El 1 de noviembre iniciará su andadura la nueva Comisión Europea presidida por Úrsula von der Leyen. Los retos son enormes.

Texto de Jaume Giné Daví

El orden internacional se basaba sobre la hegemonía occidental desde el siglo XVIII: ejercida primero por Francia y después por Gran Bretaña, para luego cruzar el Atlántico y pasar a EEUU a principios del siglo XX. Hoy, esta hegemonía se traslada gradualmente a Asia-Pacífico. Y se ha producido un desconcierto mundial. El viejo orden se desmorona sin que se vislumbre una salida a una profunda crisis de las democracias liberales que ven mermada su legitimidad y eficacia ante las dificultades para afrontar los grandes retos tecnológicos, climáticos y sociales del siglo XXI.

El desconcierto quedó patente en el G7 que reunió, del 24 al 26 de agosto en Biarritz, a las siete principales economías democráticas que representan el 40% del PIB mundial pero solo el 10% de la población mundial: EEUU, Francia, Reino Unido, Alemania, Japón, Italia y Canadá). Tuvo lugar sobre un fondo de conflictos y tensiones internacionales, geopolíticas y económicas que pueden provocar una recesión mundial. Las disensiones internas fueron evidentes. Hablaron con recelos sobre los principales temas pero ni siquiera firmaron un comunicado final. Los dirigentes del G7 están dispersos y debilitados: Ángela Merkel al final de su mandato, Justin Trudeau ante unas difíciles elecciones en octubre, el renacido Giuseppe Conte intentando superar una crisis interna, el perturbador Boris Johnson pregonando un Brexit a las bravas, etc. Y un estridente Donald Trump que ha debilitado las relaciones transatlánticas. Destacó el presidente Emmanuel Macron tendiendo puentes de diálogo y la cooperación para favorecer algunos acuerdos para reconducir el conflicto iraní o sobre la tasación de los gigantes tecnológicos (GAFA).

Amenaza de otra recesión

Los principales indicadores económicos de los países industrializados han empeorado. Y reaparecen los fantasmas de otra recesión cuando algunos países, muy endeudados, aún no han superado los efectos de la anterior crisis. El último informe de la OCDE, hecho público el 20 de septiembre, rebajó hasta el 2,9% el crecimiento del PIB mundial en 2019. El comercio mundial sigue frenándose debido a los efectos perturbadores de unos conflictos comerciales y monetarios que perjudican a todos, también a EEUU y China. Las exportaciones de los países del G20 retrocedieron un 1,9% durante el segundo trimestre del año mientras las importaciones volvieron a caer un 0,9%, ahondando unos descensos iniciados en 2018. EEUU lleva 11 años de crecimiento ininterrumpido y el PIB aún progresó un 2,1% interanual en el segundo trimestre y el nivel de paro es solo del 3,7%. Pero, la economía estadounidense se contraerá hasta el 2% en 2020. Y la economía china se ralentiza a un 6,1% en 2019 y un 5,7% en 2020 y sus ventas al exterior se redujeron un 5,3% entre abril y junio. Y algunos países emergentes sufren. Es el caso de Argentina y Turquía, obligados a devaluar el peso y la libra frente al dólar. En cambio, otras economías del G20 como Australia, Canadá y México presentan mejores resultados.

UE y conflictos comerciales

Las disputas comerciales entre Washington y Pekín penalizan especialmente a la UE, sobre todo a una Alemania muy dependiente del comercio exterior con China, EEUU y Reino Unido, sus tres principales clientes. Según Eurostat, la producción industrial de la zona euro cayó un 1,6% en junio. La subida de aranceles de EEUU a los productos chinos, la devaluación del yuan frente al dólar, la debilidad de la demanda mundial y un Donald Trump que también amenaza con subir los aranceles a los productos europeos como el automóvil, provocan unas incertidumbres que retienen las expectativas, las inversiones y el comercio exterior de la UE. Y un Brexit duro oscurece aún más el horizonte europeo.

La industria alemana, con un potente sector del automóvil, también sufre la desaceleración económica del mercado chino. Para BMW y Daimler representa el tercio de sus ventas globales y para Volkswagen el 40%. Y para seguir manteniendo unas relaciones fluidas con Pekín, Ángela Merkel realizó en septiembre su duodécima visita a China durante sus 14 años como canciller. El PIB alemán se contrajo un 0,1% en el segundo trimestre, quedando técnicamente a las puertas de una recesión, mientras el Bundesbank pronosticaba otra contracción del PIB en el tercer trimestre. Y si la locomotora europea se frena, las otras economías europeas se resienten, principalmente aquellas con unas cadenas de producción altamente integradas en el sector industrial alemán. La producción y el comercio exterior de países como la Republica Checa, Hungría, Eslovaquia, Bulgaria y Rumania están estrechamente ligados al motor alemán. Sin embargo, el PIB de los países de Europa central y del este creció un 0,8% en el segundo trimestre, gracias al dinamismo de la demanda interior y los incrementos salariales.

