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EDUARDO FERRER: “Queremos convertirnos en el referente global de la óptica espacial”

Eduardo Ferrer es CEO y cofundador de Slimop Space, una startup tecnológica que desarrolla una nueva generación de telescopios orbitales ultraligeros para satélites. Ingeniero con una larga trayectoria en la industria electrónica y en el sector de las telecomunicaciones, representa un perfil infrecuente en el ecosistema emprendedor, el de quien funda una deeptech en una etapa avanzada de su carrera profesional. Reconocida recientemente con el Premio Nacional de Industria en la categoría de emprendimiento industrial, Slimop Space afronta hoy una fase decisiva de su desarrollo. Ferrer nos explica por qué.

Slimop Space trabaja en un ámbito muy especializado. ¿Qué problema resuelve hoy su tecnología?

Slimop es el acrónimo de Super Lightweight Materials for Optical. Nos centramos en fabricar la nueva generación de telescopios para la observación de la Tierra y para las comunicaciones ópticas. Somos constructores de hardware. Una empresa de upstream que desarrolla componentes para integrar en satélites que después operarán terceros. Trabajamos en un ámbito muy especializado, y nuestra tecnología supone una ruptura radical con lo que se ha venido haciendo durante los últimos 350 años. Nuestro enfoque va a cambiar el paradigma de construcción de telescopios. Hablamos de telescopios orbitales diseñados para operar en el interior de un satélite, que permanecen en órbita de forma continua captando imágenes y transmitiendo información.

Cuando se habla de empresas espaciales se habla sobre todo de innovación…

Casi todo en el espacio está prácticamente por hacer. Se estima que en los próximos diez años se lanzarán más de 45.000 satélites, según consultoras de referencia del sector. Y las cifras no dejan de crecer. Elon Musk ya ha solicitado autorización para lanzar 100.000 satélites, y China ha presentado permisos para otros 200.000. Es un proceso continuo y en aceleración permanente. La economía del espacio está todavía en sus primeras fases, y la demanda no hará más que aumentar.

Todo se acelera. Los teléfonos móviles que llevamos encima evolucionarán hacia una nueva generación que permitirá conectarse directamente con el satélite, sin pasar por infraestructuras terrestres. Es técnicamente viable, aunque su implantación masiva llevará su tiempo. Con ello llegarán nuevos servicios. A nivel de usuario particular, por ejemplo, será posible obtener en tiempo real una imagen de tu propia vivienda y decidir si la descargas al instante.

El impacto de los satélites equipados con nuestros telescopios alcanzará a todos los sectores de la economía: la agricultura, la logística, la gestión medioambiental, la seguridad marítima y muchos otros. La demanda potencial no ha hecho más que empezar.

En su sector compiten compañías muy capitalizadas, ¿cuál es la principal ventaja competitiva de Slimop Space?

Nuestro cliente directo es el integrador, el constructor del satélite. Una compañía que lanza un cohete para una misión espacial concreta y que, una vez en órbita, genera una enorme cantidad de información susceptible de ser utilizada para necesidades muy diversas del mercado. Las aplicaciones derivadas de esa información tienen un amplísimo abanico de posibilidades. Desde un agricultor que necesita conocer el estado de sus cultivos hasta el capitán de un barco que requiere datos precisos de navegación. Nuestros telescopios pueden detectar incendios, analizar el estrés hídrico de un campo o identificar la presencia de amianto en tejados.

Nosotros fabricamos un subsistema del satélite y lo vendemos al fabricante, al ingeniero integrador de cada proyecto. Son las compañías de downstream las que desarrollan las aplicaciones finales, cada una con un uso diferente y específico, aprovechando la información que captan nuestros telescopios desde órbita. El mercado es global, y competimos con empresas americanas, asiáticas y de otras regiones del mundo.

En Catalunya seguimos teniendo empresas relevantes, pero nos falta ambición para convertirlas en empresas realmente líderes.

