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Violencia laboral interna: un riesgo silenciado

Reconocer que la violencia es violencia, también en el trabajo, es el primer paso para proteger a las personas y, al mismo tiempo, fortalecer las empresas.

En los últimos años, las organizaciones hemos incorporado con fuerza conceptos como bienestar, liderazgo saludable o cultura preventiva, impulsados por una creciente base legislativa. Sin embargo, cuando aparecen comportamientos internos que causan daño real y sostenido a las personas, todavía nos cuesta usar el término violencia y, a menudo, el lenguaje se vuelve evasivo (“mal clima”, “problemas relacionales”, “falta de cohesión”, “conflictos enquistados” …).

Por otro lado, las personas afectadas suelen tardar en pedir ayuda o callan por miedo a represalias, por desconfianza en los canales formales o por experiencias previas de indiscreción o inacción. Estos comportamientos, más allá del componente individual, ponen de manifiesto deficiencias relacionadas, por ejemplo, con el liderazgo y la capacidad de generar espacios de confianza.

La violencia laboral interna puede aparecer en todo tipo de empresas y organizaciones, sea cual sea su situación o modelo de negocio, y constituye un riesgo que sigue siendo ampliamente infravalorado, a pesar de los datos que vamos conociendo:

– 15% de empleados afectados (España).

– 7 personas de cada 10 no denuncian.

– 70%-80% de casos de acoso laboral sin trámite interno ni denuncia externa.

– 72% de las mujeres acosadas en el trabajo no lo comunican por miedo o desconfianza.

Definir bien para intervenir mejor

La violencia laboral interna engloba todas las conductas verbales o físicas amenazantes, intimidatorias, lesivas o acosantes que se producen entre personas que forman parte de una misma organización. Adopta varias modalidades, a menudo conectadas entre sí:

– Amenazas, intimidaciones o agresiones verbales directas.

– Aislamiento, deslegitimación profesional o privación sistemática de recursos.

– Discriminación basada en género, edad, origen u otras características personales.

– Prácticas estructurales que generan daño sostenido sin un agresor individual claro.

– Comunicación asíncrona y poco visible a través de correos, mensajería o plataformas internas.

Incluye desde episodios extremos y agresiones físicas visibles hasta formas sutiles, repetidas y normalizadas más difíciles de detectar.

Es importante no confundir estas situaciones con simples desacuerdos o tensiones puntuales y, al mismo tiempo, ser capaces de aceptar que exista violencia en nuestras organizaciones. No se trata de dramatizar, sino de apostar por el rigor y la responsabilidad.

Tenemos que abordarla directamente para anticipar riesgos, proteger mejor a las personas y salvaguardar la sostenibilidad de nuestros proyectos. Reaccionar demasiado tarde provoca daños personales irreparables, impacta negativamente en el negocio (productividad, compromiso, retención del talento, reputación…) y puede implicar consecuencias legales.

Necesitamos ciencia y anticipación

La gestión de la violencia laboral interna se ha basado fundamentalmente en la reacción: protocolos que se activan tras la denuncia, investigaciones y medidas disciplinarias. Estas actuaciones son necesarias, pero insuficientes. Llegan tarde y se centran en el daño ya producido.

Así mismo, las estrategias y la asignación de recursos preventivos se han apoyado más en la intuición experta que en modelos estructurados y validados; faltan herramientas específicas fiables para determinar el riesgo de que ocurra un hecho violento y evaluar la efectividad de las acciones que llevamos a cabo para anticiparnos a él.

Señalar individuos suele generar miedo y defensas, mientras que analizar la organización como un todo aumenta las posibilidades de mejora.

La sensibilización global sobre esta grave realidad es cada vez mayor y ha llegado el momento de construir un marco riguroso, basado en evidencias y en todo el conocimiento científico disponible. Este nuevo marco nos permitirá intervenir de forma anticipativa y disponer de un criterio fiable para decidir en qué ámbitos concentramos nuestros esfuerzos preventivos.

Los códigos de conducta o las políticas y protocolos bien redactados no disminuyen, por sí solos, la violencia en las organizaciones. Hay que sostenerlos en el día a día, especialmente desde el liderazgo, y complementarlos con otros recursos que son, incluso, más determinantes.

De las personas al entorno

Desde este marco anticipativo, nuestra propuesta metodológica (PREVIO®) parte de una constatación clave: señalar individuos suele generar miedo y defensas, mientras que analizar la organización como un todo aumenta las posibilidades de mejora. Además, en muchos casos, las empresas ya saben dónde están las tensiones y esta información no les aporta valor.

En lugar de preguntar “¿quién es el problema?”, nos preguntamos “¿qué factores están aumentando el riesgo de violencia aquí y ahora?”. Este cambio de enfoque reduce la personalización del conflicto, promueve la corresponsabilidad y permite a las organizaciones actuar sin necesidad de buscar culpables.

La evidencia científica nos confirma que lo que marca realmente la diferencia son las características específicas de cada entorno (fábrica, hospital, oficina, grandes almacenes…): el compromiso real de la dirección, las decisiones, el tiempo y los recursos que se asignan a la prevención, la configuración de la plantilla, la ubicación, la densidad de empleados, la distribución de los espacios, los procesos de selección, etc.

Es violencia, sí

Los cambios más profundos suelen empezar con una toma de conciencia incómoda: descubrir riesgos allí donde se creía que no los había. Lejos de ser una debilidad, es una oportunidad de fortalecer el proyecto empresarial.

La violencia laboral interna no solamente daña a las personas y a la sociedad. Es un riesgo estratégico que afecta directamente a la sostenibilidad de las organizaciones. Mientras sigamos evitando el término por incomodidad, seguiremos llegando tarde, actuando cuando el daño ya está hecho.

Hablar claro, basarse en evidencias y apostar por la anticipación no es una cuestión ideológica, sino de buena gestión. Reconocer que la violencia es violencia, también en el trabajo, es el primer paso para proteger a las personas y, al mismo tiempo, fortalecer las empresas.

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