El sector del vino y el cava afronta importantes retos derivados del cambio climático y de la evolución de los hábitos de consumo.
A finales de los años 70, Albet i Noya (DO Penedès) se convirtió en la primera bodega de España en apostar por la agricultura sostenible. En aquel momento apenas se sabía nada sobre viticultura ecológica, tal como recuerda Josep Maria Albet, cuarta generación de viticultores: “Entonces era vocal viticultor de Unió de Pagesos en la DO Penedès. Recibí un fax de una empresa danesa que buscaba una bodega dispuesta a elaborar vino ecológico, aunque nadie sabía exactamente qué significaba. A partir de ahí empecé a elaborar un tempranillo criado en barricas de whisky. Poco a poco fui introduciéndolo en Catalunya y también en países como Suiza y Alemania con mi propia marca: Albet i Noya”.
Hoy abunda la información sobre viticultura ecológica, cuya demanda no deja de crecer. Aun así, el sector del vino y el cava sigue afrontando importantes retos derivados del cambio climático y de la evolución de los hábitos de consumo. Uno de los más relevantes es atraer a un público joven que prefiere bebidas ligeras y con menor graduación alcohólica. Así lo destacan expertos del Incavi (Institut Català de la Vinya i el Vi) y del Innovi (Clúster Vitivinícola Català).
El sector en su contexto
De las 1.384 empresas que integran la industria vitivinícola catalana, el 86,3 % (1.195) se dedica a la producción y elaboración de vino y cava, según datos de Acció. El sector factura 3.267 millones de euros (el 1,2 % del PIB catalán) y emplea a 10.460 personas.
Un 95,7 % de estas empresas son pymes con ingresos inferiores a 50 millones de euros; el 4,8 % son filiales de compañías extranjeras. Las grandes empresas –el 4,3 % del total– concentran el 56,4 % de las ventas. El 40,5 % de los profesionales trabaja en microempresas o pymes de menos de 50 empleados. Esta estructura obliga a un proceso de reinvención constante.
El sector también destaca por su fuerte orientación exportadora. Casi la mitad de las empresas venden en el exterior. Las exportaciones catalanas de vino y cava alcanzaron los 615 millones de euros hace dos años, cinco veces más que el volumen importado. Europa sigue siendo el principal destino (sobre todo Alemania, Reino Unido, Bélgica y países nórdicos), y se consolidan mercados como Estados Unidos, Japón y Corea del Sur.
Para Joan Gené, director general del Incavi, el sector vive una etapa de “adaptación y consolidación”. “El vino catalán se está adaptando a un contexto global cambiante, con nuevos mercados, hábitos de consumo y retos climáticos. Esto nos obliga a reforzar la calidad, apostar por la diferenciación y ampliar la promoción internacional, también vinculada al turismo enológico de Barcelona y del resto del país”, explica. Y añade: “Un elemento clave es asegurar la sostenibilidad económica de toda la cadena de valor, porque solo así garantizaremos un sector vivo y con futuro”.
Por su parte, Eloi Montcada, cluster manager de Innovi, señala que el sector vitivinícola mundial –el catalán en particular– experimenta una fase de transición y transformación estructural impulsada por diversos factores:
– Descenso y cambios en la demanda. Baja el consumo mundial, especialmente de vinos tintos. Crece el interés por vinos con menos graduación, más saludables y sostenibles, a menudo ecológicos o biodinámicos.
– Impacto del cambio climático. Sequías prolongadas, fenómenos extremos y cambios en el ciclo de maduración de la uva exigen prácticas más resilientes.
– Digitalización y nuevas tecnologías. Teledetección, drones, IoT e inteligencia artificial ya se aplican para optimizar la gestión del viñedo y la eficiencia en bodega. “Llegaremos a ver explotaciones más automatizadas e incluso robotizadas”, afirma.
– Mayor presión regulatoria y exigencias de sostenibilidad. Tanto en lo relativo a la graduación alcohólica como a los procesos productivos.
