qué implicaciones se desprenden de todo este análisis? Por una parte, la fuerte persistencia del paro se pone de evidencia con generalidad en todas las regiones de España, no remitiendo tras seis años de crecimiento económico, pues estamos lejos de la tasa de paro del 8% que había en 2007. Es más, esta cifra, que en su momento algunos consideraban aceptable (pues así parecía comparada con otras épocas), en cualquier otro lugar del globo se juzgaría inadmisible. La realidad es, por tanto, que el mercado de trabajo español tiene graves carencias y está muy lejos de poder atenuar el grave problema que representa el paro de larga duración.

De hecho, España se sitúa tristemente a la cabeza de las economías europeas en cuanto al paro de larga duración. Por otra parte, interesa también examinar la incidencia de problemas adicionales, como la medida en que este tipo de paro persistente afecta a quienes tienen peores perspectivas de colocación, como son a menudo los más jóvenes y las mujeres.

Es comprensible que los responsables de la política económica concedan especial atención al desempleo, pues se trata de un problema de primer orden en relación con el bienestar de los ciudadanos. Especialmente el paro de larga duración comporta costes económicos y sociales que condicionan el presente y comprometen las perspectivas de progreso futuro. En la medida en que el paro genera más paro, la consiguiente persistencia constituye una seria amenaza para el sostenimiento del sistema de protección social y el Estado de bienestar. Desde un punto de vista económico, el paro implica pérdidas de renta por parte de los individuos y disminución de la producción de las empresas. Además, como señaló Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998, el desempleo conlleva otros costes, como son: las cargas para el erario público; la exclusión social; las mermas de libertad; el deterioro de la salud; el entorpecimiento de las relaciones sociales y del entorno familiar, etc.

La necesidad de reformas

Pasamos ahora a abordar el análisis de otros indicadores del mercado laboral que resultan imprescindibles para evaluar la realidad de los mercados de trabajo en España y sus diferentes regiones. Antes, conviene remarcar que lo determinante en última instancia es la capacidad de las economías de crear oportunidades de empleo; faceta que puede medirse mediante la tasa de ocupación (definida por el cociente entre el número de empleados y la población potencialmente activa, en edad de trabajar). Además, resulta precisamente que la tasa de ocupación se puede  descomponer en dos factores: el resultado de uno menos la tasa de paro multiplicado por la tasa de actividad (definida por el cociente entre la población activa y la potencialmente activa). Y es que la proporción de la población que pudiendo trabajar, está de hecho disponible para hacerlo, es un indicador tan importante como la tasa de paro, que evoluciona también según las más o menos pobres oportunidades de empleo que ofrece un mercado laboral. En España, el ratio entre la tasa de actividad de los hombres dividido por la de las mujeres era de 1,4 cuando comenzó la recesión en 2007, y se sitúa desde entonces en torno al 1,2. Quiere esto decir que hoy día los hombres en nuestro país participan en el mercado laboral un 20% más que las mujeres.

Otro aspecto reseñable es lo que toca al empleo temporal. Resulta que la caída de empleo que se vivió desde 2007 y durante la recesión económica, se tradujo también en cierta disminución del empleo temporal. Este resultado no es extraño, pues simplemente indica que los trabajadores con contrato temporal son a quienes primero se despide en los periodos recesivos del ciclo. De acuerdo con la información proporcionada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), la proporción de asalariados con contratos temporales cayó –en términos medios en España– de cerca del 35% en 2006, al 30% en 2007, y hasta en torno al 25% a partir de 2009. Más tarde, conforme se agudizaba la crisis, el empleo temporal siguió disminuyendo ligeramente, hasta el año 2013, en que comenzó una ligerísima subida, coincidiendo con la recuperación del empleo en general. En cuanto a la situación por regiones, la temporalidad en Andalucía está actualmente instalada en torno al 35% de la contratación, proporción muy superior a la media nacional. También la Comunidad Valenciana está por encima de la media, mientras que Catalunya se encuentra alrededor del 22% y Madrid se mueve incluso por debajo del 20%.

Para concluir, quisiera señalar algo bastante obvio; y es que a menudo se deposita demasiada confianza en el alcance de las políticas de demanda (ya sean fiscales o monetarias) para atajar el problema del paro, que, en el caso de España, es de tipo estructural y, por tanto, muy persistente. De ahí que se necesiten reformas estructurales, sin perjuicio de que éstas ayuden indirectamente a los agentes económicos a formar sus expectativas, mejorando su disposición a gastar. Es decir, una recuperación sostenida del empleo reclama políticas de largo plazo, que restauren la confianza y estimulen la demanda a corto plazo. Solo así –y no con soluciones meramente técnicas, que sólo alivian o retrasan sus manifestaciones– se podrá estimular el consumo y la inversión de modo que se reduzca el desempleo persistente.

Planteando las cosas desde esta perspectiva más amplia, resulta que en última instancia el factor más determinante –como señaló el preclaro economista Julian Simon– es el ingenio humano, que se ha demostrado siempre capaz de lograr nuevas soluciones, y en cuya inventiva reposa la creación de nuevos e insospechados empleos, en ámbitos de negocio inimaginables hace tan sólo dos o tres décadas atrás. En definitiva, si bien es cierto que determinados mercados ofrecen pobres oportunidades de empleo inmediatamente disponible, no es menos cierto que hay mucho trabajo por descubrir, inventar y desplegar; en suma: poco empleo, ¡pero mucho trabajo por delante…!