Pero lo que nos diferencia es que estamos desarrollando y patentando una tecnología nueva. Nuestro reto es ofrecer un telescopio que ocupe poco espacio, poco volumen y que pese poco, en respuesta a una tendencia clara del sector: los satélites son cada vez más pequeños y ligeros. Nuestros telescopios están concebidos para ser diez veces más ligeros y ocupar diez veces menos volumen que las soluciones actuales, además de ser económicos y poder fabricarse con rapidez. Hoy, un telescopio de estas características puede tardar entre 18 meses y dos años en entregarse. Con nuestra solución, ese plazo se reduce a dos o tres meses, con la misma calidad o superior. Los materiales y la metodología que empleamos son la clave de esta aceleración. Ese es nuestro valor diferencial, y lo que nos posiciona como una solución que el mercado lleva tiempo esperando.

¿Cuál es hoy el obstáculo más importante para crecer como empresa: financiación, capacidad industrial, acceso a clientes…? ¿Cuál ha sido su caso?

En 2026 completaremos un TRL 6, y en 2027 dispondremos de un prototipo con el que simularemos en laboratorio las condiciones reales del espacio: ingravidez, radiaciones, vibraciones, temperaturas extremas. Una vez superadas todas esas pruebas, desarrollaremos el prototipo ready to fly, que lanzaremos en el primer semestre de 2028 en condiciones reales en órbita. Si todo funciona según lo previsto, a partir de ese momento podremos empezar a vender. Ese será nuestro mejor certificado ante el mercado: resultados demostrados.

Para financiar todo este recorrido se necesita una arquitectura financiera compleja, que hay que gestionar con mucho cuidado. En las fases finales del proceso experimental, contemplamos también el acompañamiento de algún operador con quien poder experimentar y desarrollar un piloto conjunto. Un socio que comparta tanto el proceso como la financiación. Estamos trabajando en esa dirección, aunque no es sencillo encontrarlo entre socios españoles o europeos, porque ni España ni Europa tienen soberanía sobre esta tecnología. Hoy dependemos de adquirirla a terceros países, que la venden únicamente cuando tienen cubiertas sus propias necesidades.

En paralelo, tenemos asegurado el acceso a cliente, lo que nos permite financiar la compañía hasta 2028, año en el que esperamos empezar a generar ingresos por ventas.

Me gustaría subrayar que lo que estamos haciendo es ciencia, es I+D en estado puro. Es comparable a buscar una vacuna o desarrollar una nueva molécula, un proceso largo, exigente y difícil de financiar. A pesar de ello, lo estamos logrando. El camino incluye pruebas de concepto, tests iterativos y la participación activa de clientes en fases del desarrollo.

¿Dónde reside el foco: en la tecnología o en los materiales?

Para simplificarlo, el telescopio está configurado fundamentalmente por espejos, y es ahí donde se concentra nuestra propiedad intelectual. Contamos con dos patentes completas y una tercera en proceso sobre la estructura del telescopio. Los materiales en sí no están patentados, ni podría ser de otra manera, no son críticos y son accesibles en el mercado. Lo que sí es propio y diferencial es el tratamiento y la transformación que aplicamos sobre ellos. Eso es lo que protegemos y lo que nadie más puede replicar fácilmente. 

Catalunya lleva años intentando hacerse un hueco en el ámbito del New Space. ¿Qué le falta hoy al New Space catalán para generar más empresa y más negocio?

Contar con un posicionamiento sólido y una base industrial consolidada es fundamental para poder competir en este mercado. En el sector espacial, afortunadamente, los grandes fondos de inversión han empezado a ver claramente la oportunidad, y se están obteniendo resultados muy positivos. Eso sí, hay que tener en cuenta que son proyectos con una cadencia larga. Lo que se está recogiendo ahora son frutos sembrados hace varios años. Nosotros llevamos tres años, y en ese tiempo hemos avanzado mucho, aunque somos conscientes de que este tipo de proyectos requieren recorrido.

