La economía española ha dejado de caer en productividad, pero necesita orientar su potencial hacia la inversión en innovación y el fortalecimiento empresarial.
El PIB de la economía española ha crecido un 2,8 % en el último trimestre, casi el doble que la media de la Unión Europea (1,5 %), tres veces más que el observado en Francia (0,9 %), siete veces más que en Italia (0,4 %) y nueve veces más que en Alemania (0,3). Este mejor comportamiento viene observándose ya desde hace una década con la salida de la Gran Recesión. El crecimiento español fue superior a los del resto de países mencionados en tres cuartas partes de los 47 trimestres desde 2014. Por lo tanto, la Gran Recesión de 2008 a 2013 fue una suerte de catarsis para nuestra economía en lo que algo cambió.
Este cambio también se observa en la productividad, un aspecto que se analiza ampliamente en el Observatorio de la Productividad y Competitividad elaborado conjuntamente por la Fundación BBVA y el Ivie. Entre 2000 y 2014, la productividad total de los factores (PTF), un indicador sintético de la eficiencia productiva del país que considera conjuntamente la evolución del capital y el trabajo, disminuyó un 2,6 %. Desde 2015, y con la salvedad de 2020-2021 por la crisis de la covid-19, ha cambiado la tendencia y la productividad ha crecido, aunque moderadamente, de forma continua. Además, ha perdido el carácter anticíclico, siendo actualmente procíclica, como suele ser habitual en la mayoría de los países de nuestro entorno. La PTF ha crecido en promedio un 0,9 % anual entre 2014 y 2025 (excluyendo 2020 y 2021 por la pandemia). Aunque este crecimiento no significa un cambio radical, sí que podría plantearse la hipótesis de un cambio de régimen o de rumbo a partir de 2014.
Es este contexto cabe preguntarse ¿por qué el comportamiento de la productividad fue tan negativo en los años previos a la Gran Recesión? ¿Qué ha cambiado desde entonces?
Sobre la primera pregunta varias explicaciones son complementarias. Algunas de ellas son conocidas, como que estamos especializados, el famoso modelo productivo, en actividades en las que el crecimiento de la productividad es menor, como la hostelería y restauración, la construcción, el comercio, o los servicios profesionales. Además, la inversión en innovación y en I+D es reducida. España destina apenas el 1,5 % de su PIB a gasto interior en I+D, frente al 2,1 % de la media de la Unión Europea, 2,2 % de Francia, 3,1 % de Alemania, y tiene la menor ratio de patentes por habitante de los países europeos.
Asimismo, hay un componente derivado de distorsiones en la composición de la inversión. Durante los años de la burbuja inmobiliaria se invirtió mucho, demasiado, en activos inmobiliarios (viviendas y otras construcciones) caracterizados por ser menos productivos y que tienen que ser mantenidos en el balance durante largos periodos. Por ejemplo, si se considera la distribución del capital no residencial, el 74,2 % del total son otras construcciones (edificios y estructuras) de las empresas en España, frente a valores más reducidos en otros países (67,3 % en Francia, 66,6 % en Italia, 64,6 % en Alemania). Este exceso de inversión en activos menos productivos se ha realizado a costa de la inversión en otros más virtuosos para la productividad, como los activos asociados a las tecnologías de la información y comunicaciones, pero sobre todo los activos intangibles (5,3 % del stock de capital en España, frente a 10,3 % en Francia; 5,7 % en Italia, 8,9 % en Alemania o 24 % en Irlanda), como la imagen de marca, la I+D, el software o la formación a cargo de la empresa.
En segundo lugar, en el mercado de trabajo también había problemas. Tradicionalmente ha existido una elevada dualidad en el tipo de contratos, con un excesivo peso de los contratos temporales. España era, con diferencia, el país europeo con mayor temporalidad (el 25 % de los contratos eran temporales), aunque se ha reducido fruto de la reforma laboral de finales de 2021 (el 15,9 % de los contratos son temporales, parecido a Francia, 15,4 %, 14,7 % en Italia y 11,4 % en Alemania). Esto tenía un efecto negativo sobre los incentivos de las empresas y de los trabajadores para mejorar su formación, y así impulsar el esfuerzo y la productividad. Los sistemas formales de búsqueda de empleo, particularmente el sistema público de empleo, son deficientes. También existe una brecha entre las cualificaciones que requiere la transformación digital de las empresas y las que disponen los trabajadores. España es el país de la Unión Europea con menor proporción de trabajadores en empleos altamente cualificados, y de los que menor peso tienen los graduados y matriculados en disciplinas STEM.
Pese a este contexto, la productividad en España ha mejorado desde 2015 por una combinación de factores que ha permitido que las empresas trabajen con mayor eficiencia. La economía viene ajustando el exceso de capacidad en activos inmobiliarios acumulado tras la crisis y la inversión comenzó a orientarse hacia activos más productivos. El proceso de desapalancamiento también ha reducido vulnerabilidades y ha liberado margen para otras inversiones. Las medidas de flexibilidad y modernización –en el mercado de trabajo, en los de bienes y servicios, etc.– también han ayudado.
La productividad ha mejorado desde 2015 por una combinación de factores que ha permitido que las empresas trabajen con mayor eficiencia.
Uno de los elementos más importantes para explicar este cambio es la dualidad que tiene la economía española en su tejido productivo, y su relación con lo que los economistas llamamos eficiencia asignativa. En España existen diferencias de desempeño muy significativas entre las empresas líderes –las de mayor productividad dentro de su sector– y el resto, en concreto respecto a las más rezagadas. En las primeras, la productividad avanza a buen ritmo, por encima de la media, por lo que la reasignación de factores productivos hacia las empresas más productivas explica una parte de la mejora.
Persisten sombras en esta última dimensión, ya que el potencial de una reasignación más intensa está lejos de haberse agotado. Las empresas zombis, que tienen su viabilidad comprometida por falta de rentabilidad, modelo de negocio apropiado, etc., pesan mucho, y no terminan de salir del mercado. Existen barreras para el crecimiento empresarial, particularmente de las empresas más eficientes: restricciones financieras, trabas burocráticas y administrativas, regulatorias y de unidad de mercado. Asimismo, deberían mejorar los modelos de gestión, pues existen diferencias muy sustanciales. En el contexto de la empresa española, donde dominan las pequeñas empresas, y en las que la gestión no está separada de la propiedad, este aspecto es particularmente relevante. La falta de dinámica empresarial en España es otro de los aspectos preocupantes. La renovación del tejido productivo es mucho menos intensa que en otros países, y las empresas tienen dificultades para crecer.
Se debería potenciar el crecimiento de las empresas líderes, cuya productividad avanza a buen ritmo, y la salida de las ineficientes.
En suma, la economía española ha cambiado de rumbo en la evolución de la productividad, pues ya no decrece sistemáticamente y ha perdido el carácter contracíclico. Pero todavía no se vislumbra el rumbo que seguimos y no se divisa un horizonte claro, pues las debilidades son múltiples. Se debería potenciar el crecimiento de las empresas líderes, la salida de las ineficientes, impulsar la inversión en innovación, en I+D y en activos intangibles y en la formación de cuerpos directivos y trabajadores. Hay potencial, pero tenemos que ser capaces de seguir una brújula que nos lleve a buen puerto.
