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Despoblación rural y emprendimiento

El impulso decidido del emprendimiento y la atracción de talento ¿podrían ser palancas útiles para construir un futuro mejor para el mundo rural?

La pérdida de población de extensas áreas rurales y la crisis del sector agroalimentario son dos de los debates más relevantes de nuestra sociedad en este momento.

El primero de dichos fenómenos, producido fundamentalmente por la emigración de sus habitantes, se experimentó con intensidad en extensas zonas de España en la segunda mitad del siglo XX, entre 1950-1975.

El crecimiento de la actividad económica y el desarrollo industrial de los núcleos urbanos y especialmente en las grandes ciudades (Barcelona, Madrid, Bilbao, Valencia…) hicieron que muchos habitantes abandonaran su actividad profesional en el pueblo y se trasladasen a las ciudades en busca de un futuro mejor.

Las consecuencias de este éxodo las conocemos, deterioro del patrimonio arquitectónico, desarraigo, y a la larga, pérdida de servicios básicos (escuelas, ambulatorios, etc.) por falta de usuarios que, en aras a la eficiencia en la aplicación de los recursos, los hagan justificar.

Este fenómeno que tuvo su detonante en los 60 y 70 por el atractivo económico de las ciudades, no ha hecho sino incrementarse por otras razones tales como la bajada de la natalidad generalizada, la carencia de servicios básicos y otras razones de índole cultural.

La situación del sector agrario, clave para el mantenimiento de extensas zonas rurales, en este momento se ve condicionada por múltiples circunstancias que está llevando a la pérdida de muchas explotaciones. A la reforma y perspectivas futuras de la PAC y los acuerdos con Mercosur se han añadido a otras dificultades de los últimos años tales como los incrementos de costes, la concentración de la distribución y los recurrentes periodos de sequía.

El Observatorio sobre el sector agroalimentario español en el contexto europeo de Cajamar de 2022, puso de manifiesto la pérdida de explotaciones (-7,6% en el periodo 2009-2020) al tiempo que se ha producido un aumento del tamaño medio (+7,4%).

El envejecimiento de los titulares de explotaciones y el difícil relevo generacional no hacen sino agravar la situación.

En este contexto, ¿qué futuro les espera a las zonas rurales?, ¿cómo podrá revertirse el proceso?

El impulso decidido del emprendimiento y la atracción de talento ¿podrían ser palancas útiles para construir un futuro mejor para el mundo rural?

La lógica nos anima a pensar que para que pueda incrementarse la población asentada en las zonas rurales es imprescindible que, entre otras cosas, existan oportunidades profesionales, haya empresas que generen empleo y creen riqueza.

Desde los años noventa del pasado siglo ha ido creciendo la preocupación institucional por impulsar el desarrollo de empresas en el mundo rural. Desde el ya veterano programa LEADER de la Unión Europea, iniciativa que aplicando la filosofía de desarrollo bottom-up apoya financieramente proyectos de emprendimiento, hasta las más recientes medidas de impulso de los Centros de Innovación Territorial (CIT) promovidos por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, múltiples iniciativas tratan de contribuir al asentamiento rural de nuevas empresas con un resultado incierto.

Siendo útiles e incluso imprescindibles en muchos territorios los instrumentos públicos de intervención, hay múltiples indicios de su insuficiencia. La complementariedad de las iniciativas privadas y el cambio cultural, contribuyen de manera decisiva en el proceso de creación y desarrollo de tejido empresarial en las zonas rurales.

Desde 2006, la Fundación Botín trabaja en estrecha relación con los responsables institucionales del Valle del Nansa y de la Comunidad Autónoma Cántabra en una iniciativa integral de apoyo al desarrollo rural, el Programa Patrimonio y Territorio. En el marco de este proyecto, puso en marcha en 2010 una acción de impulso del emprendimiento rural en uno de los territorios de menor densidad de población de toda España, el programa Nansaemprende.

Hace falta una generosa complicidad institucional y la participación de las organizaciones de la sociedad civil y de los líderes locales.

Los resultados, quince años después, son tangibles en términos de empresas, empleos, facturación agregada, pero, sobre todo, en recuperación del tejido social con la generación de nuevas oportunidades. Nuevos pobladores, algunos de raíces cántabras y otros procedentes de diversos lugares, Reino Unido, Argentina, Estados Unidos… han venido a enriquecer y a dar vida al Valle.

Más de 300 emprendedores, con 52 proyectos activos con más de tres años de existencia, cerca de tres millones de facturación anual agregada y 135 puestos de trabajo. Unas métricas nada desdeñables en un territorio de más de 38.000 hectáreas con tan sólo 2.736 habitantes (7,09 hab./km2)

La colaboración con esta y otras iniciativas similares en otros territorios nos permite identificar algunos aprendizajes:

– Imprescindible la paciencia para ver resultados

Revertir o al menos paliar procesos sociológicos tan complejos como la despoblación requiere de intervenciones dilatadas en el tiempo y con una conveniente dotación de recursos. La constancia en las medidas, la evaluación y reajuste permanente y la innovación en las acciones son imprescindibles y eso no siempre es fácil en dinámicas muy condicionadas por las legislaturas políticas.

– Gran utilidad de la colaboración público-privada

En el caso del Programa Patrimonio y Territorio se pone claramente de manifiesto la utilidad de vertebración institucional de una entidad privada de peso como es el caso de la Fundación Botín en Cantabria. La extraordinaria capacidad de conciliación entre instituciones y la visión de intervención duradera más allá de los cambios políticos, ha posibilitado que, siempre contando con el imprescindible papel de las distintas administraciones, se hayan alcanzado notables resultados en todas sus iniciativas (programa de desarrollo ganadero, programa de dinamización o Nansaemprende).

– Trabajar muy cerca del territorio y su tejido social

Desde el principio, el citado programa ha contado como protagonistas con la población y las instituciones que la vertebran. Este enfoque requiere presencia, respeto, cercanía, flexibilidad… Este tipo de sensibilidad en la forma de trabajar no siempre se da en intervenciones de desarrollo rural.

El mundo rural puede tener un futuro mejor, puede ser un entorno de oportunidades, pero para ello, hace falta una generosa complicidad institucional, la participación de las organizaciones de la sociedad civil y la participación activa de los líderes locales.

Ante el acuciante problema del acceso a la vivienda en zonas urbanas, los territorios rurales también pueden convertirse en una atractiva alternativa para el asentamiento de nuevos pobladores siempre que se cuente con servicios básicos y oportunidades de empleo.

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