Es más necesario que nunca ser objetivos con los fondos europeos y la capacidad de nuestro país para absorber recursos, sin generar falsas expectativas.

Texto de Albert Guivernau, investigador de la Cátedra Jean Monnet en Integración Fiscal Europea (EUFIS), de la Universitat Abat Oliba CEU.

La definición tradicional de “euforia” hace referencia a una sensación exteriorizada de optimismo y bienestar, producida a menudo por la administración de medicamentos o drogas, o por alguna satisfacción material o espiritual. Una definición que encaja demasiado bien con el sentimiento generalizado en la opinión pública y en el seno de diferentes gobiernos europeos en relación al Plan de Reactivación Económica Next Generation EU. En el presente artículo trato de apuntar algunas ideas para explicar por qué creo que, en general, se está viviendo una reacción de euforia sobredimensionada en relación al NGEU.

La “sensación exteriorizada de optimismo” la hemos visto en artículos de prensa y comentarios políticos que hablan de “un nuevo Plan Marshall para Europa” o “la reconstrucción de la Europa post covid”. Pero, ¿está fundamentada esta euforia?

El gobierno aprobó hace unas semanas el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, por el que España puede llegar a absorber hasta 70.000 millones de euros en ayudas directas no reembolsables; que podrían llegar a 140.000 millones en caso de solicitar mayores fondos vía préstamos, aunque con condiciones muy ventajosas. Lo hizo al mismo tiempo que Alemania, Francia e Italia, en una clara imagen de unión de las mayores potencias económicas de la UE. Este Plan fue remitido a la Comisión el pasado 30 de abril y rápidamente suscitó algunas polémicas, la primera de ellas llevó a la Comisión a afirmar que desconocía si el Plan que el Gobierno había publicado en internet coincidía con el remitido a Bruselas. Aprovechó para solicitar a los países implicados un mayor ejercicio de transparencia.

Un primer hecho relevante que emana del Plan presentado por el gobierno a Bruselas –supongamos que se trata de la misma versión que ha publicado en su web– y que no suele tenerse en cuenta es que para España, a día de hoy, el Next Generation EU supondrá sobre el papel sólo 70.000 millones de euros reales hasta 2023, y no los 140.000 millones que parecen haberse instalado en la opinión pública. Esto es así porque el Gobierno sólo ha solicitado la parte del Plan que corresponde a las transferencias directas, optando –de momento– a renunciar a los préstamos. Es decir, España tendrá potencialmente disponibles hasta 140.000 millones de euros; lo que implica que puede no alcanzarse nunca esta cantidad.

Otro elemento a tener en cuenta es el factor tiempo, uno de los más importantes a la hora de hablar de costes de oportunidad. Se había previsto que los primeros fondos –un 10% de los 70.000 millones– llegaran a nuestro país este verano, pero la lentitud en el procedimiento hace pensar que los primeros fondos no llegarán hasta los últimos meses de 2021. El tiempo no sólo juega a la contra por la urgencia de recibir los fondos cuanto antes para empezar a acometer los proyectos de transformación, sino que también condiciona poder ir desbloqueando pagos a medida que se van ejecutando las distintas fases del proyecto. Todos deben estar finalizados y entregados “llaves en mano” antes de 2026 para poder recibir la totalidad de los fondos solicitados que hayan sido aprobados. Es decir, en el corto plazo no llegarán 70.000 millones sino 7.000 y, sobre la fecha inicialmente prevista, llegarán tarde.

Otro elemento a tener en cuenta es que el NGEU busca transformar la economía europea, no recuperar la actividad previa al estallido de la pandemia. Sólo se admitirán proyectos transformadores que encajen con las recomendaciones del Semestre Europeo para cada uno de los países. Estas recomendaciones se podrían resumir en cuatro:

1) “Tomar todas las medidas necesarias para abordar de manera efectiva la pandemia, sostener la economía y apoyar la recuperación posterior, así como garantizar la sostenibilidad de la deuda, al tiempo que mejorar la inversión”.

2) “Apoyar el empleo a través de acuerdos para preservar empleos; reforzar la protección contra el desempleo, mejorar la cobertura y la adecuación de los programas de ingresos mínimos y el apoyo familiar, así como el acceso al aprendizaje digital”.

3) “Garantizar la aplicación de medidas para proporcionar liquidez a las pequeñas y medianas empresas y a los autónomos, incluso evitando pagos atrasados. Centrar la inversión en la transición verde y digital, en particular en el fomento de la investigación y la innovación, la producción limpia y eficiente y el uso de la energía, la infraestructura energética, la gestión del agua y los residuos y el transporte sostenible”.

