Mi trabajo combina pasión y propósito: contribuir al desarrollo de soluciones energéticas innovadoras, eficientes y sostenibles.
El cambio climático es hoy en día innegable. Habiendo nacido a finales del siglo pasado, mi generación ha crecido con el aumento global de la temperatura y el incremento del nivel de los océanos debido a la creciente concentración atmosférica de gases de efecto invernadero. En plena transición energética, la investigación y la industrialización desempeñan un papel primordial en la consolidación de una sociedad que fomente el desarrollo sostenible del presente sin comprometer el de las generaciones futuras. Mientras el sector académico impulsa la creación de nuevas herramientas para afrontar el cambio climático, resulta esencial que las empresas y la industria acompañen este proceso para garantizar su efectividad.
Dentro de esta problemática abrumadora, la descarbonización del sector energético supone uno de los retos más importantes, pues es responsable de más de tres cuartas partes de las emisiones de gases de efecto invernadero según la IEA (International Energy Agency). Uno de los pilares fundamentales de la transición energética hacia un sistema basado en fuentes renovables es la energía solar fotovoltaica. En 2023 se logró un hito histórico, alcanzando el primer teravatio de potencia fotovoltaica instalada a nivel mundial. Lo que llevó casi siete décadas en alcanzarse, se duplicó en apenas dos años. Este ritmo sin precedentes confirma que la energía solar se ha consolidado como la tecnología que más rápido crece en el sistema energético mundial (SolarPower Europe, Global Market Outlook for Solar Power, 2025). Aun así, es necesario ser consciente de que pese al esperanzador presente y futuro de la energía fotovoltaica, su peso en la generación de electricidad sigue siendo limitado y el gran reto es sostener el despliegue global y convertirlo en generación fiable, asequible y duradera.
Además, persiste una dependencia estructural de China, que reúne más del 80 % de la capacidad mundial en todas las etapas de la cadena de valor del sector fotovoltaico. Una de las grandes esperanzas de Europa para recuperar terreno en el mercado fotovoltaico es la nueva generación de células solares. Entre estas nuevas tecnologías, las células solares basadas en perovskitas son una apuesta prometedora. Se trata de un tipo de célula solar de capa fina en la que, en lugar de silicio, se utiliza perovskita como material semiconductor encargado de absorber la luz solar y generar carga eléctrica. También se pueden combinar con el silicio en la denominada arquitectura tándem, permitiendo captar más energía del espectro solar y elevar la eficiencia de los módulos fotovoltaicos.
Gracias al interés y los esfuerzos de la comunidad científica, en la última década se ha conseguido llegar a hacer células solares de perovskitas que tienen eficiencias comparables a las del silicio. Además, el coste de producción de paneles solares de perovskitas es competitivo, pues los métodos de fabricación y la cantidad de materiales usados no suponen un factor limitante en su producción a gran escala, como sí ocurre con otras tecnologías fotovoltaicas. Pero su estabilidad sigue siendo el talón de Aquiles, y su desarrollo comercial está condicionado por la habilidad de mantener ese rendimiento a largo plazo.
La transición energética demanda perfiles capaces de unir física e ingeniería, laboratorio y fábrica.
Este es el reto que la comunidad científica tiene pendiente resolver yes precisamente en este campo donde procuro aportar mi granito de arena como estudiante de doctorado. Actualmente inicio mi tercer y último año de PhD en el Institut Photovoltaïque d’Île-de-France (IPVF), ubicado en Paris-Saclay, principal clúster científico-tecnológico del área metropolitana de París.
En el laboratorio, el comportamiento de las perovskitas bajo iluminación muestra patrones de degradación pronunciada, así como también de recuperación. Mi misión consiste en investigar estas inestabilidades mediante modelos físicos, con el objetivo de proponer mecanismos que expliquen la degradación y recuperación, para así guiar el desarrollo hacia la extensión de su estabilidad operativa.
Mi trabajo combina modelización física y medidas experimentales. Nuestros modelos simulan la respuesta óptica y electrónica de las células y generan curvas JV (corriente frente a voltaje), que nos permiten comparar directamente los datos experimentales con las simulaciones. Así, identificamos qué mecanismos físicos y qué capas del dispositivo son más relevantes para explicar las inestabilidades observadas en diferentes arquitecturas de las células solares.