Pero el futuro industrial europeo es también incierto debido a factores estructurales. La economía mundial va girando hacia el sector servicios y la demanda de productos industriales europeos bajará significativamente ante la creciente competencia de los productos manufacturados de los países emergentes, principalmente asiáticos. Y el mercado mundial del automóvil transita hacia los vehículos eléctricos donde China tomó la delantera. Por su parte, Europa reaccionó tarde a los retos de la revolución tecnológica basada en la Inteligencia Artificial. Y peca de falta de campeones transnacionales capaces de concurrir con los grandes competidores chinos y los GAFA estadounidenses. El futuro de la UE en la economía del siglo XXI dependerá de la capacidad de Alemania y Francia para lograr sumar esfuerzos para reformar la gobernabilidad de la UE.

Alemania debe reaccionar

En la contracción de Alemania, que representa un tercio del PIB de la zona euro, influye las especificidades del modelo económico alemán, muy dependiente de un sector exterior que representa la mitad del PIB. Cuando el comercio mundial va bien, Alemania crece por encima de la media de la zona euro. Pero cuando aquel se frena, la industria exportadora pierde aliento. En el tercer trimestre, las exportaciones cayeron un 1,3% y las importaciones un 0,3%. También quedan afectados los servicios ligados a la industria, como la logística. Y si cae la producción, el mercado laboral se debilita.

Se abrió un debate sobre la necesaria reforma del modelo alemán, perjudicado por un proceso de antiglobalización provocado por el giro nacionalista y proteccionista de EEUU. Crecen las voces de quienes piden que Berlín revise el dogma del Schwarze Null o déficit cero. No endeudarse para mantener unas finanzas equilibradas ha sido un objetivo prioritario de la política alemana incorporado en la Ley Fundamental en 2009. Hoy, Alemania presume de tener unas finanzas saneadas con una deuda pública que representa el 60% del PIB cuando la media en la zona euro se sitúa en el 85%. Y goza de unos excedentes presupuestarios y comerciales que le dan un buen margen de maniobra que no tienen la mayoría de países de la UE. El superávit presupuestario alemán alcanzó los 45.300 millones de euros en el primer semestre (2,7% del PIB). También es notable la situación presupuestaria de Austria y Países Bajos. Francia, en cambio, con un déficit previsto del 3,2% del PIB en 2019 y una deuda de cerca del 100%, e Italia, con una deuda que llega hasta el 130% del PIB, tienen escaso margen de maniobra presupuestaria.

Las instituciones comunitarias avisan que, si la coyuntura mundial sigue degradándose, ya no se podrá confiarlo todo a unos Bancos Centrales con unos márgenes de maniobra mucho más reducidos que cuando afrontaron la última crisis financiera de 2008. E insisten a Alemania y otras economías con finanzas más robustas que incrementen el gasto e inviertan más en infraestructuras y en la mejora de la posición en sectores estratégicos claves para adaptarse a la revolución digital y la transición energética. Las peticiones llegan desde ambos lados del Rin. Francia intenta que Ángela Merkel aumente el gasto público para estimular la economía. Pero también la poderosa Federación de la Industria Alemana (BDI) emplaza al Estado a gastar más. El Banco Central Europeo anunció el 12 de septiembre otro plan de estímulo monetario en la zona euro. Y la presidenta del BCE, Christine Lagarde seguirá la ruta marcada por su antecesor Mario Draghi, que mantuvo la política de bajos tipos de interés. Lagarde también pide que Alemania estimule la frágil economía de la eurozona. Pero, por ahora, las autoridades alemanas se resisten. El proyecto de presupuesto de Berlín para 2020 se inscribe en la tradición ortodoxa alemana de priorizar el equilibrio y no crear deuda, pero se espera que sea más flexible a la hora de aplicarlo.

Francia aguanta, Italia vuelve

La economía francesa creció un 0,3% en el segundo trimestre. Y, según la Comisión Europea, podría crecer un 1,3% en 2019. La alemana podría quedarse por debajo del 0,5%. Francia afronta mejor las incertidumbres exteriores porque su principal motor económico es la demanda interna, depende menos del comercio exterior y sigue atrayendo a los inversores internacionales. Pero preocupa un elevado déficit comercial que tiende a subir y alcanzó los 54.600 millones de euros anuales en agosto. Francia también afronta problemas estructurales: el elevado endeudamiento público, una elevada tasa de paro entre los jóvenes y un frágil tejido de pymes que pierden competitividad.

