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Ahorra con éxito, invierte con sentido

La inversión es lo opuesto al sesgo del presente, donde tendemos a preferir la gratificación actual que una mayor en el futuro.

Las finanzas son fundamentales para nuestra vida, sea para comprarnos una casa, pedir un préstamo, entender el valor del dinero en el tiempo debido al impacto de la inflación sobre nuestro patrimonio, prepararnos ante sorpresas inesperadas o para nuestra jubilación. Nadie es inmune a las finanzas y su conocimiento nos ayudará en muchas de las decisiones de nuestra vida.

Antes de empezar tenemos que entender el concepto del ahorro, porque sin este no se puede invertir. En general, nos cuesta mucho ahorrar. Por un lado, siempre hay muchas excusas para retrasar la decisión o surge algo sobrevenido que nos limita dar este primer paso. Cuando somos jóvenes, pensamos que tenemos tiempo de sobra hasta llegar a la jubilación, o que nunca tendremos un imprevisto. Pero en un abrir y cerrar de ojos, nos llega una situación comprometida, un problema médico, una avería en el coche, un despido o, a los cuarenta, empezamos a darnos cuenta de que no queda tanto para nuestra jubilación, y que el estilo de vida que llevamos con la hipoteca, los niños, las cuotas del coche no nos deja mucho margen para acumular suficientes fondos para cuando llegue ese momento.

Por tanto, cuanto antes nos demos cuenta de la importancia del ahorro, antes podremos beneficiarnos de la inversión gracias a la fuerza del interés compuesto. Poco dinero ahorrado, si se invierte bien, trabaja para nosotros y crece exponencialmente. Por ejemplo, 1.000 euros invertidos al 7% doblan su valor en 10 años, y cuatriplica en 20 años, y multiplica por 8 en 30 años, y por 15 veces en 40 años.

El ahorro es un primer paso y exige esfuerzo, pues estamos difiriendo consumo actual por uno futuro. Warren Buffet dijo “gasta lo que te quede después de ahorrar y no ahorres lo que te quede después de gastar”.

Sin embargo, el ahorro es condición necesaria pero no suficiente, porque si lo dejamos quieto, iremos perdiendo su capacidad de compra con el paso del tiempo por el efecto de la inflación. Por este motivo, tenemos que conseguir, al menos, mantener nuestra capacidad de compra a través del tiempo con ese dinero que hemos apartado y, si es posible, generar un rendimiento adicional para compensarnos por el sacrificio realizado.

Una forma de filtrar es no invertir en nada que no se entienda en 30 segundos, y, siempre, ante dos opciones, decantarse por la más sencilla.

Para conseguir batir el desgaste natural del dinero, tenemos que pasar de ahorrador a inversor. La forma más sencilla para empezar a invertir es hacerlo, poco a poco, con el ahorro que no se vaya a necesitar a corto plazo. La inversión es lo opuesto al sesgo del presente, donde tendemos a preferir la gratificación actual que una mayor en el futuro. Para las personas, el futuro está lleno de amenazas, y al no saber cómo invertir adecuadamente se tiende a postponer dicha decisión, desaprovechando la pócima mágica de la inversión, el tiempo.

Siendo ahorrador, obtenemos rendimientos discretos, generalmente en línea o por debajo inflación, y a cambio, dormimos tranquilos, pero poco a poco nos vamos empobreciendo. En cambio, cuando se empieza a invertir, aparecen las incertidumbres, perdemos sensación de control con lo que tanto nos ha costado conseguir pero, a cambio, nos exponemos a una mayor rentabilidad futura. Esta mayor expectativa viene acompañada de oscilaciones al alza y a la baja y, casi siempre, acompañada de temor y desconocimiento que nos genera desconfianza hasta que se entiende –de verdad– cómo funciona la actividad de la inversión.