– Cambios en los canales de comercialización. La venta online, la venta directa y los marketplaces especializados ganan protagonismo.
Nuevas tendencias
La adaptación a un clima más extremo –sequías, temperaturas elevadas, fenómenos imprevisibles– pasa por medidas como la plantación de viñas en zonas de montaña y el uso de biotecnología y análisis fisicoquímicos para mejorar la calidad y la sostenibilidad, según Incavi e Innovi. Veremos la implantación de la viticultura regenerativa, que promueve la regeneración del suelo y la captura de carbono, apuntan.
Albet i Noya, fundada en 1978, es un referente en viticultura ecológica de montaña. En las montañas de Ordal (Alt Penedès) trabajan parcelas pequeñas con viñas propias. “Las cuidamos una a una, como si fueran nuestras hijas. El terruño, más seco y pobre que la llanura, nos da vinos con un carácter kárstico, serio y profundo”, explica Josep Maria Albet. Actualmente producen unas 900.000 botellas –70 % vinos tranquilos y 30 % espumosos– y facturan 4,5 millones de euros.
Cuidamos nuestras viñas como si fueran nuestras hijas, nos lo cuestionamos todo para avanzar hacia la excelencia. – Josep Maria Albet (Albet i Noya).
Aunque el camino recorrido valida las expectativas iniciales, la bodega sigue explorando nuevas líneas. “No queremos limitarnos al vino ecológico. Nuestro objetivo es trabajar sin tratamientos. Además, queremos que toda la cadena de valor pueda ganarse la vida dignamente. Nos lo cuestionamos todo para avanzar hacia la excelencia”, afirma.
Hace 13 años iniciaron el proyecto Vriac para buscar variedades resistentes. “El objetivo es obtener variedades hijas de nuestras uvas autóctonas que prácticamente no necesiten fungicidas, ni siquiera los permitidos en ecológico”, explica. “Hemos generado más de 650.000 variedades y, tras numerosas selecciones, hemos obtenido 800 con resistencia muy alta y una calidad incluso superior a la de sus madres. Aun así, nos faltan cinco años para homologar y comercializar las 31 primeras”.
Miembro de Clàssic Penedès, la bodega acaba de lanzar dos nuevos espumosos: Les Granes Rosat (garnacha negra) y Les Nords (macabeo y xarel·lo). Entre los proyectos para 2026 destacan un vino dulce de producción limitada –900 botellas de 37,5 cl, añada 2018– y los primeros vinos de las variedades marina rion (blanca) y belat (tinta), recuperadas hace más de 25 años pero aún no autorizadas por la administración.
La recuperación de variedades locales es una apuesta estratégica de diferenciación y adaptación, con clara rentabilidad para los bodegueros. Aporta identidad, valor económico y resiliencia climática. “Los vinos elaborados con estas variedades pueden tener mayor valor de mercado y conectan con un consumidor que busca autenticidad”, afirma Joan Gené, del Incavi.
La recuperación de Trobat es un ejemplo reciente, fruto de la colaboración entre la Associació Cultures Trobades, la DO Costers del Segre y el enólogo Tomàs Cusiné, propietario de Castell del Remei y Cérvoles Celler. “Hemos reproducido 10.000 viñas de Trobat plantadas en distintas bodegas de la DO. El año que viene tendremos la primera cosecha”, señala Cusiné.
En 1997 fundó Cérvoles Celler para recuperar una práctica entonces poco valorada: la viticultura de montaña. “Descubrí que los viñedos de altura ofrecían más concentración de color y aromas, vinos más complejos y con mayor capacidad de guarda”. Tras probar vinos elaborados a 700 metros de altitud, decidieron apostar por un proyecto en la Pobla de Cérvoles (les Garrigues). Hoy venden 80.000 botellas y facturan 600.000 euros. “Nos hemos mantenido en un mercado cada vez más competitivo. La viticultura de montaña aporta un plus a nuestro relato y al reconocimiento de nuestros vinos”, apunta.