Catalunya empieza a tener sus propios campeones en el sector espacial, y sus futuros campeones. Pero me gustaría hacer una reflexión más amplia sobre el tejido empresarial catalán y español. Vemos cómo empresas con más de cien años de historia, llegado un relevo generacional, acaban vendiéndose o saliendo a bolsa, en lugar de apostar por crecer, por internacionalizarse, por adquirir. Nos cuesta dar ese paso. Seguimos siendo empresas relevantes, pero en algún momento esa inercia nos diluye. Creo que, en general, nos falta ambición.

Europa necesita más Europa: menos barreras regulatorias, un mercado único real y una apuesta decidida por su industria espacial.

Una gran oportunidad de transformación para muchas de estas empresas está en el sector de la defensa. En Catalunya ha tenido históricamente una aceptación baja, aunque eso está cambiando. La demanda es ahora mismo muy alta, y la seguridad se está convirtiendo en un negocio de primer orden que no podemos permitirnos ignorar.

Cuando se habla de soberanía tecnológica europea, ¿cree que ahí hay una oportunidad industrial real para empresas como la suya o todavía pesa más el discurso que el mercado?

Cuando trabajaba en telecomunicaciones, en Retevisión, donde éramos el principal accionista de Hispasat, Europa contaba con 27 regulaciones diferentes en el sector. En ese contexto era prácticamente imposible competir con una compañía americana que operaba en un mercado mucho más integrado, con tres o cuatro grandes operadores y una regulación esencialmente única. En el sector espacial y en la industria aeroespacial europea, estamos viendo algo parecido, y esa fragmentación impide que surjan grandes campeones europeos capaces de competir a escala global.

Para competir en este mundo se necesitan grandes consorcios, grandes conglomerados que aglutinen conocimiento y, sobre todo, recursos financieros. El proyecto del avión europeo de combate es un ejemplo de esa aspiración, pero también de sus límites: no todos los países europeos han logrado ponerse de acuerdo. El propio presidente Macron ha insistido recientemente en la necesidad de hacer un último esfuerzo para alcanzar una posición común, a pesar de las dificultades que plantea que Alemania y el Reino Unido estén desarrollando sus propias soluciones de forma independiente.

Afortunadamente, en el sector espacial existe una cultura de colaboración muy desarrollada. Contamos con la Agencia Espacial Europea, una institución muy competente que aglutina los intereses de toda la industria del continente. Y a nivel nacional, con la Agencia Espacial Española. Nuestra industria es muy colaborativa, a pesar de que cada actor tiene que defender su propia cuenta de resultados. Existe una conciencia compartida de que sumando fuerzas llegaremos más lejos y más rápido que yendo solos, porque solos quizás ni lleguemos.

Tenemos delante competidores de enorme peso. China y Estados Unidos están muy por delante, y Rusia, aunque en un momento diferente, sigue siendo un actor relevante. Pero hay otro jugador que no debemos subestimar: India, que ha desarrollado un plan estratégico espacial de gran ambición y que se perfila como un competidor de primer nivel en los próximos años.

Por eso Europa necesita más Europa, menos barreras regulatorias, un mercado único real y un enfoque decididamente orientado a apoyar a la industria y a las empresas. Esos son los costes que pagamos como españoles, franceses, alemanes o italianos por no actuar de forma integrada. Cuando una empresa americana opera en este sector, tiene detrás a la NASA, con todo lo que eso implica en términos de capacidad, recursos e influencia. Esa asimetría es real y hay que nombrarla.

España, en cualquier caso, está haciendo un esfuerzo notable. Es actualmente el cuarto país contribuyente a la Agencia Espacial Europea, y en la última reunión ministerial celebrada en noviembre dio un paso significativo en esa dirección. Pero hay que acelerar y consolidar ese compromiso.


Usted ha emprendido en una etapa de la vida profesional poco habitual para lanzar una startup tecnológica. ¿Qué le llevó a dar ese paso precisamente ahora?