4) “Mejorar la coordinación entre los diferentes niveles de gobierno y fortalecer el marco de contratación pública para apoyar la recuperación de manera eficiente”.

Es decir, el Plan del Gobierno para el NGEU no puede ser una adaptación del Plan E que se impulsó en nuestro país con la anterior crisis económica. Ahora no es posible dedicar fondos a asfaltar carreteras, construir rotondas o poner césped en los campos de futbol municipales. Se trata de pensar más en inversión que en gasto. Las dos implican una transacción monetaria, pero no es lo mismo un gasto público que una inversión pública.

Además, nuestro país históricamente no ha sido de los mejores gestionando y ejecutando fondos europeos. En el anterior Marco Financiero Plurianual (2014-2020) España sólo se ejecutó el 34% de los fondos de que disponía. En el caso del NGEU los proyectos financiados deben estar ejecutados antes de finalizar 2026.

En referencia a la incidencia directa que los fondos puedan tener en la economía española las transferencias solicitadas con el Plan español representan aproximadamente el 6,2% del PIB de 2020. Eso sí, es necesario repartir este impacto hasta 2026, es decir aproximadamente un 1% del PIB de 2020. Con este cálculo no busco despreciar el papel del fondo, pero sí relativizar la euforia generalizada. El Next Generation EU puede ayudar a la transformación económica de nuestro país, pero no resolverá ninguna de las deficiencias estructurales y productivas que no sepamos resolver nosotros. En economía las expectativas juegan un papel fundamental para acelerar la realidad, ya sea para agudizar la crisis o para acelerar su salida. Conviene recordar esto para no generar unas falsas expectativas que acaben generando una frustración que se acabe volviendo contra la UE, generalizando posturas euroescépticas. Me atrevería a afirmar que si el NGEU sale bien se comunicará como un éxito de cada país (hay un plan para cada uno), en cambio si sale mal se culpará a Europa.

La respuesta a la crisis de la covid-19 ha supuesto un verdadero reto para la cohesión de la Unión Europea. A nivel económico el impacto ha sido superior al soportado por Estados Unidos o China; y a nivel sanitario, aunque inicialmente Estados Unidos sufriera un mayor impacto, Europa se ha visto rezagada en el proceso de vacunación. Mientras que en Estados Unidos se ha vacunado al 43% de la población, en la UE apenas se ha llegado al 25% [en el momento de escribir estas líneas]. El prestigio de las instituciones europeas está en juego.

Por parte del Gobierno, en el Plan remitido a Bruselas, se ha concretado una serie de inversiones en línea con las recomendaciones del Semestre europeo y el espíritu del Plan. No se ha bajado al detalle a la hora de afrontar las reformas estructurales del país, lo cual puede aventurar que poco se avanzará en este sentido y que la Comisión exigirá algún ajuste o mayor nivel de detalle en el plan español.

Si se compara la propuesta aprobada por España con las de Alemania, Francia e Italia, encontramos algunas diferencias. En el caso de Italia, por ejemplo, se ha hecho un importante énfasis en la educación y en la necesidad de cogobernanza de los fondos junto a la sociedad civil. Mientras que aquí la gestión se centraliza en la administración pública, hecho que ha levantado muchos comentarios de los socios europeos sobre la capacidad de España para poder absorber y gestionar eficientemente los fondos.

A día de hoy, en nuestro país aún no se ha realizado ninguna convocatoria real para presentar proyectos con cargo al fondo. Manuel de la Rocha, secretario general de Asuntos Económicos y G20 del Gobierno aseguró que “de aquí al verano” comenzarían a salir “convocatorias reales” vinculadas a estos fondos. Es decir, que aún no se ha abierto el plazo para presentar proyectos concretos, impacientando a las empresas y entidades que deben acabar liderando los proyectos.

La fecha en que se puedan desbloquear los fondos no está nada clara, pues aún faltan algunos países por ratificar la decisión de recursos propios de la UE –la ley que permite a la Comisión Europea pedir prestado para disponer de fondos– imprescindible para poner en marcha el NGEU.

Es más necesario que nunca ser objetivos con el fondo y la capacidad de nuestro país para absorber recursos, no generar falsas expectativas y no dejarse llevar por una euforia que no se sustente en datos reales y que puede desembocar en mayor frustración económica y social. Ojalá no sea así.