Dicho esto, mi camino hasta aquí ha sido más de brújula que de mapa. Hay quien nace con la fortuna de conocer su vocación desde una edad temprana. En mi caso, no hubo un momento “Eureka”. Desde pequeño he sido curioso y me ha apasionado aprender: historia, matemáticas, física y biología, pero también lenguas, literatura, música y deporte. Más que un flechazo, fue una deriva natural: a medida que crecía, el reto del cambio climático, presente en noticias, en conversaciones, incluso en algo tan cotidiano como aprender a reciclar, fue ocupando el centro de mis preguntas. También influyeron, sin alardes, los referentes familiares ligados al sector energético y una educación que me guio hacia la ciencia. Con esa base, mi motivación combina lo personal con lo común: poner lo aprendido al servicio de una transición energética justa.
En Catalunya, antes de entrar en la universidad, el alumnado de Bachillerato realiza el “Treball de Recerca”: una pequeña tesis en que cada estudiante elige un tema, lo investiga y lo defiende, con un peso académico equivalente al de una asignatura. Así pues, con 17 años indagué por primera vez en la generación renovable autosuficiente estudiando el proyecto de Gorona del Viento, en la isla de El Hierro, donde la energía eólica e hidráulica se combinan para abastecer la demanda local. Aquella mezcla de física aplicada, ingeniería e impacto social, me fascinó y me llevó a cursar Ingeniería Física en la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). Fueron años exigentes: electromagnetismo, cálculo numérico, electrónica física… en los que descubrí algo que me marcó: el potencial de los métodos numéricos para resolver problemas complejos y la belleza de la física de semiconductores. Estos materiales son precisamente la base de la energía solar, y la energía solar es una de las palancas más potentes para descarbonizar el sistema energético. Fue así como decidí probar la investigación en la física de las células fotovoltaicas.
Las renovables deben apoyarse en tecnologías capaces de escalar con rapidez y fiabilidad.
Mi primer contacto real con las perovskitas llegó con el Trabajo Fin de Grado en Chalmers University of Technology, en Gotemburgo. Durante seis meses trabajé modelando las propiedades ópticas de perovskitas bidimensionales. Fue mi primera inmersión en la investigación en el sector académico, donde aprendí las bases de cómo formular hipótesis, validar modelos, convivir con resultados inesperados y comunicar con rigor, junto con el descubrimiento de la internacionalidad del sector académico, la diversidad en sus equipos y la alta competencia vigente.
Al terminar el Grado quise completar mi base técnica con una mirada más amplia del sector energético. Por eso cursé el máster en Energías Renovables de InnoEnergy. El primer año lo hice en la UPC, en Barcelona, donde seguí profundizando en asignaturas técnicas, pero también descubrí otros ámbitos clave del sector, como el funcionamiento de los mercados energéticos. Además, el máster incluía la oportunidad de complementar simultáneamente mi formación en ESADE con asignaturas de emprendimiento y sostenibilidad orientadas a entender cómo una idea tecnológica cruza el puente hacia el mercado y se convierte en impacto real. Durante ese periodo tuve la oportunidad de colaborar en proyectos relacionados con el hidrógeno verde, las comunidades energéticas, el control de frecuencia de red y el desarrollo del potencial de los vehículos eléctricos como baterías virtuales. Esto me abrió los ojos con respecto a cómo la transición energética no depende de una única tecnología aislada, sino de sistemas que cooperan.
En España persisten retos para atraer talento joven y para consolidar trayectorias estables.
El segundo año del máster lo cursé en École Polytechnique, cerca de París, donde fui becado por la Asociación de Empresas Eléctricas (ASEME), un premio que se otorga anualmente a estudiantes españoles del ámbito de las energías renovables. Allí me especialicé en fotovoltaica y conocí de cerca el IPVF. De hecho, elegí École Polytechnique en parte porque un profesor de Barcelona conocía de primera mano IPVF, y vi que era exactamente el entorno en el que quería seguir creciendo: un lugar donde conviven la investigación avanzada y la aplicación industrial.