El nuevo gobierno del renacido Giuseppe Conte representa un giro positivo de Italia hacia la UE tras quince tensos meses de euroescepticismo del Gobierno anterior, hipotecado por un Matteo Salvini que sumó demasiados enemigos internos y externos. Tras romperse la anterior coalición con la Liga, el Movimiento 5 Estrellas (M5E) pactó una alianza inédita para formar un nuevo gobierno con el partido Demócrata (PD), dos formaciones que respaldaron a la alemana Úrsula von der Leyen como nueva presidenta de la Comisión Europea. Bruselas respira aliviada tras el nombramiento de personalidades europeístas en dos puestos claves: Roberto Gualtieri en el Ministerio de Asuntos Exteriores mientras Paolo Gentiloni fue propuesto como comisario en la UE. Una buena noticia para una UE, agobiada por el Brexit, que precisa contar con Italia, uno de los seis firmantes del Tratado de Bruselas de 1957. La cuestión presupuestaria será el primer test de las nuevas relaciones entre Roma y Bruselas.

¿Brexit sin acuerdo?

El Reino Unido sigue sumido en una profunda crisis política que enfrenta al primer ministro con el Parlamento, mientras la UE se prepara ante un posible Brexit para el 31 de octubre, fecha en la que finaliza la prórroga concedida por Bruselas para alcanzar un acuerdo. Un hecho sin precedentes con graves repercusiones económicas para el Reino Unido. El PIB británico desaceleró y tuvo un crecimiento negativo en el segundo trimestre (-0,2%), la libra se depreció un 15% desde el referéndum de 2016 y las inversiones extranjeras se frenaron temerosas ante un futuro incierto. Y si se alzan otra vez barreras, se perjudica el comercio exterior. La UE es el destino del 46% de las exportaciones de mercancías y el origen de sus importaciones. Pero también los países de la UE, en mayor o menor medida, saldrán perjudicados. El sector automovilístico alemán vende unos 800.000 coches anuales, el 14% de su producción, en el Reino Unido.

Y hay que prepararse para el impacto ya que Boris Johnson no desea pedir otra prorroga a Bruselas ni ceder sobre una cuestión clave, el backstop irlandés (un «mecanismo de protección» para impedir la aparición de una frontera física entre las dos partes de Irlanda). E intentó silenciar el poder legislativo suspendiendo durante cinco semanas la actividad parlamentaria del 9 de septiembre al 14 de octubre. Johnson propuso unas elecciones legislativas anticipadas para el 15 de octubre pero no cuenta con la mayoría de dos tercios del apoyo parlamentario para convocarlas. Juega duro a pesar de que llegó al poder sin pasar por las urnas tras reemplazar a Theresa May. Pero su intransigencia dividió y debilitó su propio Gobierno, al partido conservador y a la buena imagen internacional de las instituciones británicas. Además, Johnson rompe la cohesión interna del Reino Unido porque su proceder refuerza las posiciones independentistas en Escocia y País de Gales que no desean salir de la UE y envenena el complejo conflicto irlandés. Pero cabe confiar en la capacidad de reacción y manejo de la crisis por parte del Parlamento de Westminster que intentará con todos su medios evitar un Brexit salvaje a espaldas de los parlamentarios. Tres años después de que el 52% de los votantes decidiesen una salida de la UE, no ha sido posible concretarla. La mejor solución sería que el Parlamento, no el primer ministro, pactase un calendario para convocar nuevas elecciones legislativas lo antes posible y volver a dar voz y voto a los ciudadanos.

Un mundo cambiante

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2017 provocó un gradual desmoronamiento del vigente orden económico mundial. Trump prioriza los acuerdos bilaterales sobre el multilateralismo para aprovechar el poder exorbitante de EEUU basado en la posición privilegiada del dólar en los mercados internacionales. Pretende frenar la reemergencia de China en el concierto mundial pero también debilita a Europa apoyando el Brexit.

La UE debe reposicionarse en un mundo cambiante para poder seguir siendo un potente actor mundial que goza de una privilegiada situación geoestratégica entre el Atlántico, Eurasia, África y Oriente medio. El contexto actual es complejo porque EEUU ha abdicado de su liderazgo político y moral mundial y debilita unos nexos transatlánticos que se basaban en unas instituciones y valores democráticos compartidos. Esta retirada estadounidense acelera el traslado del centro de gravedad mundial desde el Atlántico hacia Asia-Pacífico. El viejo orden se desmorona sin que se divise el nuevo. La UE fracasó a la hora de completar el proyecto de integración política. Ahora, debería repensar su futuro para no quedar a merced de EEUU, China y Rusia. El 1 de noviembre iniciará su andadura la nueva Comisión Europea presidida por Úrsula von der Leyen. Los retos son enormes. La economía europea está en una fase de desaceleración perjudicada por unos conflictos comerciales y monetarios abiertos entre Washington y Pekín que son parte de la carrera por el liderazgo tecnológico mundial basado en la Inteligencia Artificial. Si la UE no quiere quedar definitivamente desplazada y desintegrada, deberá reforzar sin más dilaciones su integración política.