Estuve doce años en una compañía japonesa en el ámbito de la electrónica, y después ocho años en telecomunicaciones, con el lanzamiento de Retevisión, una experiencia verdaderamente singular que me marcó. Desde entonces me propuse volver a estar en ese tipo de industria. Y cuando he podido hacerlo, ha sido en el sector aeronáutico y espacial, que hace apenas diez años presentaba unas barreras de entrada muy elevadas, tanto tecnológicas como regulatorias, al estar fuertemente controlado por los gobiernos y vinculado a la defensa. Hoy ese ecosistema se ha democratizado profundamente. La tecnología es mucho más accesible y los costes son los que hace una década eran inimaginables. Ese cambio es lo que ha permitido que startups como la nuestra puedan desarrollar tecnología de vanguardia.

Nuestro futuro, sin duda, será muy interesante. El primer gran punto de inflexión será el lanzamiento de nuestro proyecto al espacio, que esperamos que se produzca en 2028. A partir de ese momento arrancará una nueva etapa de fabricación y desarrollo. Nuestro objetivo es convertirnos en el referente de la óptica espacial a nivel global.

En estos momentos estamos inmersos en una ronda de inversión que esperamos cerrar con éxito. Con el respaldo de nuestros inversores, queremos construir una compañía que genere empleo cualificado, que venda en mercados de todo el mundo y que no deje de investigar y desarrollar tecnología, porque eso forma parte de nuestro ADN.

No podemos caer en la complacencia de pensar que, una vez alcanzado el hito del lanzamiento, habremos consolidado nuestra posición. Todo lo contrario: esto es un trabajo permanente, un working in progress donde detenerse significa quedarse atrás. Si dejas de innovar, te conviertes en uno más, y llegará alguien que lo haga mejor que tú. Por eso nuestro objetivo es investigar, investigar e investigar, y fabricar, evidentemente, para generar ingresos y seguir monetizando el proyecto.

La innovación tecnológica no surge en el vacío. ¿Qué papel juega el ecosistema universitario y científico en el desarrollo de Slimop, y qué retorno tiene esa relación para ambas partes?

Todo esto no sería posible sin la colaboración con centros tecnológicos de referencia. Tenemos un gran talento y unas infraestructuras de investigación extraordinarias, y eso se refleja en el trabajo que hacemos con la UPC, donde estamos presentes en tres campus distintos: Terrassa, el Campus Nord y Castelldefels. Cada uno cuenta con laboratorios e infraestructuras específicas que utilizamos mediante un contrato marco firmado con el rector el 1 de septiembre de 2023, bajo un modelo de pago por uso. Además, contamos con la colaboración de investigadores y catedráticos vinculados a estos centros. Lo que hace falta es precisamente eso, darle a todo ese potencial el uso que merece, y ser ambiciosos a la hora de experimentar y desarrollar nueva tecnología. De hecho, fue bajo el programa de aceleración de la Agencia Espacial Europea donde comenzamos a desarrollar el proyecto, en el campus de Terrassa.

Colaboramos también con los alumnos de máster, porque queremos ofrecer a la sociedad, en la medida de nuestras posibilidades, un intercambio real de oportunidades. En los últimos dos años, dos equipos del máster aeroespacial de Castelldefels han realizado su trabajo final de curso sobre casos reales propuestos por nosotros, extraídos directamente de nuestro proyecto. Para ellos supone trabajar sobre un reto con aplicación real e inmediata en el mercado, algo que pocas veces tienen la oportunidad de hacer, porque la distancia entre la empresa y la universidad sigue siendo, en general, demasiado grande. El estímulo que eso genera es enorme. También fuimos seleccionados para participar en un programa de aceleración de empresas tecnológicas de la UPC. La relación con la universidad es excelente y espero que lo siga siendo durante muchos años.

Por último, me gustaría destacar que en el pasado mes de febrero recibimos el Premio Nacional de Industria en la categoría de emprendimiento industrial, una distinción que se otorgaba por primera vez. Es un reconocimiento que nos llena de orgullo, y que confirma que lo que estamos haciendo genera interés más allá del sector, también en las instituciones.

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