Y es que IPVF es un instituto que integra academia y colaboración público-privada con foco en la transferencia tecnológica. Se investigan varias tecnologías solares avanzadas, con especial énfasis en perovskitas y su integración en el tándem perovskita-silicio. En esta línea, junto a Voltec Solar impulsa un proyecto con línea piloto y objetivo de 5GW para 2030[3], apoyado por France 2030 y la Región Île-de-France, como paso previo a la pre-industrialización de módulos tándem en Europa.
Actualmente, acabo de completar el segundo de mis tres años de doctorado. Poniendo en perspectiva mi trabajo, valoro mi libertad intelectual: trabajar en un tema que me apasiona, seguir la intuición dentro del método y hacerlo en diálogo constante con mis supervisores y compañeros. En un entorno como IPVF, con más de cien investigadores, siempre hay alguien de quien aprender y la colaboración interna e internacional enriquece y acelera el trabajo. He tenido además la oportunidad de enseñar en École Polytechnique, donde fui estudiante. Me gusta esa sensación de cerrar el círculo y devolver como docente lo que en su día aprendí. También he tenido la oportunidad de asistir y presentar en conferencias internacionales, la más reciente en septiembre en Bilbao, EUPVSEC, una de las conferencias de referencia en fotovoltaica en Europa.
Necesitamos marcos estables, inversión continuada y alianzas público-privadas.
Creo que tampoco hay que idealizar el camino: los jóvenes investigadores convivimos con la incertidumbre, financiación competitiva, movilidad, presión por publicar y la necesidad de equilibrio en lo laboral y personal. Aun así, veo oportunidades claras, porque la transición energética demanda perfiles capaces de unir física e ingeniería, laboratorio y fábrica, datos y producto. El ecosistema de París favorece la colaboración público-privada. En España percibo un gran potencial de despliegue fotovoltaico y de tejido industrial, aunque persisten retos para atraer y retener talento joven y para consolidar trayectorias estables en la academia pública.
No tengo certezas sobre el siguiente paso al terminar el doctorado. En los próximos años quiero estar donde pueda convertir conocimiento en impacto en el sector energético renovable. Hoy me siento bien en París y permanezco abierto a España u otros países europeos si el marco profesional y vital acompaña. Mantengo la misma motivación que me trajo hasta aquí: resolver problemas reales que se traduzcan en tejados con fotovoltaica, comunidades energéticas y redes más eficientes y menos contaminantes.
La expansión indefinida de un sistema energético basado en hidrocarburos ya no es sostenible. Cada año el cambio climático se hace menos abstracto y más cotidiano, y la demanda mundial de energía no deja de crecer. Para atenderla sin agravar la crisis climática, las renovables deben apoyarse en nuevas tecnologías capaces de escalar con rapidez y fiabilidad. En ese tablero, China domina hoy gran parte de la cadena de valor fotovoltaica; Europa, sin embargo, tiene una oportunidad si apuesta de verdad por inversión sostenida, industria, estándares y talento. No es solo una cuestión de competir, sino de garantizar resiliencia y seguridad energética.
Los primeros paneles solares de perovskitas ya están asomando al mercado.
Los primeros paneles solares de perovskitas están ya asomando al mercado. Aun con incógnitas por resolver en estabilidad a largo plazo, su llegada envía una señal clara: hay empresas y países encontrando vías de cruzar el puente entre el laboratorio y el mercado. El impacto potencial es real y tangible y me gusta pensar que mi trabajo, por pequeño que sea, empuja en esa dirección, contribuyendo a transformar conocimiento en kilovatios limpios y fiables.
Si algo he aprendido desde aquel estudio sobre El Hierro hasta mis simulaciones actuales es que ciencia y política no son compartimentos estancos. Necesitamos marcos estables, inversión continuada y alianzas público-privadas que permitan a tecnologías como las perovskitas madurar, competir y permanecer. Hoy soy doctorando en Física en el IPVF; no llegué aquí por una revelación, sino por una suma de pasos guiados por la curiosidad y el deseo de impacto en las renovables. Mi objetivo es sencillo y ambicioso a la vez: contribuir a soluciones energéticas que reduzcan emisiones y abran un futuro mejor, aportar al presente y sembrar una semilla de esperanza para lo que viene.

