La educación superior ha pasado de ser un garante de ascensión social a una hipoteca que ya no cumple con las expectativas laborales de los estudiantes.
Maria S. tiene 26 años. Graduada en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona, dos años más tarde cursó un máster en Fotografía Profesional en la Universidad de Lusófona de Lisboa. El erasmus no fue para nada lo que le habían prometido: habitaciones que superaban los 500 euros y sueldos por los suelos. Para poder mantenerse, necesitaba dos empleos, que se sumaban a la carga de trabajo de los estudios. Tuvo que volverse antes de tiempo: el endeudamiento al que se veía sometida hacía inviable acabar allí el año. Ahora, de vuelta en Barcelona, sigue sin encontrar un empleo estable y tiene que vivir en casa de su padre: su mayor fuente de ingresos siguen siendo puestos para los que está sobrecualificada.
El de Maria no es un caso aislado: según datos de Eurostat, el 34 % de los trabajadores ocupa un puesto con exigencias muy por debajo de su formación. La media europea se sitúa en el 21,3 %, y España ocupa el primer puesto, por delante de países como Grecia (32,3 %) y Austria (26,8 %). El porcentaje se eleva hasta el 40 % tras el primer año después de acabar la carrera.
Y aunque la cifra varía según el sector (como señala el catedrático de Sociología en la UNED, Fabrizio Bernardi, quien explica que en ciencias de la salud la sobrecualificación “prácticamente desaparece”, mientras que en humanidades o artes “se dispara”), el patrón general es claro: estudiar en la universidad ya no garantiza una inserción laboral a la altura de las expectativas. El mantra de estudiar una carrera para ganarse bien la vida cada vez se vuelve más difuso. Y lo mismo ocurre con los estudios de posgrado, a los que se les suman unos precios cada vez más desorbitados.
No solo preocupan los datos (España se encuentra casi 8 puntos porcentuales por encima del tercero en la lista), sino las desastrosas consecuencias financieras de todo este esfuerzo, muchas veces, sin recompensa: la demanda de préstamos para estudiar ha crecido un 50 % en lo que va de año, según los datos facilitados por MicroBank (banco social de CaixaBank). No solo han crecido los préstamos, sino también la cuantía de estos: un 61 %.
“Las universidades son un negocio. Cuanta más gente demande, más alto será el precio. Hemos llegado a un punto en el que casi todo el mundo llega con niveles muy altos de formación”. Elisabet Ruiz es profesora de finanzas de los estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Según cuenta, el camino que está trazando España, y Europa en general, se parece cada vez más al modelo americano. “Somos cada vez más impulsivos, y la deuda está más asumida que antes. El entorno financiero nos impulsa en esta dirección, y lo peor de todo es que, si no entras, te quedas fuera”.
Otro factor que frena el acceso a estudios superiores es la vivienda. El precio del alquiler ha aumentado a un ritmo que los salarios juveniles no pueden seguir. Ruiz lo resume así: “Los salarios se han ido ajustando con la inflación; la vivienda, en cambio, se ha descontrolado. Tenemos pisos muy caros que los jóvenes no pueden pagar”. En España, donde la emancipación media se sitúa cerca de los 30 años, esto tiene consecuencias directas: estudiar un máster implica, en muchos casos, elegir entre vivir con la familia (los que pueden, claro) o endeudarse.
Maria tenía que pagar 700 euros de cuota mensual en la universidad. Sumados al alquiler, más la comida y el transporte, casi 1.800 euros en gastos. Eso, contando que el ocio se reduce a prácticamente 0. En la cafetería apenas ganaba la mitad de lo que necesitaba. Según el informe Datos y Cifras del Sistema Universitario Español, las universidades privadas ya tienen más alumnos de máster que las públicas (el sorpasso se produjo el año pasado). En las universidades públicas españolas, los precios oscilan entre los 900 y los 2.700 euros al año. En el caso de las privadas, se disparan completamente: pueden alcanzar desde 5.000 euros hasta los más de 110.000 de escuelas de negocios como IESE.
Los másters privados se suman a unos alquileres cada vez más altos: una combinación inasumible para los sueldos a los que optan los más jóvenes.
