Lo primero es preguntarnos qué depende de nosotros. ¿Podemos hacer algo? Si la respuesta es positiva, centrarnos en aquello que podemos hacer.

Texto de Roser Claramunt Oliva, psicóloga coach experta en gestión del estrés y productividad (www.roserclaramunt.com).

Si algo nos ha dejado claro la pandemia del coronavirus es que Lennon tenía razón cuando decía que “la vida es aquello que nos pasa, mientras tenemos otros planes”. Creer tener o querer tener todo bajo nuestro control es ilusorio.

La incertidumbre mal gestionada se traduce en ansiedad y miedo. Son estados de anticipación (a lo que pueda pasar) que nos han permitido sobrevivir como especie pero que en nuestra vida diaria pueden llegar a paralizarnos.

La clave para superar los cambios que deberemos afrontar como personas, como empresas y como sociedad estará en saber gestionar y actuar sobre las tierras movedizas de la incertidumbre, una emoción silenciosa e inherente a la vida.

¿Podemos hacer algo?

Ser proactivos. De lo contrario, estaremos aumentando nuestra preocupación y potencial bloqueo. La proactividad se define como la actitud en la que las personas u organizaciones asumen el pleno control de su acción de modo activo, haciendo prevalecer la libertad de elección sobre las circunstancias del contexto. Quien acuñó este concepto fue el neurólogo y psiquiatra Vicktor Frankl, superviviente de los campos de concentración nazis, en su libro El hombre en busca de sentido, cuya lectura recomiendo encarecidamente.

Más tarde, fue Stephen Covey, quien gracias a su exitoso Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas, popularizó el concepto a través de los círculos de atención/control, de influencia y de preocupación o no control. Covey analizó los hábitos que diferenciaban a las personas efectivas de las no efectivas, y se dio cuenta de que las personas proactivas que centraban su esfuerzo en lo que sí podían hacer, conseguían mejores resultados a nivel personal y profesional.

Los problemas, retos o situaciones que afrontamos habitualmente, y en el contexto post pandemia aún más, están en una de estas tres zonas o círculos:

Zona de control directo o círculo de atención. Implica nuestra propia conducta, lo que depende de nosotros mismos directamente y es dónde debemos dedicar nuestra energía, tiempo y atención. Aquí es donde deberíamos dedicar la mayor parte de nuestro tiempo.

Zona de control indirecto o círculo de influencia. Podemos influenciar a otras personas para que actúen de forma distinta, movilizándonos, comunicándonos, sumándonos a causas concretas, para tener un impacto en una situación en la que hay una parte que depende de la otra persona o de los demás. Aquí es donde deberíamos dedicar una parte de nuestro tiempo.

– Zona de no control o círculo de preocupación. Situaciones o problemas acerca de los cuales no podemos hacer nada en un momento concreto, como por ejemplo, los hechos pasados, la incertidumbre en determinados contextos, etc. A esto deberíamos dedicar el mínimo tiempo posible. En este caso, lo que debemos decidir es qué aspectos podemos traspasar a la zona de influencia, o de atención/control, para empezar a planificar acciones para solucionarlo.

Algunas de las preguntas que nos podemos hacer son:

  1. ¿Qué puedo hacer para solucionar esta situación, o para contribuir a que esta situación concreta mejore?

  2. ¿En qué porcentaje depende de mí?

  3. ¿Qué apoyo –personas o recursos– necesito para hacerlo?

  4. ¿Qué haría si no tuviera miedo?, ¿qué haría si no hubiera consecuencias?

  5. ¿Cuál es el primer paso?, ¿cuándo y cómo lo voy a hacer?

Siete claves

  1. Asumir y aceptar que debemos convivir con la incertidumbre. Es inherente a la vida. Y en las circunstancias del entorno actual y futuro, donde domina la inmediatez y el cambio acelerado, aceptarlo es fundamental.

