Cataluña Económica

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Por un sector agroalimentario saludable

El sector agroalimentario presenta unas credenciales que permiten calificarlo como estratégico dentro de la economía española.

De un tiempo a esta parte nuestro sector agroalimentario ha conseguido hacerse un hueco en muchas agendas, portadas, informes e incluso en alguna mesa de despacho de centros de decisión importantes de nuestra sociedad. Y su relevancia no es fruto de una oportunidad o un día. De hecho, siempre, de forma puntual y fiel, está presente en nuestras mesas a la hora del desayuno, comida, cena e incluso en el aperitivo o la merienda. Se encuentra invariablemente en la cotidianeidad de nuestras vidas. Sin embargo, el efecto de lo rutinario hace que a veces no nos demos cuenta de su valor hasta que surge una crisis como la provocada por la Covid-19, que sirve para poner en relevancia o hacer aflorar realidades ocultas.

El sector agroalimentario supone el 12% de nuestro PIB y genera 2,4 millones de puestos de trabajo, es decir el 9,1% del empleo total. Además, representa el 20% de nuestra cesta de la compra. Como datos comparativos sirvan los siguientes: la industria agroalimentaria supone en valor siete veces más que la industria farmacéutica y más del doble que la industria de automoción. Sólo la cárnica es ya mayor que toda la industria química.

Si lo comparamos con el mismo sector del resto de Europa, en España somos un 34% más productivos y un 30% más competitivos que nuestros socios comunitarios, y nuestras exportaciones de productos agroalimentarios suponen un 17,6% del total de los bienes y servicios que vendemos al exterior. Esto se traduce en 52.530 millones de euros, lo que nos sitúa en cuarto lugar en el ranking europeo, con un aumento del 4,3% a pesar de la pandemia.

Si nos centramos en los datos de Catalunya, el volumen del sector supera los 38.000 millones de euros, un 16,25% del PIB, y llega a más del 22% si incluimos el canal HORECA (hoteles, restaurantes y catering). El sector agroalimentario es el primero dentro de la industria catalana (22,30% del total) con casi 4.000 empresas y cerca de 90.000 personas trabajando de forma directa. Y su dinamismo es claro: cuenta con más de 1.500 empresas calificadas como startups e importantes centros de investigación y desarrollo (por ejemplo, IRTA, Universidades, etc.), así como empresas privadas donde la apuesta por la innovación se centra en puntos clave del desarrollo del negocio como la sostenibilidad, la tecnología, los envases, la seguridad alimentaria o los nuevos productos. Todo ello tomando como base un elemento tradicional como es la dieta mediterránea, tan arraigada en nuestra sociedad.

Estabilidad y resiliencia

Una de las principales fortalezas del sector agroalimentario es su estabilidad y su capacidad de reacción ante las crisis, como quedó claro durante la pandemia con la rápida implementación de medidas excepcionales que aseguraron el suministro a la población de los productos necesarios, en condiciones complejas y con una elevada incertidumbre. En otras ocasiones, acuerdos políticos o comerciales han afectado de forma muy directa al sector y le han obligado a realizar cambios y adaptaciones, por ejemplo, cuando se produjo el cierre del mercado ruso, o con la imposición de nuevos aranceles en el mercado norteamericano. En definitiva, es un sector resiliente y flexible con una capacidad de respuesta dinámica y acorde al marco estratégico en el que se enclava.

Los productos agroalimentarios españoles son muy demandados y valorados en el exterior, lo que contribuye de una forma muy positiva a la mejora de la balanza comercial (el superávit agroalimentario es de 17.337 millones de euros), reduciendo la dependencia del consumo interno. En 2020 se alcanzó una tasa de cobertura del 136,2%, mientras que en 1995 era del 80,2%. La evolución de las exportaciones es un factor para tener muy presente, pues en el último quinquenio se ha quintuplicado su valor hasta los 19.559 millones de euros gracias fundamentalmente a las frutas y verduras, junto con el cárnico (9.842 millones de euros). Además, se ha producido una diversificación de los países de destino de nuestros productos, que han pasado de pertenecer a la UE a ir ampliándose a otros mercados como el asiático y el americano.

Cabe destacar especialmente que la evolución y el crecimiento de este sector es debido en parte a lo que llamamos “capacidad de vertebración del territorio”, y que lo lleva a ocupar la denominada “España vaciada”, tanto con la implantación de explotaciones agrícolas y ganaderas como de industrias de transformación y comercialización de productos de alimentación. De buen seguro que al lector le vendrán a la cabeza importantes grupos agroalimentarios con sedes en poblaciones alejadas de las grandes urbes, y sin las cuales no hubiera sido posible cohesionar, mantener y aglutinar en su entorno un importante valor añadido que discurre por toda la cadena de valor. Junto a ello, están las diferentes formas de asociacionismo (por ejemplo, cooperativas) que han venido a enriquecer y generar un modelo con gran capacidad de agrupar y con unas amplias líneas de evolución y mejora.

La cadena agroalimentaria es un ente complejo, un ecosistema con muchos y variados eslabones que en muchas ocasiones actúan bajo intereses y acciones totalmente opuestos y en plena contradicción: por un lado, el sector primario/producción, agricultura y ganadería; por otro la transformación/industrialización, fábricas y unidades productivas; y en tercer lugar la comercialización, que se encuentra cerca del consumidor. Y ello se ve agravado por la diversa composición de las empresas constitutivas del sector, dado que más del 90% son pymes cuyo tamaño no permite llevar a cabo acciones o proyectos que necesitan contar con una “masa” que asegure la gestión, los niveles de inversión y riesgo, la operativa, la participación y la diversidad para tener éxito. Es decir, supone una debilidad manifiesta que requiere la realización de un planteamiento y una visión conjunta que haga aflorar las sinergias existentes en busca del tan ansiado win-win.

