El coaching puede ser una herramienta muy útil, no porque ofrezca soluciones rápidas o recetas universales sino porque facilita el autoconocimiento.
La vida profesional es uno de los aspectos clave en el desarrollo del ser humano, por cuanto nuestro tiempo, energía y aspiraciones se concentran en el trabajo, que puede convertirse en una fuente de plenitud, o en una causa de frustración y desgaste.
Encontrar un trabajo alineado con nuestros valores, talentos y pasiones no es un lujo, sino una necesidad vital. Sin embargo, identificar qué nos mueve de verdad y qué sentido queremos dar a nuestra vida profesional no siempre es un camino directo. En ocasiones, está marcado por las expectativas de otros, las presiones sociales o nuestras propias limitaciones mentales.
En mi caso particular, en mi entorno familiar y educativo, se valoraba la estabilidad laboral, el tener un “trabajo para toda la vida”, buenos ingresos y una profesión reconocida. Con esas influencias elegí estudiar Derecho, una carrera que cumplía aparentemente con todos esos requisitos: prestigio, seguridad y amplias salidas profesionales.
Comencé mi vida laboral como abogada con una mezcla de ilusión y temor. La ilusión de iniciar una etapa para aplicar todo aquello para lo que me había preparado durante años. Pero también con cierto miedo: el presentimiento de que algo no encajaba del todo, pues la carrera de derecho me había costado mucho de estudiar y no me apasionaba en absoluto. Con el tiempo, ese presentimiento se volvió más evidente. La práctica de la abogacía se me hizo muy cuesta arriba, mientras la sensación de vacío crecía, incluso cuando lograba cumplir con los objetivos o participar en casos reconocidos.
En mi elección profesional, tuve en cuenta muchos factores externos –positivos, sin duda– pero no me tuve en cuenta a mí. No me pregunté qué me apasionaba realmente, ni qué tipo de tareas se me daban bien, ni qué tipo de conversaciones me llenaban de sentido. No me detuve a mirar mis talentos naturales, ni mi sensibilidad, ni la forma en que me relacionaba con los demás. No me pregunté qué misión quería cumplir en el mundo. Simplemente seguí un camino que parecía correcto desde fuera, pero que no resonaba dentro de mí.
Encontrar un trabajo alineado con nuestros valores, talentos y pasiones no es un lujo, sino una necesidad vital.
Estas cuestiones –la misión, el propósito, la vocación– pueden parecer demasiado filosóficas. Sin embargo, son preguntas profundamente humanas. Desde los tiempos más antiguos, el ser humano se ha preguntado: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Cuál es el sentido de mi vida?
A lo largo de los años, intenté explorar distintas áreas del Derecho: cambié de especialidad y de entorno laboral. Pero nada parecía funcionar. Hasta que finalmente recurrí a un proceso de coaching profesional, cuando había logrado el puesto soñado en el departamento legal de una compañía multinacional, y el vacío persistía en mí. Fue una decisión difícil de tomar, porque sabía que el inicio del proceso de coaching no me dejaría indiferente, como así fue.
Ese proceso marcó un antes y un después en mi carrera profesional. No porque el coaching tuviera respuestas mágicas, sino porque me permitió realizarme las preguntas adecuadas, para conectar con mi verdadera identidad, que estaba muy lejos de la abogacía. Comprendí que mis talentos no estaban en resolver conflictos legales, redactar documentos jurídicos, pasar horas frente a un ordenador. Mis talentos se activaban en otras tareas: la escucha activa y las conversaciones profundas con los demás, en la enseñanza y el acompañamiento al desarrollo de otras personas. Comprendí que no había nacido para ser una solucionadora de conflictos, sino una desarrolladora de talentos.
Ese descubrimiento fue tan liberador como desafiante. Supuso replantearme toda mi trayectoria profesional. A los 37 años, decidí dejar atrás la carrera como abogada y comenzar una nueva carrera como coach. Invertí tiempo, dinero y esfuerzo en una nueva formación, esta vez elegida desde la autenticidad, sin tener en cuenta la seguridad. Y aunque fue una apuesta arriesgada, diez años después puedo afirmar con convicción que valió la pena.
Hoy trabajo como coach jurídico y ejecutivo, ayudando a otras personas a redescubrir su camino profesional, a reconectar con sus talentos y a redefinir su propósito vital. En cada proceso de acompañamiento que realizo, reconozco ecos de mi propia historia.
Desgraciadamente, en la actualidad hay muchas personas atrapadas en trabajos que no les llenan, por miedo a cambiar, por lealtades invisibles, o simplemente porque nunca se han detenido a reflexionar en profundidad.
¿Cuáles fueron las señales que me indicaron que estaba atravesando una crisis profesional?
– Una apatía creciente y la falta de interés por las tareas cotidianas.
– Un sobreesfuerzo constante para rendir, sin sentir entusiasmo y con un sentimiento de vacío tras la consecución de las metas.
– Una sensación de monotonía y agotamiento, especialmente los domingos por la tarde, al vivir con estrés la llegada del lunes.
Estas señales, aunque sutiles al principio, se fueron intensificando. En algunos casos, un cambio de lugar de trabajo puede ser suficiente para mejorar la situación. Pero cuando los síntomas persisten incluso con cambios externos, es probable que estemos ante una crisis más profunda: una desconexión entre lo que hacemos y lo que realmente somos.
El coaching puede ser una herramienta valiosa en esos momentos. No porque ofrezca soluciones rápidas o recetas universales, sino porque facilita el autoconocimiento. El coach no da respuestas, sino que guía a las personas a un proceso de reflexión a través de preguntas poderosas, que pueden abrir puertas internas que estaban cerradas. Nos permiten revisar nuestras creencias, reconocer nuestros deseos reales y trazar un plan de acción coherente con nuestra identidad y nuestras necesidades vitales.
La transformación profesional no siempre implica romper con todo. A veces, se trata simplemente de reorientar todo lo aprendido en una nueva forma de trabajar, de alinear nuestras decisiones con lo que somos hoy, no con lo que creíamos que debíamos ser ayer. Cada historia es única. Lo importante es que esa historia sea verdadera para quien la vive.
Hoy sé que el trabajo no tiene por qué ser un sacrificio, sino un espacio de realización, de creatividad, de encuentro con los demás, para que nuestro talento alcance nuestro máximo potencial y podamos ser una expresión auténtica de quiénes somos.