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Audiencias cautivas en tiempos de desinformación

La buena noticia es que aún estamos a tiempo, somos capaces de parar y evitar convertirnos en rehenes del algoritmo y de los impulsos.

En 2016, el Oxford dictionary eligió como palabra del año el término post-truth –que en español adoptamos como posverdad– para dejar constancia de un cambio social: la sensación era que los hechos habían perdido el mando frente a las emociones y las creencias personales. Aquel fue un punto de inflexión para nombrar algo que hace rato ya estaba entre nosotros.

Desgranemos. La posverdad no refiere a un suceso puntual: describe el clima de una época. Un tiempo en el que los hechos dejaron de ser el principal criterio para juzgar la realidad, desplazados por las creencias, las afinidades identitarias y los “yo opino que”. De hecho, la desinformación encuentra hueco en ese terreno y florece a partir de él.

El impacto es conocido por muchos. Según el Digital News Report 2025 coordinado por el Instituto Reuters, el 69 % de los españoles se declara preocupado por la desinformación, lo que sitúa a España como el tercer país europeo más inquieto en este sentido y el noveno a escala mundial. Más de la mitad (57 %) señala a los políticos como principales promotores de esta amenaza, diez puntos por encima de la media global. Las redes sociales, por su parte, son identificadas por el 73 % como el canal principal de propagación de noticias falsas. Nada nuevo bajo el sol, es cierto, pero cada año el flagelo parece mayor.

La veta que se añade ahora es qué hacemos nosotros con aquello que sabemos que es falso. Porque, hemos de ser honestos, la desinformación se alimenta de nuestro comportamiento (somos coautores de su éxito, diría). Tanto que, frente a una mal llamada “noticia dudosa”, nos precipitamos a bendecirla con un “esto encaja conmigo” y a reproducirla.

Con todo, la cuestión va más allá de la circulación de bulos. Además de alterar percepciones, la desinformación produce un tipo de desafiliación emocional, una retirada silenciosa del ciudadano que, mareado por el sinfín de contenidos, le cuesta confiar cada vez más. Y con razón. Tal vez ese sea el daño más profundo e invisible: la fractura de la confianza social.

La desinformación circula con un propósito categórico, el de influir, movilizar y dividir, compitiendo por la atención y la percepción, esos bienes tan codiciados en el presente. En la contienda triunfan los discursos que activan emociones intensas –ira, miedo, euforia y un largo etcétera–, porque son los que aseguran interacción. Mientras tanto, las plataformas digitales colaboran encantadas: su negocio consiste en amplificar y priorizar aquello que puede tener más engagement, no lo más cierto. El resultado es un paisaje comunicativo donde la mentira se premia con visibilidad.

El informe muestra que el 66 % de los españoles recibe noticias adaptadas, en buena parte mediante algoritmos que refuerzan sesgos y cristalizan burbujas informativas hasta el punto de acabar creyendo que el mundo cabe entero en nuestra pantalla. (Justo sobre la personalización de la información conviene poner un cuidado adicional).

No entraré en disquisiciones filosóficas, pero es claro que la verdad no ha dejado de existir. No hay que pasar por alto que los medios de comunicación y el periodismo siguen siendo vitales y que la defensa más eficaz contra la desinformación no es un algoritmo más sofisticado. Tiene que ver con algo más clásico: se llama pensamiento crítico. Educar la mirada, analizar, verificar y contextualizar ante el flujo incesante de versiones y relatos se convierten en tareas urgentes, no solo para escuelas, universidades y medios, sino para toda la sociedad, las empresas incluidas, por supuesto.

La buena noticia es que aún estamos a tiempo, somos capaces de parar y evitar convertirnos en rehenes del algoritmo y de los impulsos. Recordemos que el botón de compartir también sirve para no pulsarlo; y que la información no pide fe ciega, reclama tiempo, discernimiento y criterio. Tres recursos que, paradójicamente, son los que más nos humanizan (tal vez cuidarlos sea hoy la forma más certera de seguir siendo lúcidos).

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