Esta situación es normal, porque no sabemos invertir, y porque nos centramos en exceso en la rentabilidad a obtener. El mayor obstáculo en la inversión es el propio inversor. Si uno se para a pensarlo, llevamos en la Tierra unos 200.000 años y, de ese tiempo, menos de 200 años invirtiendo, es decir, el 0,1% de este tiempo. Por tanto, no tenemos desarrollado nuestro ADN para esta actividad. Resulta que la inversión es antinatura.

El siguiente gran obstáculo es el miedo a no “meter la pata”. El desconocimiento hace que posterguemos nuestras decisiones y que, cuando las realicemos, en cuanto nos veamos amenazados deshagamos estas inversiones, ya que tenemos incorporado en nuestro instinto la defensa ante las amenazas y salir huyendo es un modo de defensa que, por desgracias, nos lleva a desinvertir, curiosamente, en los peores momentos.

En realidad, cuando ahorramos también estamos expuestos a la incertidumbre porque no sabemos nuestro resultado final después de descontar la inflación, pero tendemos a vivir de manera menos alterada porque el valor nominal de nuestro ahorro, en el peor de los casos, no bajará. Lamentablemente, es una tranquilidad irreal que sigue la idea de “ojos que no ven, corazón que no siente”.

La inversión requiere de un trabajo previo para entender qué buscamos con nuestra inversión, cuáles son nuestros objetivos, y desarrollar una disciplina de procesos. Esta disciplina será mucho más llevadera si conseguimos entender lo que hacemos y cómo lo hacemos.

Habitualmente, se tiende a invertir de manera equivocada, partiendo de la idea de que un número determinado de activos “buenos” pueden ayudar a construir una cartera eficiente, lo que es totalmente equivocado. Si tengo un número de activos que lo hacen bien durante una parte del ciclo económico, seguramente lo hagan todos mal en otro momento.

Es decir, buscamos “forrarnos”, poniendo la rentabilidad como primera condición. En cambio, el proceso de invertir se debe realizar entendiendo bien cuales son nuestros objetivos, cual es nuestro plan para traducirlo a parámetros de inversión, primero por clases de activos y después por los propios instrumentos. Este ejercicio es el responsable del 90% del éxito en nuestras inversiones, dejando únicamente menos del 5% para las decisiones tácticas y hasta otro 5% para la selección de los instrumentos finales.

En consecuencia, la mejor forma de filtrar una inversión es tapando la cifra esperada de rentabilidad, valorar si esta nos aporta un valor añadido al conjunto de nuestras inversiones, y si no lo cumple no optar a ella, por muy buena rentabilidad hipotética que ofrezca.

La segunda forma de filtrar inversiones, por su propia seguridad, es no invertir en nada que no se entienda en 30 segundos. Y, siempre, ante dos opciones, hay que decantarse por la más sencilla.

Cuando se invierte en los mercados financieros hay que entender que es un tipo de actividad distinta a la que se realiza cuando se invierte en empresas o en inmuebles de forma directa. No trate de aplicar la misma técnica y estrategia porque no funciona.

Entre otras muchas diferencias, en las empresas y en los inmuebles se requieren importes más elevados en pocos activos, y se suele invertir para períodos más amplios porque no es sencillo ni barato desinvertir en ellos. Este mayor plazo les otorga una característica adicional de iliquidez. Este conjunto de características anteriores deja poco margen para la diversificación y con ello, aumenta el nivel de riesgo de las inversiones.

En cambio, con los activos financieros se busca lo contrario, la diversificación sectorial y geográfica, un mayor grado de liquidez y menor riesgo de liquidación. En este sentido, se intenta reducir los riesgos correspondientes a pérdidas económicas no recuperables.

Hoy en día podemos, fácilmente y de manera muy económica, invertir en todas las empresas del mundo y en cualquier combinación de bonos dependiendo de los objetivos que tengamos a un golpe de clic. Por tanto, lo fundamental es alinear nuestros objetivos personales con las múltiples alternativas del mercado.

Empezando por lo urgente del ahorro y las inversiones, de esta forma, y si lo hacemos bien, estaremos ordenando nuestra vida y tomando decisiones oportunas en cada momento.

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