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Turismo: el itinerario invisible

La revolución de la IA en el turismo no ocurre en la pantalla del viajero, sino en los datos y las decisiones que nadie ve pero que determinan cada viaje

Nunca había sido tan fácil viajar, ni tan difícil decidir. El turismo sigue creciendo –en torno a un 4 % a nivel global en 2025– y España vuelve a registrar cifras récord en volumen de viajeros y gasto, consolidando la recuperación del sector y su peso como uno de los principales motores económicos a nivel mundial. Pero detrás de este crecimiento el sector afronta un reto mucho más complejo, como es tomar decisiones en un contexto cada vez más incierto.

El comportamiento del viajero ha evolucionado de forma significativa en los últimos años. Ya no responde a una única motivación, sino que construye su decisión a partir de múltiples factores que interactúan entre sí: identidad, precio, contexto, disponibilidad de tiempo o impacto del viaje. Este cambio introduce un elemento clave, y es que más información no implica necesariamente más claridad. Al contrario, la abundancia de opciones hace que decidir sea cada vez más difícil.

En este escenario, la tecnología, y especialmente la inteligencia artificial, está adquiriendo un papel relevante. Su adopción se ha acelerado de forma significativa en el último año, con incrementos superiores al 60 % en el uso de herramientas de IA generativa aplicadas a la planificación del viaje. Sin embargo, el debate en torno a su impacto suele centrarse en la capa más visible. Los asistentes conversacionales, recomendadores o herramientas de planificación son elementos destacables porque condicionan la percepción del cambio, pero no son los que están generando la transformación más profunda.

Si analizamos el despliegue de la inteligencia artificial en el sector, podemos identificar tres planos claramente diferenciados. Una primera capa visible para el viajero, que concentra la interacción y la experiencia. Una segunda capa de apoyo al profesional, que está mejorando la productividad de agencias, turoperadores y equipos comerciales. Y una tercera capa, menos visible, pero mucho más relevante desde el punto de vista estratégico: aquella que opera en segundo plano y que está transformando la toma de decisiones.

El análisis del sector muestra que esta tercera capa es la que concentra un mayor volumen de casos de uso. En el informe de OBS Business School Tendencias Tecnológicas aplicadas al ciclo de vida del viaje se identifican más de un centenar de aplicaciones concretas de inteligencia artificial, muchas de ellas orientadas a procesos internos. Hablamos de sistemas que optimizan el pricing en tiempo real, modelos que anticipan la demanda con mayor precisión o soluciones que automatizan procesos operativos y administrativos. Son ámbitos que el viajero no percibe directamente, pero que impactan de forma decisiva en la competitividad de las empresas. En el sector hotelero, por ejemplo, ya se están desplegando soluciones avanzadas que combinan inteligencia artificial y analítica para optimizar la gestión energética o mejorar la eficiencia operativa de los establecimientos. Pero este patrón no es exclusivo de este segmento. En aerolíneas, la inteligencia artificial se está utilizando para optimizar rutas, ajustar capacidades o anticipar incidencias operativas; en la distribución, permite mejorar la personalización de la oferta y la gestión del inventario en tiempo real; y en el ámbito de actividades y experiencias, facilita la recomendación dinámica y la adaptación de la oferta a la demanda en destino. En todos los casos el denominador común es el mismo: decisiones más rápidas, más precisas y basadas en datos.

Sin datos conectados y actualizados, la inteligencia artificial tiene un recorrido limitado. con ellos, es en una herramienta decisiva.

Este punto es especialmente relevante porque pone de manifiesto que uno de los principales retos estructurales del sector es la fragmentación. El turismo sigue operando sobre una cadena de suministro distribuida, con múltiples actores –aerolíneas, hoteles, intermediarios, actividades–, sistemas heterogéneos y distintos niveles de acceso a la información. En este modelo fragmentado, la inteligencia artificial puede aportar valor, pero su efectividad depende directamente del nivel de integración y calidad de los datos sobre los que opera. Por ello, el debate no debería centrarse únicamente en la adopción de nuevas tecnologías, sino en la capacidad de las organizaciones y los destinos para construir una arquitectura de datos que permita activarlas de forma eficiente. Aquí cobra especial relevancia el concepto de destinos turísticos inteligentes. No se trata únicamente de sensorización o digitalización, sino de la capacidad de integrar, compartir y activar datos entre todos los actores del ecosistema para tomar decisiones en tiempo real. Este reto es especialmente visible en destinos maduros como Catalunya, que en 2025 superó los 20 millones de turistas internacionales y alcanzó niveles históricos de gasto turístico. Y más allá del volumen, lo relevante es el cambio de modelo, pues el gasto crece más que las llegadas, reflejando una transición hacia un turismo de mayor valor. En este contexto, la gestión de flujos, la presión sobre determinados espacios y la diversidad de la demanda hacen imprescindible avanzar hacia modelos basados en datos y toma de decisiones en tiempo real. Sin datos conectados, actualizados y accionables, la inteligencia artificial tiene un recorrido limitado. Con ellos, se convierte en una herramienta decisiva para mejorar la toma de decisiones tanto a nivel empresarial como en la gestión de los destinos.

En paralelo, y de forma aparentemente contradictoria, el papel del profesional no desaparece, sino que se refuerza. A medida que el viajero se enfrenta a un entorno más complejo, la necesidad de validar decisiones cobra mayor importancia. De hecho, el uso de herramientas de inteligencia artificial se concentra especialmente en fases iniciales del viaje –inspiración y planificación–, mientras que la decisión final sigue apoyándose en el conocimiento experto, en la recomendación y en la experiencia. La inteligencia artificial no sustituye el criterio, sino que lo amplifica. Permite acceder a más información, procesarla con mayor rapidez y mejorar la capacidad de respuesta, pero la decisión final sigue dependiendo de la combinación entre datos y experiencia. El turismo entra así en una etapa en la que la ventaja competitiva no vendrá determinada por la tecnología en sí misma, sino por la capacidad de utilizarla para tomar mejores decisiones. El foco deja de estar en la interfaz y se traslada al modelo de gestión.

Porque, en última instancia, el verdadero impacto de la inteligencia artificial en el turismo no está en lo que el viajero ve, sino en cómo se construyen las decisiones que hacen posible cada viaje.

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