  2. Poner en valor lo que sí tenemos frente a lo que no. Valorar y agradecer lo que sí funciona, lo que sí tenemos. Centrando la atención y dando las gracias por aquello que tenemos, aquello que vivimos, por sencillo que sea, más que en aquello que nos falta. Cuando perdemos algo (salud, trabajo, proyecto, familiar o personas cercanas) es cuando nos damos cuenta de su valor. ¿Por qué no celebrarlo en la vida cotidiana y tenerlo presente cuando se tiene? Es preciso tomar consciencia de los recursos y aprendizajes con los que contamos, y preguntarnos: eso que ahora tengo, ¿cómo puedo transformarlo y maximizarlo en estos momentos?

  3. Entrenar la mente en el momento presente. Es preciso evitar el modo “queja”, focalizarse en el aquí y ahora, sin lamentaciones del pasado ni alimentar ideas catastrofistas respecto al futuro. El mindfulness, o atención plena, consiste en un entrenamiento atencional para prestar atención a aquello que está pasando mientras está pasando, en el momento presente. E invita a que, ante una situación compleja o difícil, centremos la atención en aquello que depende de nosotros. La desazón surge a menudo al no poder controlar aquello que no es controlable. En muchas situaciones podemos hacer algo para provocar cambios o encontrar soluciones, partiendo del momento presente. En las que no, se invita a aceptarlo desde la amabilidad y a convivir con ello. El psicólogo Carl Jung decía: “Aquello a lo que te resistes, persiste. Aquello que aceptas, se transforma”.

  4. Observar la situación desde la distancia, tomar perspectiva. Hay técnicas de visualización en las que podemos imaginar que estamos sobrevolando la situación, como si fuéramos un pájaro. También nos podemos preguntar qué pensaremos dentro de diez años de la situación que nos preocupa en un momento concreto, para tomar distancia, poder ser más objetivos y salir de la parálisis del miedo.

  5. Planificar un plan de acción para aquello que nos preocupa y pensamos que puede llegar a ocurrir. Un plan que sea flexible y adaptable a la evolución de la situación. Dado que estamos actuando desde aquello que sí podemos hacer, nos da mayor sensación de control, y ganamos serenidad en la toma de decisiones.

  6. Actitud en modo “aprendizaje permanente”. Preparémonos al máximo sobre la situación que nos preocupa. Busquemos información útil y contrastada. Todo es aprendizaje. Analizar y aprender de situaciones ya vividas por nosotros mismos o por otros. Anticiparnos. Ser flexibles. Necesitaremos aumentar nuestra capacidad de adaptación a los cambios. Esta “pausa” forzada por la crisis sanitaria quizá sirva también para reflexionar sobre cómo queremos que sea la sociedad a partir de ahora y cómo queremos vivir después de la pandemia, tanto a título individual como colectivo, y actuar en consecuencia.

  7. Prepararnos profesional y empresarialmente: Necesitaremos transformarnos. Analizar fortalezas a nivel individual y en los equipos, formarnos, pensar out of the box, repensar cómo podemos ofrecer nuestro producto o servicio de otras formas cuando pasemos a la siguiente fase, nuevas necesidades, etc. El mundo laboral se transformará en modelos que combinarán teletrabajo y oficina. La situación actual acelerará los cambios tecnológicos y laborales, por lo que será clave reforzar la capacidad de adaptación al cambio y la resiliencia en las personas y equipos a través del entrenamiento en habilidades blandas clave, como gestión del tiempo, productividad, gestión del estrés, toma de decisiones e inteligencia emocional.

Recordemos que nuestro cerebro está diseñado para sobrevivir, y se anticipa en el escenario más negativo para protegernos y para que podamos adaptarnos. Aunque como dice el admirado doctor y conferenciante Mario Alonso Puig: “Cuando sintamos miedo ante lo desconocido, el peligro o la simple incertidumbre, la primera de las estrategias que podríamos emplear, sería la de no enfocarnos en lo que podemos perder, sino en lo que podemos llegar a ganar.”