Descubrí que los viñedos de altura ofrecían más concentración de color y aromas, vinos más complejos. – Tomàs Cusiné (Cérvoles Celler).
Cusiné define sus vinos como mediterráneos, “complejos y personales”. Las uvas están influenciadas por los aromas de encinas, pinos, robles, enebros y plantas aromáticas, así como por los vientos de poniente durante el día y los que proceden del mar por la tarde-noche, que bajan las temperaturas. Entre sus próximos proyectos figura un monovarietal de syrah al que llamarán Santolina, en homenaje a la planta que predomina en las viñas.
En 2020, Innovi impulsó el proyecto Visens, destinado a desarrollar herramientas tecnológicas que permitan monitorizar mejor las distintas fases de elaboración. La idea es pasar de la intervención correctiva a la preventiva, mejorando así la calidad.
El proyecto integra sensores de última generación en varias bodegas catalanas –La Vinyeta, Gramona y Vilarnau– para apoyar la toma de decisiones: ahorro de costes, mayor control de procesos, reducción de conservantes, entre otros. Su objetivo final es diseñar una estrategia de digitalización adaptable a empresas de cualquier tamaño.
“Nos alegra formar parte de Visens. Integrar sensores e inteligencia artificial nos permite obtener datos en tiempo real desde la entrada de la uva hasta el embotellado”, afirma Josep Serra i Pla, fundador de La Vinyeta. Actualmente esperan la validación de sensores y modelos.
La Vinyeta nació hace 23 años, cuando Serra y su pareja compraron viñedos viejos en Mollet de Peralada (Alt Empordà). En un contexto en el que la viticultura ecológica era minoritaria, apostaron por trabajar la tierra con máximo respeto. Su estrategia climática incluye cubiertas vegetales, compost propio, exploración de variedades resistentes y una estricta gestión del agua. “Creemos que la agricultura regenerativa y la tecnología bien aplicada son clave para adaptarnos al cambio climático”, comenta.
Integrar sensores e IA nos permite obtener datos en tiempo real desde la entrada de la uva hasta el embotellado”. – Josep Serra (La Vinyeta).
Producen unas 180.000 botellas anuales, mayoritariamente bajo DO Empordà, y facturan cerca de 1,5 millones de euros. “El Empordà es una tierra de contrastes: tramontana, influencia del mar y suelos pizarrosos o graníticos dan vinos frescos y con carácter. La tramontana actúa como desinfectante natural y nos ayuda mucho en ecológico”, explica. Este año han recibido el Premio de Innovación Tecnológica Agroalimentaria de la Generalitat, reconocimiento que les “hace muy felices”. Además del vino, complementan su actividad con enoturismo y la elaboración de aceite, queso, miel y huevos. “Somos una explotación diversa que recupera el modelo circular de las antiguas masías. La Vinyeta sigue creciendo sin perder su carácter familiar y su vínculo con el territorio”, resume.
¿Qué pide el consumidor?
El sector debe atender también las expectativas de un consumidor que busca origen, autenticidad y compromiso con el territorio. Catalunya puede responder a ello con sus 12 denominaciones de origen, como señala Incavi. Entre las principales tendencias destaca el interés por:
– Vinos blancos y rosados envejecidos.
– Vinos con menor graduación alcohólica, elaborados con la misma exigencia y respeto por su identidad.
– Vinos de mayor complejidad y valor, estrechamente ligados a la gastronomía catalana y mediterránea.
– Productos con historia, sostenibles y honestos.
Desde Innovi corroboran esta evolución hacia vinos más ligeros, frescos y con menos alcohol, y añaden otras tendencias:
– Mayor protagonismo de la sostenibilidad: vinos ecológicos o biodinámicos, de proximidad, con mínima intervención y sin sulfatos añadidos.
– Búsqueda de transparencia y trazabilidad.
– Aparición de formatos innovadores, como las latas, y experiencias que integren cultura, territorio y emoción.
– Tendencias alineadas con el proyecto Propers, que busca empoderar al consumidor a través de un prescriptor digital que facilite decisiones informadas.