Para romper esta tendencia, son muy loables algunos proyectos surgidos a raíz de la llegada de los Fondos Next Generation, que han conseguido aglutinar diferentes partes de la cadena de valor propia (producción con transformación e incluso con industria auxiliar y centros de investigación). Esperemos que puedan cuajar y acaben ejecutándose, revertiendo de forma positiva en el territorio, las empresas y las entidades participantes, y por ende en nuestra economía.

La notoriedad, tantas veces anhelada por los diferentes elementos del ecosistema agroalimentario, va ganando progresividad para los agentes integrantes del entramado social y económico. El ejemplo lo tenemos en los Fondos de Inversión, que han virado sus estrategias para participar de los modelos de negocio planteados dentro del sistema, con importantes valoraciones de empresas como una fuente alternativa de financiación o participación en el negocio.

La innovación es clave

La transformación digital es uno de los grandes procesos en los que el sector agroalimentario necesita incrementar de forma ostensible su velocidad de introducción. Seguramente muchos de los factores y debilidades explicados hacen que no sea sencillo afrontar este desafío, que muchas veces se percibe más como una imposición que como una ventaja competitiva. El entorno, el cliente, el consumidor, la innovación, la información, la tecnología y la automatización, la industria 4.0, la optimización de recursos y hasta el desperdicio alimentario son razones suficientes para considerar que se trata de un desafío prioritario. Acceder a las tecnologías, encontrar las fuentes necesarias de financiación, establecerlo como un proyecto propio de la empresa son factores que permitirán allanar el camino a esta necesidad y obligación dentro de la evolución propia del sector (primario, transformación y comercialización). Y para ello es imprescindible disponer del talento adecuado que sepa ejecutar las transformaciones que se exigen, profesionales formados en diferentes ámbitos con una visión clara, global y continua de la cadena de valor; equipos multidisciplinares con aportación de valor añadido al proyecto y capacidad de liderazgo frente a un entorno cambiante.

La irrupción del concepto “sostenibilidad” en el sector agroalimentario ha acelerado de forma intensiva la introducción de la transformación digital.

A pesar de ser una asignatura pendiente, la irrupción del concepto “sostenibilidad” en el sector ha acelerado de forma intensiva la introducción de la transformación digital. La traducción en políticas basadas en el green deal y farm to fork ha aumentado el grado de exigencia para que las empresas prioricen dentro de su estrategia este proceso y que la implicación de la organización, y por tanto de las personas, sea máxima, siempre como una herramienta para conseguir los objetivos planteados. En este contexto, se hace imprescindible la gestión de la información, su tratamiento y transparencia dentro de la cadena de valor junto a su comunicación al consumidor. También la implementación de sistemas productivos que funcionen en base a previsiones de la demanda, con la consiguiente reducción del desperdicio y la eficiencia de los insumos (agua, energía, materiales, mano de obra, mermas, logística, mantenimiento, etc.).

La sostenibilidad entendida en sus tres acepciones, económica, medio ambiental y social, ha inundado de forma intensa nuestra sociedad y ha sacudido de manera contundente muchos criterios, formas de pensar y estrategias, generando e impactando muy directamente en el sector agroalimentario a través del denominado green deal y sobre todo el farm to fork impulsado por la UE, ambos comentados anteriormente. Un primer efecto y de valor muy inmediato ha sido la incorporación de una forma u otra de medidas de sostenibilidad en las estrategias de las empresas de alimentación, que se han fijado objetivos como la reducción de emisiones, la descarbonización, la disminución de envases y la introducción de una economía circular, entre otros. Estas empresas han aceptado, interiorizado, asimilado e implementado medidas en favor y acción de los ODS, tanto desde el punto de vista energético como en sus proyectos de inversión. Se han empezado a acuñar términos como “alimentación sostenible”, reforzando todavía más la apuesta por hacer compatible nuestro sistema productivo alimentario con el entorno natural en busca de un importante objetivo adicional: llevar al consumidor hacia el foco de todas las acciones y que sea el verdadero protagonista.

En la evolución del sector la innovación es un factor clave, pues debe adaptarse a las nuevas normativas y tendencias de consumo, que tiene un alto grado de polarización y además se produce a través de diferentes canales (omnicanalidad). Como consecuencia, ya se trabaja para desarrollar procesos productivos eficientes, ofrecer alternativas a los alimentos actuales (diferentes orígenes de la proteína), se cuenta con la biotecnología para la nutrición de precisión, se trabaja también la comunicación y se están integrando tecnologías (agro-tech y food-tech). Poco a poco se van adoptando nuevos modelos de negocio basados en la economía circular. Sin embargo, no hay que olvidar lo conseguido hasta ahora: seguridad alimentaria, calidad, trazabilidad y un muy alto nivel de las instalaciones.

Se trata de retos y realidades que hay que contemplar e incorporar en las estrategias y planes de acción. El entorno es propicio, pues los fondos Next Generation serán una palanca económica muy importante, constituirán la aportación monetaria mayor de los últimos tiempos con una clara implicación hacia próximas generaciones, siendo necesario gestionarla de una manera adecuada.

Se hace imprescindible transformar las debilidades del sector en fortalezas, ganar en importancia, voz y peso en nuestra sociedad y, sobre todo, en el ámbito de las decisiones estratégicas de la economía. Ahora es la oportunidad porque tendremos el entorno y el marco idóneos para continuar afirmando que el sector agroalimentario es y será estratégico para nuestro país.

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