Como consecuencia de la situación de pandemia actual, la necesidad de una reforma fiscal ha resurgido con fuerza renovada. Pero ¿cómo hacer la reforma?

Texto de Judith Panadés, profesora de Economía de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Las reformas fiscales en nuestro país han sido y son un tema de constante debate en la prensa económica. No está claro qué tipos de impuestos se deben modificar porque todos tienen sus pros y sus contras. Según los preceptos de la teoría económica clásica, se debería actuar a través de la imposición indirecta dado que este tipo de impuestos no distorsiona las decisiones de los consumidores en un contexto de equilibrio general donde se tienen en cuenta tanto los efectos en el corto como en el largo plazo. El problema de esta opción es que los impuestos indirectos suelen ser regresivos ya que aquellos que poseen rentas mayores son los que se ven menos afectados por la modificación al alza de la tasa impositiva. Así, un aumento del IVA acabaría afectando en términos relativos más a los individuos con menores rentas, dado que el incremento de precios como consecuencia del aumento del impuesto sería el mismo independientemente de la renta del comprador. Por el contrario, fundamentar una reforma fiscal en la modificación de los impuestos directos puede generar más progresividad del sistema impositivo porque permite una modulación de los tipos en función de las rentas percibidas o del patrimonio que se posea. Si, por ejemplo, aumentaran los tipos del impuesto sobre la renta, aquellos individuos con rentas mayores acabarían pagando más no tan solo en términos absolutos sino también en términos relativos. Aun así, los cambios de los tipos impositivos de los impuestos directos generan distorsiones en las decisiones económicas de los agentes económicos en el corto y en el largo plazo.

Como consecuencia de la situación de pandemia actual, la necesidad de una reforma fiscal ha resurgido con fuerza renovada. El gobierno busca llenar sus maltrechas arcas y contener su déficit después de un año de gasto público desbocado para poder sobrellevar el parón forzado de la economía a causa de la pandemia. Pero ¿cómo hacerlo sin que las medidas parezcan no tan solo inadecuadas sino totalmente injustas para la población más desfavorecida?

Una posible vía de actuación pasaría por aumentar la imposición sobre los beneficios empresariales y sobre la riqueza, o sea modificar la imposición directa. Concretamente se están barajando posibles aumentos de los impuestos de sociedades, patrimonio, sucesiones y donaciones. Respecto al primero, actualmente existe un extenso debate en la Unión Europea sobre la necesidad de fijar un tipo mínimo único e iniciar así la tan reclamada armonización fiscal europea. Es obvio que cuando existen diferencias abultadas de los gravámenes sobre los beneficios empresariales entre distintos países que comparten un mercado único, se genera mucha competencia fiscal entre ellos para poder atraer nuevas empresas hacia sus economías. Aquellos que fijan unos tipos más bajos consiguen atraer a un mayor número de empresas y lo que se pierde en términos recaudatorios por tener un tipo impositivo menor se compensa por una mayor base imponible si el número de empresas y el volumen de beneficios de las mismas aumenta suficientemente.

Los impuestos sobre patrimonio, sucesiones y donaciones también son una fuente de competencia fiscal. Las comunidades autónomas españolas tienen poder legislativo sobre ellos y por lo tanto pueden establecer distintos tipos según las variables que consideren oportunas. Por otra parte, introducir tipos más elevados en el impuesto de sucesiones y donaciones puede ayudar a reducir la desigualdad de oportunidades existente. Si se parte de condiciones iniciales más semejantes, el éxito individual a lo largo de la vida va a depender en mayor medida del talento y el esfuerzo de cada uno. La fijación de un tipo mínimo para todas las comunidades autónomas reduciría las diferencias existentes hoy en día en España respecto al principio de la igualdad de oportunidades.

Finalmente, en toda reforma fiscal que se precie de serlo debe existir un hueco para diseñar medidas que minimicen el fenómeno de la evasión fiscal, el cual distorsiona enormemente las recaudaciones esperadas. La lucha contra la evasión fiscal debe pasar por un diseño de los impuestos claro, sencillo y fácilmente gestionable, así como por una mayor educación del contribuyente en términos de corresponsabilidad fiscal.