Fabrizio Bernardi considera “muy preocupante” el desmantelamiento silencioso de la universidad pública, uno de los fenómenos que agrava todavía más esta situación de precariedad de los más jóvenes. “Se expande la privada, se reducen plazas en la pública y se busca crear universidades de élite, a imagen del modelo americano”, sostiene. “No está ocurriendo del todo, pero en algunos lugares se está generando una percepción de desprestigio de lo público”.
Aún, la mejor opción
“Estudiar una carrera sigue siendo el mejor camino… la tasa de desempleo entre los que tienen estudios universitarios es sistemáticamente más baja”, destaca la profesora Elisabet Ruiz. Diversos estudios señalan que, aun con las dificultades actuales, cursar unos estudios universitarios sigue siendo la mejor opción para la inserción laboral. Según el informe La inserción laboral de los jóvenes universitarios, del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE)-Fundación BBVA, la tasa de paro de los jóvenes titulados universitarios cayó del 29,2 % en 2013 al 12,5 % en 2023. Otro informe, en este caso de la Fundación CYD, sitúa la tasa de empleo de los titulados superiores entre el 75 % y el 87 % (según la comunidad autónoma).
Aunque el ascensor social funcione con más dificultades que antes, la formación universitaria continúa proporcionando una ventaja estructural frente a quienes no cursan estudios superiores. La tasa de paro cuatro años después de graduarse se sitúa en el 8 %, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). “La universidad es el mejor de todos los caminos. Los estudios siguen indicando que acceder a formación universitaria es un buen camino”, subraya José Manuel Pastor, doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de València (UV).
La universidad sigue siendo, sobre el papel, un garante de progreso social y económico, pero cumple su función “peor que antes”, según la investigadora de la UOC. El factor que más condiciona la trayectoria educativa y laboral de un joven es, cada vez más, su origen socioeconómico. “El botón que decides pulsar en el ascensor depende mucho de la renta, el nivel educativo y la profesión de tus padres”, dice.
Para José Manuel Pastor, la clave está en entender que el título universitario no actúa de manera aislada, sino dentro de un ecosistema social cada vez más tensionado. “El ascensor social funciona, sí, pero lo hace en un edificio que ha cambiado por completo en los últimos años”, explica. “Hoy pesa mucho más el estatus de origen, las redes familiares, el capital cultural y las posibilidades económicas de cada hogar. Los hijos de padres universitarios no solo acceden más a la universidad, sino que también pueden permitirse másters más caros, estancias en el extranjero o prácticas no remuneradas. Todo eso amplifica sus oportunidades”. Pastor insiste en que la universidad sigue ofreciendo rendimientos claros (mejor salario, menor desempleo y más estabilidad), pero alerta de que, sin políticas que nivelen el punto de partida, el esfuerzo individual no basta. “La educación ayuda, pero no puede hacerlo todo. Necesitamos un entorno que no coloque a los jóvenes en desventaja antes incluso de empezar”.
La combinación de deuda, alquiler inasumible y empleos precarios ha configurado una tormenta perfecta. Y no todo puede resolverse desde las universidades. Para Fabrizio Bernardi, catedrático de Sociología, la educación superior ya no puede sostener sola el ascenso social: “Hacen falta políticas de vivienda, fiscales, industriales… No basta con mejorar becas: es necesario un paquete amplio que redefina el modelo social”. Sin un mercado laboral capaz de ofrecer trabajos cualificados y bien remunerados, continúa, el título universitario pierde capacidad de transformación social.
Un nuevo escenario
El punto común entre todos los expertos es que España necesita un marco estructural nuevo: políticas de vivienda que reduzcan los precios, medidas fiscales que alivien a los jóvenes, financiación adecuada para la universidad pública y una transformación productiva que aumente el número de empleos cualificados. Sin estos pilares, la educación superior seguirá proporcionando ventajas, pero no suficientes para revertir la desigualdad creciente.
Mientras tanto, historias como la de Maria se multiplican: jóvenes que han hecho “lo correcto”, que han estudiado, trabajado, ahorrado y renunciado a casi todo, pero que se enfrentan a un mercado laboral que no les ofrece las oportunidades prometidas. Y que, en muchos casos, deben elegir entre endeudarse o renunciar a seguir formándose.
Precios de la vivienda por las nubes, másters y posgrados que superan fácilmente las cinco cifras y sueldos precarios (el salario medio de los jóvenes menores de 25 años bajó un 1 % en 2024, la primera caída en ocho años). La generación más preparada de la historia también es, hoy, la más hipotecada.
